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viernes, 1 de enero de 2010

Propósitos

Acabar el año es un regalo. No por los doce meses vividos, una satisfacción imposible cuando el que se acaba es, por ejemplo, un año para olvidar. Acabar el año es un regalo porque supone otra oportunidad para vivir mejor, para reformular esperanzas, para enderezar caminos que durante los meses precedentes quizá se han torcido. Acabar el año es el regalo de empezar uno nuevo: limpio, entero y sin ningún tachón.

Ese año en blanco, que como una libreta nueva parece que está pidiendo planes y propósitos escritos con buena letra, genera a veces el mismo entusiasmo vital, la misma revolución interna y silenciosa, que a mí me provocan algunos libros, da igual que sean novelas, ensayos o, incluso a veces, poesía.

El que ha logrado eso ahora, justo cuando empieza el año, ha sido Daniel Pennac y lo ha hecho con un libro que escribió hace casi dos décadas y que, hablando a su vez de libros y de lectores, funciona como un revulsivo para la vida. Como una novela es una obrita breve que enseña y anima a hacer a niños y jóvenes uno de los regalos más grandes y duraderos que recibirán nunca y que recuerda a los mayores que lo han recibido ya que leer es una de las formas más eficaces de ensanchar, intensificar y exprimir nuestro paso por esta tierra efímera donde el tiempo muere y nace con sólo comer doce uvas. Parte del secreto es éste:

“El tiempo para leer siempre es tiempo robado. (Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte, o el tiempo para amar) […] El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector”.



lunes, 26 de octubre de 2009

La salvación del lunes




Día menguado
trae el otoño. También

naranjas nuevas.

jueves, 1 de octubre de 2009

La casa de Ramiro


La casa de Ramiro era en realidad dos casas. Mejor dicho: la casa de Ramiro era una sola casa, pero hecha de dos viviendas. Y ni siquiera eran dos viviendas pegadas, una encima de la otra o una al lado de la otra. Las dos viviendas estaban, más o menos, una frente a la otra en dos de los laterales de un patio de colegio de geometría irregular. Como el padre de Ramiro era profesor y además director del colegio tenía derecho a una de las viviendas del grupo escolar, pero como con los años acabó teniendo cinco hijas y un hijo le asignaron otra vivenda en el mismo patio, a quince metros o así de la primera, que se fue convirtiendo con el tiempo en una sala de estudio para las hermanas mayores de Ramiro, un desván donde guardar los trastos de la familia y un espacio íntimo y restringido donde a Ramiro y a mí nos dejaban colarnos algunas veces; otras, lo tomábamos por nuestra cuenta: saltábamos un pequeño muro en la fachada de la casa y accedíamos al interior desde el patio trasero, donde un enorme árbol de fronda verde oscura (nunca he sabido llamar a los árboles por su nombre) lo cubría todo de sombra.

Entrar allí era excitante, pero ni siquiera imprescindible para nosotros dos. Entrar allí suponía extender unos dominios ya de por sí ilimitados porque, debido a la particular situación familiar de Ramiro, todos los espacios a los que puede aspirar un niño antes de cumplir los diez años estaban a nuestro alcance. Cuando a las doce del mediodía salíamos Ramiro y yo del colegio, su padre, viudo desde que nosotros teníamos más o menos seis años, seguía con sus tareas de director; sus cuatro hermanas mayores estaban en el instituto e incluso alguna en la Universidad; y su hermana pequeña, a la que llevábamos tres años o así... Pues su hermana pequeña... no sabría decir con certeza qué hacía; debía de estar en el mismo estado de libertad apenas vigilada con la que nosotros vagábamos por nuestro pequeño mundo.

En casa de Ramiro había siempre cierto caos que acentuaba aún más aquella sensación de libertad infantil sin límite. En su cocina, el fregadero estaba siempre lleno de loza, a veces sucia, y también el lavavajillas, imprescindible para ellos y que a mi casa no llegó hasta unos cuantos lustros después. A causa de ese desorden, cada vez que yo pedía allí un vaso de agua lo bebía con cierto escrúpulo, porque nunca era capaz de sacarme de la nariz aquella mezcla de olor a Mistol y a suciedad reseca. En contrapartida, en aquella casa podías subirte al brazo de un sofá para alcanzar un álbum de cromos guardado en lo más alto de un mueble y podías curiosear en los armarios y podías hacer experimentos y potingues en el patio trasero sin temer que una mirada adulta te reprendiese. Y podías hacer todo eso durante unas cuantas horas al día.


