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lunes, 16 de noviembre de 2009

La memoria del blog; el olvido de Twitter

Intuía que Jeff Jarvis era un tipo interesantísimo porque, entre otras cosas, alguien se dedicaba a la tarea de traducir cada uno de sus post, pero aun así nunca me había parado a leerlo porque cuando trabajo -que es cuando me lo topo- apenas paso de los titulares. El otro día alcancé a leer dos o tres párrafos y me convencí del enorme peso que tienen los flujos digitales, muchas veces mayor que el de algunas bibliotecas.
Fueron estos:


"Mi preocupación es que cada vez tuiteo más y blogueo menos. Twitter satisface mi deseo de compartir. Esa es la principal razón por la que blogueo, y he descubierto que eso es lo que hace mejor un post. También quiero almacenar información, como si enterrase nueces; una vez que está en el blog, la puedo encontrar. Pero cuando comparto enlaces en Twitter, desaparecen pronto. También uso mi blog para analizar ideas y ver las reacciones. Twitter es pobre para eso (bueno, supongo que Einstein podría haber twiteado su teoría de la relatividad, pero muchas ideas y discusiones son demasiado amplias para ese formato), pero aún así lo estoy usando más en ese sentido que el blog.

No es que no pueda ni deba bloguear también lo que digo en Twitter; los tuits pueden ser el ensayo en el suburbio, el blog el estreno en Broadway (y el libro, Hollywood). Pero Twitter lucha por hacerse con mi tiempo y atención. Es mucho más rápido y fácil. Es lo suficientemente bueno para la mayor parte de mis necesidades. Así que el blog se resiente. Y yo sufro. Ya debato menos aquí. Voy a perderos a algunos de vosotros como consecuencia, y vosotros sois el valor que recibo del blog. Pierdo memoria. Y pierdo el referente en torno al cual nos podemos reunir".


Yo también uso el blog para pensar y para guardar ideas que de otra manera perdería. Es memoria, sí, y como tal parece un patchwork de mi vida. Twitter, en cambio, es puro impulso de comunicar, ocurrencia, frase que no puede callarse; sublime o boba, pero siempre efímera.

Pero Twitter también es otra cosa. Yo, por ejemplo, acabo de escribir en esa pizarra de humo que estoy escuchando a la Callas -lo sigo haciendo ahora- porque la tipa -terca y caprichosa como la diva que fue- hace vibrar mi tímpano y con él una extraña fibra, que a veces llega casi a exasperarme. Y aunque lo cuento porque lo estoy haciendo y la máquina pregunta precisamente eso: ¿Qué estás haciendo?, no deja de ser una característica que me atribuyo como quien construye un avatar, mientras omito otras muchas que quizá me describen mejor, aunque luzcan menos. Porque, más allá de la información "útil" para el resto de tuiteros que se publica, con lo que contamos y con lo que callamos no hacemos más que construir un yo digital que quizá no tenga tanto que ver con lo que nosotros somos como nos gustaría pensar.

Pero de esa mentira espero poder hablar otro día.

lunes, 17 de agosto de 2009

Profesiones caprichosas

En las últimas semanas he sentido caprichosas tentaciones de cambiar de profesión. Lo primero que me tentó fue volverme mandriladora, que me sonó a algo así como domadora de monos. Apenas tuve tiempo de imaginarme con faldas de colores y pandereta en mi caravana de circo, porque casi de inmediato quien acababa de revelarme la existencia de esa rara profesión me dejó claro que no eran mandriles lo que debería domar, si bien confesó que no podía darme más dato sobre ese oficio que el de su semejanza con el de tornero. Luego supe que el animal que debería domeñar si me hacía mandriladora era una máquina del mismo nombre que, según parece, sirve para perforar y pulir piezas de metal, y la cosa perdió tres cuartas partes de interés.

