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sábado, 20 de febrero de 2010

Batiburrillo


En estos días de sol y chaparrones, he hecho acopio de citas y de nubes. He leído cosas sobre escribir que me reconfortan y he leído otras sobre la vida sin más, sobre la humanidad, que me han hecho r
ecordar que todavía hay gente de una pieza que, como decía el otro día tan bien Anónimo, actúa en lugar de reaccionar. Como las cosas de las que hablo no tienen orden ni lógica interna, las anoto aquí según las vaya encontrando por las esquinas de mi casa. También anoto una melodía para acompañar:

"Ejercer el oficio de escritor no significa (...) hacer que coincida necesariamente con la profesión; escribir por oficio significa dedicar a la escritura el mayor tiempo posible y dejar a la creatividad un espacio mental preponderante".

"Flaubert decía: 'Escribir significa reescribir', y en una carta a Louise Colet confesaba: "Hoy me he pasado ocho horas corrigiendo cinco páginas y creo que he trabajado bien".

"Giampaolo Rugarli ha confesado que cuando era joven la reescritura le ponía frenético y hoy, en c
ambio, le gusta más reescribir que escribir". (Francesco Piccolo)

"He llegado a hacer treinta redacciones de un relato". (Raymond Carver)

"Rubén Blades, cantautor y ex ministro de Cultura [en realidad era de Turismo] de Panamá, pidió más acción y menos "cancioncitas" para Haití (...) 'Conmigo pueden contar si alguien hace algún tipo de organización, no para cantar We Are The World, sino para irnos a Haití a crear sistemas de alcantarillado, a trabajar en la vivienda popular, en el aspecto de educación y de salud". (La Voz de Galicia)



Y esta es la música: I Giorni, de Ludovico Einaudi (y sin Spotify, aquí).


lunes, 7 de diciembre de 2009

Gata entera


Está bien sentirse única, original y diferente, pensar y hacer cosas audaces que algunos no entienden, pero casi siempre lo que nos hace sentir mejor a todos es ser normales y, sobre todo, sentirnos comprendidos y comprender. Yo, que tengo una gata negra con mucho temperamento y uñas bien afiladas, me he sentido así al leer un artículo de Paco en la revista Nuestro Tiempo en el que habla de los “Caballos enteros” de Manu: Zezeré y Golegá.

Zézere y Golegá pueden ser enganchados al coche de competición, pero hacerlo resulta una ceremonia complicada, atenta, que no está al alcance de cualquiera. Una vez enganchados, se sincronizan como uno, pero no pueden pastar juntos ni con otros caballos, porque se enzarzan muy fácilmente hasta con los ponis. Mi amigo los prefiere porque son mejores y más seguros, aunque dé más trabajo criarlos y dirigirlos. Sobre todo, los prefiere porque le gusta respetar la naturaleza de las cosas, de los animales y de las personas. Castrados serían más dóciles, menos nerviosos, pero él los quiere enteros”.


Casi lo mismo me explicó el veterinario cuando hace ya bastantes años le pregunté qué pasaría si esterilizara a Elsinha. Me dijo que, además de no tener celo, sería más dócil y más cariñosa y que lo único que tendría que controlar a partir de entonces sería su dieta, porque al castrarlos los gatos pierden esa cualidad innata que les permite comer sólo lo que necesitan y que explica por qué hay gatos domésticos obesos. Ni que decir tiene que la idea de arruinarle a mi gata el carácter, la libertad de afectos y su envidiable figura me pareció como cambiarla por un peluche a pilas que ronronease e hiciese miau, así que ahí se quedó el asunto y creo que ni siquiera volvimos por la consulta.

Dejarla ser como es me ha valido en este tiempo unos cuantos bufidos; cientos y cientos de arañazos, no todos malintencionados; una admiración infinita por su agilidad, su gracilidad y su sigilo; unos cuantos cientos de carcajadas por su curiosidad malsana y una gratitud que sólo unos cuantos podrán dimensionar por sus espontáneas y en ocasiones sorprendentes manifestaciones de afecto. A ella ser como es le ha valido los adjetivos de antisocial, arisca, loca y fiera. Hay quien todavía me pregunta, al ver los bajos de mi sofá deshilachados:

-¿Pero no le cortas las uñas?

-Es que es una gata... -sólo atino a responder.

Ya sé que lo que cuento no tiene mucho que ver con lo que quería decir Paco en su artículo y que tampoco tiene una dimensión clásica ni universal que mi gata sea negra, temperamental y entera como Zézere y Golegá lo son, pero ahora que ella ronronea tumbada sobre mi antebrazo derecho mientras escribo con tres dedos de la mano izquierda pienso que si yo fuese una gata me gustaría que me diesen la oportunidad de ser como ella es, que me dejasen ser como soy, y que prefiriesen mi caricia y mi bufido felinos a la zalamería de un peluche adulterado.