Durante otras tantas, Ramiro y yo teníamos para nosotros solos un colegio y un patio que, en horario escolar, debíamos compartir con trescientos o cuatrocientos niños más. Cuando por las tardes las aulas se vaciaban y alumnos y profesores se iban a sus casas, nosotros le dábamos un nuevo sentido a aquel espacio: escribíamos y dibujábamos en el encerado sin pedir permiso a nadie, entrábamos en la sala de profesores, nos paseábamos por los despachos del director y del jefe de estudios y metíamos la nariz en todo aquello que no estaba cerrado con llave. Recuerdo que en aquellas salas manejé por primera vez una máquina de escribir y, tras la emoción inicial ante aquella tarea que intuía ya apasionante, descubrí lo difícil que era pulsar las teclas y lo aburrido que resultaba escribir con dos dedos sin saber dónde estaban las letras y, lo que es peor, sin tener nada que contar.


Y alguna tarde, cuando el profesor de gimnasia -ese que daba clase con camisa y pantalón de tergal- se olvidaba de guardar los aparatos en el almacén, saltábamos en las colchonetas, intentábamos sin éxito ascender por aquella cuerda imposible que pendía del techo o nos colgábamos de las anillas sin saber sacarle más partido que el de balancearnos apenas unos segundos como dos pesos muertos.


Esos juegos extraordinarios llenaban nuestro día a día y por eso, supongo, algunas veces ni la primera casa ni el colegio entero ni el patio eran bastante para nuestras inquietudes de niños. Y entonces nos íbamos a la casa de allá.


Aquella casa, como la primera, tenía dos plantas -con cocina, salón y despensa abajo, y baño y tres dormitorios arriba-, y lo más vívido que recuerdo no es aquella llave de la entrada principal que intentábamos agenciarnos con tan poco éxito, ni aquella vieja silla que poníamos contra el muro para poder saltar, ni los hierbajos altos que crecían bajo el árbol del patio trasero ni los muebles escasos y las paredes casi desnudas. Lo que ahora me asalta sin que apenas alcance a definirlo, ni tan siquiera a explicarme, son las ganas de estar allí que sentía entonces; ganas de estar allí que no tenían que ver con el bienestar ni la protección, sino más bien con esa intuición de independencia y de libertad adulta que parecían exudar aquellos muros.


Quizá sea porque guardo dos detalles que entonces actuaban como puentes levadizos entre nuestra niñez y el mundo: uno era un puzzle de miles de piezas, casi todas azules y blancas, de las que una de las hermanas de Ramiro estaba haciendo emerger un enorme barco velero, y que teníamos prohibido tocar a riesgo de perder la vida. El otro recuerdo son las cartas; unas cuantas cartas de amor dirigidas a otra de las hermanas de Ramiro que nosotros, tan niños, leíamos con el mismo respeto y extrañeza que nos provocaría un jeroglífico, pero que en lugar de símbolos egipcios tenían pegados pétalos de rosa.


Pero quizá la explicación última de esa sensación escurridiza es que, muy al contrario que Peter Pan y que mi hermano Óscar, yo siempre quise hacerme mayor y allí, en aquella casa, podía soñar con crecer.

lunes, 17 de agosto de 2009

Profesiones caprichosas

En las últimas semanas he sentido caprichosas tentaciones de cambiar de profesión. Lo primero que me tentó fue volverme mandriladora, que me sonó a algo así como domadora de monos. Apenas tuve tiempo de imaginarme con faldas de colores y pandereta en mi caravana de circo, porque casi de inmediato quien acababa de revelarme la existencia de esa rara profesión me dejó claro que no eran mandriles lo que debería domar, si bien confesó que no podía darme más dato sobre ese oficio que el de su semejanza con el de tornero. Luego supe que el animal que debería domeñar si me hacía mandriladora era una máquina del mismo nombre que, según parece, sirve para perforar y pulir piezas de metal, y la cosa perdió tres cuartas partes de interés.

Olvidada ya de la vida nómada que me prometía el circo, me resigné a ganarme el pan tan honradamente como hasta ahora y mantuve a raya el latente borbotear vocacional que nunca me abandona. Hace unos días, sin embargo, cuando leía el periódico con café y tostadas, me picó el gusano de volverme malherbolista, ocupación que, pese a sus innegables resonancias circenses, hizo brotar en mí una vocación tan alejada del espectáculo y casi tan pura e infantil como la que de niña se siente al querer ser misionera o médica de pobres. Me vi claramente de malherbolista, socorriendo almas y, sobre todo, cuerpos descarriados e intentando arrancarles ese mal que se les había metido dentro como la cizaña. Lo haría con cariño, con paciencia; hablando y, sobre todo, escuchando, me imaginaba ya, pero al acabar de leer aquel artículo intuí que, para ser malherbolista, debería estudiar por lo menos botánica o ingeniería agrónoma, y tuve la certeza de que mis pacientes habrían sido más aburridos y sin duda más callados de lo que mi vocación exigí
a.