Olvidada ya de la vida nómada que me prometía el circo, me resigné a ganarme el pan tan honradamente como hasta ahora y mantuve a raya el latente borbotear vocacional que nunca me abandona. Hace unos días, sin embargo, cuando leía el periódico con café y tostadas, me picó el gusano de volverme malherbolista, ocupación que, pese a sus innegables resonancias circenses, hizo brotar en mí una vocación tan alejada del espectáculo y casi tan pura e infantil como la que de niña se siente al querer ser misionera o médica de pobres. Me vi claramente de malherbolista, socorriendo almas y, sobre todo, cuerpos descarriados e intentando arrancarles ese mal que se les había metido dentro como la cizaña. Lo haría con cariño, con paciencia; hablando y, sobre todo, escuchando, me imaginaba ya, pero al acabar de leer aquel artículo intuí que, para ser malherbolista, debería estudiar por lo menos botánica o ingeniería agrónoma, y tuve la certeza de que mis pacientes habrían sido más aburridos y sin duda más callados de lo que mi vocación exigí
a.

Me agotó un poco el ejercicio, porque las vocaciones tienen mucho de sentimiento y en ocasiones los sentimientos, sobre todo si resultan carentes de objeto, extenúan. Quizá por eso hace un rato he empezado a sentir el capricho de volverme algo tan vulgar y corriente como columnista. Confieso, sin embargo, que este nuevo arranque no obedece a un afán de alejarme de lo exótico, sino que me ha brotado al leer en un libro que hojeaba que quien se dedica a esa pobre labor de arquitectura que constituye fabricar columnas es “un francotirador por su exclusiva cuenta y riesgo”. Todo lo contrario al deleznable asesino a sueldo, que mata sin pasión; en lugar de eso, un verdadero autónomo de la saeta que da y toma por principios. Y me estaba gustando la idea, lo confieso; me estaba gustando, sí, pese a mi declarado pacifismo…


Me estaba gustando al leer esa página, es cierto, pero es que todavía no había pasado la hoja y no había descubierto aún lo que de verdad quiero ser. Lo leí tres párrafos más adelante y entonces ya no dudé: lo que de verdad quiero ser es folletinista. La palabra, como si saltase desde el libro, se me representó delante de los ojos, flotando igual que una pompa de jabón, y después imaginé mis tarjetas de visita con ese nombre libresco bajo el mío, pero lo que en realidad me dejó ya sin habla y puso mi vocación al borde del KO fue conocer su definición precisa: “El folletinista procede de lo particular a lo general. De un hecho, en apariencia minúsculo, se saca una lección trascendente, de sentido humano. Por ello el folletinista ha de saber ver y reflejar lo que ve. El folletinista mira lo que los demás hombres miran, pero ve lo que la mayoría no supo ver”.

No sé en qué universidad se estudia eso ni si hay un novedoso ciclo formativo superior para aprender el arte de folletinear, pero, si lo hay, lo encontraré. Por mucho que cueste, lo haré.


Y, cuando lo encuentre, seré aprendiz de folletinista como otros lo son de mago.




Agradecimientos:
*A Iago, por tener una novia que tiene un padre que es mandrilador y también inventor
*A Prometeo, por explorador, descubridor y, en general, hombre-orquesta, y a Paco, por saber ver lo que otros no ven por mucho que miren, y por querer y saber contarlo
*A Fernando López Pan, por recoger en 70 columnistas de la prensa española esas definiciones tan evocadoras de la Enciclopedia del periodismo (1953) y de Apuntes de periodismo (1967)

