Al año siguiente o quizás al otro, unas humedades que aparecieron en la pared motivaron la visita de unos técnicos, así que el señor responsable de aquel asunto me avisó de que a tal hora pasaría un perito y me pidió que, si podía, se lo dijese a mi vecina, que en aquel momento no estaba en casa. Le dije que lo haría. Transcurrido un tiempo, oí movimiento en el piso de arriba y subí enseguida a dar el recado. Llamé al timbre y esperé. Volví a llamar y esperé. Escuché sonido de agua correr. Llamé. Oí a mi vecina hablando por teléfono. Seguí llamando. Esperé de nuevo. Insistí varias veces más. Llamé por última vez y, llena de rabia e impotencia, regresé a mi casa.
Estaba tan indignada, tan dolida ante aquella indiferencia y aquel desprecio, que decidí mandarle una nota para dejarle claro que, como necesitase mi ayuda, ya podía echar mi puerta abajo que ni de broma le abriría. Cogí papel y bolígrafo y empecé a escribir, pero ya en las primeras líneas la intención se me torció. Le conté, como tenía previsto, que había llamado a su puerta con insistencia y que ella, sin saber si timbraba porque tenía algún problema, para pedirle auxilio o sólo porque necesitaba sal, se había negado a abrirme. Le afeé el comportamiento y le aseguré que, pese a todo, si alguna vez ella tenía algún problema, necesitaba auxilio o se quedaba sin sal, no debería dudar en llamar a mi puerta porque yo sí le abriría. Cuando estuve segura de que el piso de arriba estaba vacío, subí con sigilo y dejé la carta pegada con un celo en la puerta. No sé si aquel día tenía que trabajar o qué, pero cuando volví a casa a última hora de la tarde encontré un sobre en el suelo de la entrada. La nota decía:
María,
todo ha sido un malentendido y no quisiera caer en la dinámica de una mala relación vecinal. Al estar sola, no llamo a mi puerta y no distingo el sonido del timbre del piso y del timbre del portal; de este último hago caso omiso porque he recibido toda clase de bromas. Con mis amigos utilizo el móvil. Prometo estar más atenta y le ofrezco mi número de teléfono (lo dejaba escrito) para ulteriores ocasiones. Me tranquiliza tener buenos vecinos y yo no respondo en absoluto a la imagen que se ha forjado de mí. Llame a mi puerta cuando guste.
Llamé de inmediato como prueba de que no existía por mi parte resquemor, y se mostró encantadora. Unos días después, con el mismo ánimo, me presentó a su padre, un señor mayor y achacoso al que, según parecía, le había hablado de mí. Podría decir que desde aquel momento dejó para siempre de ser La Bruja y que aprendí la lección del desafortunado malentendido, pero lo cierto es que mi vecina volvió a sus maneras esquivas al año siguiente y cuando llamé a su puerta al final del verano porque no habíamos tenido oportunidad de saludarnos me trató con la desconfianza de quien escucha a un charlatán que quiere sacarle los cuartos. Aquel día replegué mi cortesía de inmediato y reculé hacia la puerta con intención de no volver. Y no lo hice.
Me quedó, sin embargo, ese regusto de haber sacado, aunque fuera sólo por un rato, un buen sentimiento o dos de aquella mujer.
(No sé por qué... pero acabo de acordarme de aquel forajido del cuento de Flannery, el Desequilibrado, cuando decía:
-Habría sido una buena mujer si hubiera tenido a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
Lo dice él, no yo.)