Me agotó un poco el ejercicio, porque las vocaciones tienen mucho de sentimiento y en ocasiones los sentimientos, sobre todo si resultan carentes de objeto, extenúan. Quizá por eso hace un rato he empezado a sentir el capricho de volverme algo tan vulgar y corriente como columnista. Confieso, sin embargo, que este nuevo arranque no obedece a un afán de alejarme de lo exótico, sino que me ha brotado al leer en un libro que hojeaba que quien se dedica a esa pobre labor de arquitectura que constituye fabricar columnas es “un francotirador por su exclusiva cuenta y riesgo”. Todo lo contrario al deleznable asesino a sueldo, que mata sin pasión; en lugar de eso, un verdadero autónomo de la saeta que da y toma por principios. Y me estaba gustando la idea, lo confieso; me estaba gustando, sí, pese a mi declarado pacifismo…


Me estaba gustando al leer esa página, es cierto, pero es que todavía no había pasado la hoja y no había descubierto aún lo que de verdad quiero ser. Lo leí tres párrafos más adelante y entonces ya no dudé: lo que de verdad quiero ser es folletinista. La palabra, como si saltase desde el libro, se me representó delante de los ojos, flotando igual que una pompa de jabón, y después imaginé mis tarjetas de visita con ese nombre libresco bajo el mío, pero lo que en realidad me dejó ya sin habla y puso mi vocación al borde del KO fue conocer su definición precisa: “El folletinista procede de lo particular a lo general. De un hecho, en apariencia minúsculo, se saca una lección trascendente, de sentido humano. Por ello el folletinista ha de saber ver y reflejar lo que ve. El folletinista mira lo que los demás hombres miran, pero ve lo que la mayoría no supo ver”.

No sé en qué universidad se estudia eso ni si hay un novedoso ciclo formativo superior para aprender el arte de folletinear, pero, si lo hay, lo encontraré. Por mucho que cueste, lo haré.


Y, cuando lo encuentre, seré aprendiz de folletinista como otros lo son de mago.




Agradecimientos:
*A Iago, por tener una novia que tiene un padre que es mandrilador y también inventor
*A Prometeo, por explorador, descubridor y, en general, hombre-orquesta, y a Paco, por saber ver lo que otros no ven por mucho que miren, y por querer y saber contarlo
*A Fernando López Pan, por recoger en 70 columnistas de la prensa española esas definiciones tan evocadoras de la Enciclopedia del periodismo (1953) y de Apuntes de periodismo (1967)

viernes, 6 de febrero de 2009

Enredada

El otro día entré en una red social y me quedé atrapada como en la de una araña. Convencida de que aquello no servía para nada, me vi curioseando de unos amigos a otros, de los amigos de mis amigos a los amigos de sus amigos, de éstos a los de más allá y, cuando quise darme cuenta, había perdido muchísimo tiempo y sentía esa vaharada de abatimiento que me arruina el ánimo cuando despilfarro una tarde yendo y viniendo de una tienda a otra o cuando, sin ganas de ver la televisión, se me esfuman horas de sueño haciendo zapping.
Sin embargo, me sorprendió hasta asustarme la facilidad con la que todo el mundo se entera de que has asomado la patita por ahí y lo adictivo que es buscar nombres para encontrar personas. Y, poco a poco, entre la curiosidad y la sorpresa, toda esa maraña virtual comenzó a volverse reveladora.
Resultó, por ejemplo, que porque busqué a Paula me encontró Manu (pasando antes -¡claro!- por Paco, María y Ramón) y gracias a Manu me reconcilié con la que fui hace una década, la última vez que él y yo nos vimos. El recuerdo incómodo que tengo de mí misma en aquel tiempo (con esa timidez que desde fuera me hacía parecer altiva, distante y hasta insolente y que no me ha abandonado del todo) se quedó boquiabierto y desarmado ante el recuerdo que Manu me devolvió. "Me has dado la alegría del día", fue lo que escribió primero y, tras resumirme su vida en un par de párrafos, me contó una mentira maravillosa: "Durante todos estos años me he acordado mucho de ti, porque eras de lo mejorcito de la Facultad". Manu y yo sólo fuimos compañeros, muy buenos compañeros al final, así que ningún otro sentimiento más que la camaradería y la amistad ha podido cincelar su recuerdo. Y por eso, aunque nunca he sido "lo mejorcito" de nada en ningún sentido -y menos en una promoción como la mía-, no hubiese cambiado el serlo por que Manu me recuerde así, él sabrá por qué.