Nota: La imagen fue tomada el día que decidió abrir un ventanuco en el estor, que, por otra parte, ya estaba bastante consumido por el sol.

jueves, 1 de octubre de 2009

La casa de Ramiro


La casa de Ramiro era en realidad dos casas. Mejor dicho: la casa de Ramiro era una sola casa, pero hecha de dos viviendas. Y ni siquiera eran dos viviendas pegadas, una encima de la otra o una al lado de la otra. Las dos viviendas estaban, más o menos, una frente a la otra en dos de los laterales de un patio de colegio de geometría irregular. Como el padre de Ramiro era profesor y además director del colegio tenía derecho a una de las viviendas del grupo escolar, pero como con los años acabó teniendo cinco hijas y un hijo le asignaron otra vivenda en el mismo patio, a quince metros o así de la primera, que se fue convirtiendo con el tiempo en una sala de estudio para las hermanas mayores de Ramiro, un desván donde guardar los trastos de la familia y un espacio íntimo y restringido donde a Ramiro y a mí nos dejaban colarnos algunas veces; otras, lo tomábamos por nuestra cuenta: saltábamos un pequeño muro en la fachada de la casa y accedíamos al interior desde el patio trasero, donde un enorme árbol de fronda verde oscura (nunca he sabido llamar a los árboles por su nombre) lo cubría todo de sombra.

Entrar allí era excitante, pero ni siquiera imprescindible para nosotros dos. Entrar allí suponía extender unos dominios ya de por sí ilimitados porque, debido a la particular situación familiar de Ramiro, todos los espacios a los que puede aspirar un niño antes de cumplir los diez años estaban a nuestro alcance. Cuando a las doce del mediodía salíamos Ramiro y yo del colegio, su padre, viudo desde que nosotros teníamos más o menos seis años, seguía con sus tareas de director; sus cuatro hermanas mayores estaban en el instituto e incluso alguna en la Universidad; y su hermana pequeña, a la que llevábamos tres años o así... Pues su hermana pequeña... no sabría decir con certeza qué hacía; debía de estar en el mismo estado de libertad apenas vigilada con la que nosotros vagábamos por nuestro pequeño mundo.

En casa de Ramiro había siempre cierto caos que acentuaba aún más aquella sensación de libertad infantil sin límite. En su cocina, el fregadero estaba siempre lleno de loza, a veces sucia, y también el lavavajillas, imprescindible para ellos y que a mi casa no llegó hasta unos cuantos lustros después. A causa de ese desorden, cada vez que yo pedía allí un vaso de agua lo bebía con cierto escrúpulo, porque nunca era capaz de sacarme de la nariz aquella mezcla de olor a Mistol y a suciedad reseca. En contrapartida, en aquella casa podías subirte al brazo de un sofá para alcanzar un álbum de cromos guardado en lo más alto de un mueble y podías curiosear en los armarios y podías hacer experimentos y potingues en el patio trasero sin temer que una mirada adulta te reprendiese. Y podías hacer todo eso durante unas cuantas horas al día.


Durante otras tantas, Ramiro y yo teníamos para nosotros solos un colegio y un patio que, en horario escolar, debíamos compartir con trescientos o cuatrocientos niños más. Cuando por las tardes las aulas se vaciaban y alumnos y profesores se iban a sus casas, nosotros le dábamos un nuevo sentido a aquel espacio: escribíamos y dibujábamos en el encerado sin pedir permiso a nadie, entrábamos en la sala de profesores, nos paseábamos por los despachos del director y del jefe de estudios y metíamos la nariz en todo aquello que no estaba cerrado con llave. Recuerdo que en aquellas salas manejé por primera vez una máquina de escribir y, tras la emoción inicial ante aquella tarea que intuía ya apasionante, descubrí lo difícil que era pulsar las teclas y lo aburrido que resultaba escribir con dos dedos sin saber dónde estaban las letras y, lo que es peor, sin tener nada que contar.


Y alguna tarde, cuando el profesor de gimnasia -ese que daba clase con camisa y pantalón de tergal- se olvidaba de guardar los aparatos en el almacén, saltábamos en las colchonetas, intentábamos sin éxito ascender por aquella cuerda imposible que pendía del techo o nos colgábamos de las anillas sin saber sacarle más partido que el de balancearnos apenas unos segundos como dos pesos muertos.


Esos juegos extraordinarios llenaban nuestro día a día y por eso, supongo, algunas veces ni la primera casa ni el colegio entero ni el patio eran bastante para nuestras inquietudes de niños. Y entonces nos íbamos a la casa de allá.