domingo, 8 de febrero de 2009

Valentías

María Antonia Iglesias no me cae tan bien como Ramón Trecet, pero reconozco en ella la misma valentía y pasión por lo que hace que en él. Ayer por la noche la vi un rato en La Noria, de Telecinco, donde dijo una cosa que a mí me enseñaron hace años y con la que ella respondió a quien la acusaba de no ser objetiva. "La objetividad no existe -le contestó a la colega que la había interrogado y que entonces la miraba sin entender-; se puede ser honrado, honesto, pero ser objetivo es imposible". La otra siguió mirándola turulata, como si hubiese oído una excentricidad más de María Antonia.
Después de otras cuantas preguntas y respuestas y de que el presentador hubiese dado paso a los momentos más tensos protagonizados por la entrevistada y otros contertulios del programa, María Antonia Iglesias aún se atrevió a echar de menos el sonrojante enfrentamiento con Miguel Ángel Rodríguez. El video, que ya estaba preparado, volvió a traer a escena en unos segundos el momento en el que la veterana periodista llamó machista y cabrón a Rodríguez cuando éste le preguntó en plena discusión si no se había tomado la pastilla. "Me arrepiento muchísimo", confesó ayer Iglesias -y cito de memoria-, si bien recordó para regocijo del público que Rodríguez amenazó con irse si no retiraba lo de cabrón, pero nada dijo de lo de machista. "Y eso que se lo llamé tres veces", añadió. Y también dijo que tuvo la ocasión de reconciliarse con Rodríguez, de quien fue capaz de reconocer la gallardía con la que había actuado al defender la honradez de la clase política -también de la socialista- ante un chorizo como Luis Roldán. "Para meterse con el PSOE ya estoy yo", recordó María Antonia que bromeó Rodríguez cuando ya, entre bambalinas, sellaron la paz con dos besos.
María Antonia Iglesias se refirió también a la querella que presentó contra Luis del Olmo cuando en una tertulia la llamó "rata sectaria del guerrismo". "Lo de sectaria, vale; lo de guerrista, falso porque todo el mundo sabía que yo soy felipista; pero lo de rata...". Se querelló y se arrepintió de haberlo hecho. "Hice el memo", dijo mientras recordaba el argumento de la juez, que la consideró un personaje público expuesto a la crítica. Pero el tiempo la acabó poniendo cara a cara con Del Olmo, quien tuvo que entrevistarla durante la promoción de un libro sobre los socialistas escrito por ella. "Me hizo una entrevista muy bonita y fue tremendamente generoso conmigo", reconoció María Antonia Iglesias y contó que desde entonces son grandes amigos.
Ella, tan socialista, tan felipista y tan radical tantas veces, recordó que entre esos amigos está también Manuel Fraga y otros muchos del PP y, pasada ya la entrevista, cuando en el debate hablaban del Opus Dei, se confesó de nuevo católica y defendió a Pilar Urbano, con la que más de una vez ha ido a misa, según la he oído decir.
No sé si prefiero a los rojos, los azules o los amarillos; si a los creyentes, los agnósticos o los ateos; si a los federalistas, centralistas o nacionalistas.
Lo único que sé es que, de entre todos ellos, me quedo con los valientes.

domingo, 18 de enero de 2009

Ramón 13T

Me gusta Ramón Trecet. Tengo su voz grabada desde que era niña con la etiqueta de Baloncesto colgada, a pesar de que nunca he seguido ese deporte. Unos cuantos años después, reencontré la voz de Ramón Trecet cuando estudiaba en Pamplona. A la hora de comer poníamos Radio 3 y ahí estaba él con sus descubrimientos musicales y su Diálogos 3, que ha mantenido en antena durante 34 años.
Todo esto viene porque hoy lo entrevistan en el mismo suplemento dominical en el que Soraya Sáenz de Santamaría muestra su sonrojante candidez para regocijo de Pedro J. Ramírez. Si la portavoz parlamentaria del PP aparece entre gasas, abandonada a la confidencia, en el suelo de una lujosa suite de un lujoso hotel de Madrid, Trecet asoma en la antepenúltima página del Magazine de El Mundo por un ventanuco y estruja en cada mano un zapato de estilo más bien ramplón mientras dice alguna que otra cosa inaudita y unas cuantas divertidas.
Inaudito es hoy que a alguien le hagan la tan manida y, en ocasiones, todavía eficaz pregunta de "¿Cuál es su mayor defecto?" y que ese alguien responda precisamente citando un defecto -ya no digo ni el mayor ni el peor-. Cuando lo habitual es que el entrevistado se confiese perfeccionista en exceso o demasiado trabajador -¡tremendos pecados!-, Trecet reconoce: "Soy extraordinariamente orgulloso y prepotente". ¡Bravo!... pese a todo.
Él, que debe de conocer tantas canciones, dice que la suya es Ne me quitte pas, de Jacques Brel; su película, El tercer hombre, de Carol Reed; y su libro, El Manantial de Ayn Rand. Y cuando le preguntan qué le hace reír, dice algo tan cómico como esto: "Juan Cruz [periodista de El País]. Hay entrevistadores que quieren quedar tan de puta madre que retocan sus propias preguntas".
Si no hubiese sido periodista, asegura que lo suyo sería trabajar de conserje. "Tienes mucho tiempo para pensar en todo... menos en ti mismo". Y cuando le piden que describa su domingo ideal, responde algo que yo podría parafrasear: "Frente al ordenador, escribiendo mi blog en Marca: 13t". Me gusta, sí.