Y en esa maraña virtual resultó también que porque busqué a Cecilia encontré a Cecilia. Y eso sí que son palabras mayores, palabras mayúsculas...
...aunque confieso que dudé un segundo antes de encontrarla, como si, al cruzármela por la calle, hubiese querido cambiar de acera. Pero al ver su foto y al ver a aquel niño pequeño en sus brazos sentí una emoción extraña que llegaba desde muy lejos. A Cecilia dejé de verla más o menos en la misma época que a Manu, cuando acabé de estudiar, pero ella es la que mejor podría contar lo que fui desde que tenía 13 años hasta casi cuando nos separamos, ocho años después. Y sé que es así porque también sé que quién mejor podría explicar de dónde viene esa mujer de 32 años que en la foto sostiene a su hijo de seis meses, quién más imágenes guarda de lo que durante muchos años fue soy yo. Cada una de nosotras como un cofre que custodia una parte preciosa -por preciada- de la otra.
Lo nuestro se acabó sin estridencias, como si fuésemos una pareja que se da cuenta de que vive ya sin amor, y cuando nuestros caminos se bifurcaron, los seguimos -creo yo- sin nostalgias.
Recuperar las coordenadas del cofre de mi adolescencia y saber que quizá pueda volver a curiosear dentro ha hecho -no querría explicar por qué- que mis coordenadas de hoy sean mucho más nítidas y que sienta las plantas de mis pies mejor asentadas sobre esta tierra.

Pero también ha hecho que se me instale dentro el desasosiego de pensar que aunque mi vida la seguiré haciendo yo, quienes la irán escribiendo serán aquellos que me recuerden.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Serás tenido por un igual

Guinea Conakry, 13 de octubre [de 2002]

Si llegas, extranjero, en la tarde hasta Kolouma, aquí, a orillas del río Makoná, cansado, pobre y desconocido, nadie permitirá que duermas al raso. Pega la hebra con el primero que encuentres. A esa hora vuelven los hombres de la selva y te ofrecerán vino de palma fresco, la savia de la palmera, para que calmes tu sed. Aquel que te acoja será llamado tu tutor, esa noche dormirás en su casa y comerás su arroz. A la mañana siguiente él te llevará hasta el jefe de la aldea. Le contarás de dónde procedes y por qué abandonaste tu tierra. Si eres hombre de bien, y lo eres, se te dará un lugar en el pueblo donde podrás levantar tu casa haciendo ladrillos del barro, y serás tenido por un igual.
Pasado algún tiempo deberás internarte en la selva buscando nueces de kola. Aquí, en el País Lomah, las nueces de kola presiden cualquier acto solemne: no se puede pedir a una mujer en matrimonio o el perdón por una ofensa sin ellas. Cuando hayas juntado una docena volverás a ver al jefe de la aldea. Tras ofrecérselas le pedirás que, en nombre del pueblo, te conceda un campo para que puedas sembrar tu arrozal año con año y te sustentes de tu trabajo. Él consultará con los notables y se te entregará un terreno. Y así vivirás en paz.
En Kolouma no hay nada: ni agua, ni luz, ni teléfono, ni dinero; sólo cabañas, polvo y carestía. Pero ten por cierto que si, hambriento y solo, alcanzas este sitio, los aldeanos desmigarán esa nada y la partirán contigo, dignamente, pues ésa es la ley que heredaron de sus padres, y éstos de los suyos.
Si llegas, extranjero, en la tarde, hasta las costas de Europa, cansado, pobre y desconocido...- G.S.-T.

El silencio de Dios y otras metáforas
Alfonso Armada y Gonzalo Sánchez-Terán

Gracias, Paula.

martes, 30 de septiembre de 2008

Cielos y estrellas

Llevo años diciendo que en esta ciudad no hay estrellas. Lo digo porque es verdad y también por provocar. Pero ahora resulta que sí, que las hay, y que, además de las que me he encontrado un puñado de veces en el cielo húmedo y espumoso que es la arena del Orzán, hay estrellas ocultas y, al mismo tiempo, encantadas de que alguien las descubra y se atreva a nombrarlas, como a las de arriba. Son estrellas discretas, escasas como la cuarta hoja de un trébol y portadoras de la misma suerte, pero que a veces se animan a despuntar en lo más cotidiano. Es todo cuestión de tiempo, de remolonear, de regalarse una tregua, como se escribía a sí mismo Gómez de la Serna... pero de esas cosas hablaré mañana.

(P.D. Ésta es la constelación de las Estrellas Tomateras y la he descubierto yo)