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miércoles, 17 de febrero de 2010

Ejercicio (I)

Como no tengo ganas de escribir, pruebo con la escritura espontánea y con un programa diseñado para concentrarse sólo en escribir. Mi gata me apoya. Más bien, mi gata se apoya. Mi brazo le sirve de apoyo. Le sirve de balcón. Y mientras yo tecleo ella se encarama sobre el brazo, el derecho, y menea el rabo. Le gusta. Ronroea. Tanto ronronea que ronronea doble: por debajo, un crepitar constante que invita a la somnolencia; por encima, más pausado y casi provocado por el sonido anterior, una respiración ruidosa y profunda como la de quien duerme en paz. De vez en cuando se olvida de su balconeo y vuelve la cabeza hacia mí. Si entonces me llevo la mano izquierda a la cara, si con los dedos me coloco el pelo tras la oreja, ella mira muy seria, muy concentrada, mi mano hasta que con las yemas le acaricio la frente, como si fuese el poder de su mirada y no mi voluntad el que ha provocado el gesto.

Si tecleo una o dos frases seguidas, si durante más de diez o quince segundos, me olvido de mirarla cuando se vuelve, salta para desprenderse de mi abrazo tan ágil y tan digna como quien se aleja de un amante convencida de que no merece lo que está a punto de perder. Al rato, sin embargo, hecha una cabaretera coqueta y juguetona, se pasea bajo el escritorio y, al descuido, desliza su rabo que tiembla igual que la rama de un zahorí por mis pantorrillas mientras describe círculos armoniosos, círculos de patinadora que se aparta de su pareja para volver de inmediato grácil y entregada.

Ahora se ha ido por un buen rato. Seguro que no volverá... Me equivoco. Parece que me ha oído. Me ha leído, más bien, y me desmiente. Se asoma de nuevo por la puerta del pequeño estudio. Se sienta ante el escritorio y cuando agacho la cabeza para verla bajo la mesa, me mira concentrada unos segundos y otra vez se va.

Ahora sí que no vuelve. Ahora ya no me apoya mientras escribo. No quiere tampoco el apoyo que yo le doy; mi apoyo. Ni mi balcón. Ahora no quiere mi mano en su frente, no quiere la mano que obedece ciega ante su mirada terca, la mano que me hace creer que quien domina su gesto soy yo.