Aquella casa, como la primera, tenía dos plantas -con cocina, salón y despensa abajo, y baño y tres dormitorios arriba-, y lo más vívido que recuerdo no es aquella llave de la entrada principal que intentábamos agenciarnos con tan poco éxito, ni aquella vieja silla que poníamos contra el muro para poder saltar, ni los hierbajos altos que crecían bajo el árbol del patio trasero ni los muebles escasos y las paredes casi desnudas. Lo que ahora me asalta sin que apenas alcance a definirlo, ni tan siquiera a explicarme, son las ganas de estar allí que sentía entonces; ganas de estar allí que no tenían que ver con el bienestar ni la protección, sino más bien con esa intuición de independencia y de libertad adulta que parecían exudar aquellos muros.


Quizá sea porque guardo dos detalles que entonces actuaban como puentes levadizos entre nuestra niñez y el mundo: uno era un puzzle de miles de piezas, casi todas azules y blancas, de las que una de las hermanas de Ramiro estaba haciendo emerger un enorme barco velero, y que teníamos prohibido tocar a riesgo de perder la vida. El otro recuerdo son las cartas; unas cuantas cartas de amor dirigidas a otra de las hermanas de Ramiro que nosotros, tan niños, leíamos con el mismo respeto y extrañeza que nos provocaría un jeroglífico, pero que en lugar de símbolos egipcios tenían pegados pétalos de rosa.


Pero quizá la explicación última de esa sensación escurridiza es que, muy al contrario que Peter Pan y que mi hermano Óscar, yo siempre quise hacerme mayor y allí, en aquella casa, podía soñar con crecer.

lunes, 18 de mayo de 2009

Hablemos de Mario


Un lunes sin Benedetti es demasiado lunes. Tanto que no puedo escribir ahora, aunque necesitaría hacerlo. Ahora sólo puedo dejar copiado aquí un ejercicio que hice hace un par de años en un taller. Es mi homenaje.

Hablemos de Mario


Y lo llamo así –al señor Benedetti- porque él se toma también esas licencias y cuando escribe te trata de tú, aunque sea voseando. Benedetti apuesta por lo sencillo –que no simple- y para ello renuncia a florituras, a diccionarios y a vanidades. Su estilo es el de la frase clara, el del adjetivo sólo si es necesario y el de la descripción exigida por un narrar con el que quiere que todos lo entiendan. Y por eso muchos de sus textos responden a la plática espontánea de algún personaje o al fluir de un monólogo interior de lenguaje coloquial. La renuncia es grande –insufrible, seguro, para muchos escritores-, pero Benedetti parece que tiene clarísimo que para contar lo que quiere contar –esa tremenda carga de humanidad (buena y mala) que desborda sus escritos- lo mejor es hacerlo con eficacia, seleccionando con maestría la información y ordenándolo todo de la forma en apariencia más fácil. Y lo hace en prosa y en verso, en teatro y en novela...

Ésa es su letra, su buena y clara letra, pero también los personajes tienen similar perfil y además están todos ellos bien amarrados a la realidad, son pequeños héroes de lo más cotidiano. Muchos son clase media uruguaya, funcionarios a veces, que viven y sufren por las cosas más esenciales y menos sofisticadas: el amor, los rencores ocultos, el deber moral, la envidia, la muerte... Casi nunca se preocupa Benedetti de decirnos cómo son físicamente, pero poniéndolos a actuar y muchas veces a dudar traza de ellos un perfil psicológico y, sobre todo, ético cuyo poso permanece en ocasiones mucho más que una imagen, o que mil palabras de cualquier otra pluma. Son todos humanos de la cabeza a los pies e incluso los de verdad malos–y aquí merecen mención especial sus dos o tres torturadores, como el capitán de Pedro y el Capitán y el del cuento Escuchar a Mozart- conservan algo de la persona que un día fueron. Y siendo, quizá, uno de los trasfondos más recurrentes en sus cuentos, sorprende a veces que Benedetti se contenga tanto y que no se ensañe con los que se ensañan. Sería un error hacer eso, claro, pero resultaría también bastante humano. Lo que pesa, sin embargo, es ese escritor que ahorra al lector calificativos para lo incalificable y que no lo violenta con escenas que apenas pueden aportar algo a sus historias. La eficacia narrativa está por encima de esas denuncias amargas, que tienen más cabida en su poesía y en sus ensayos.

Y además de esa vida tan cotidiana, de esos personajes que viven sus grandes y pequeños dramas de oficina, de tren de cercanías, de tienducha de barrio; además de esa prosa libre de arabescos y de frases oscuras que pasma a veces por su sencillez; además de todo eso, Benedetti es un grandísimo contador de historias. Sus cuentos son, en la mayoría de los casos, técnicamente impecables. Sus frases iniciales sumergen al lector directamente en la historia y lo van guiando de la forma más natural -como un amigo que te conduce del brazo durante un paseo- a lo largo de una historia donde cada palabra que los personajes intercambian, cada acción o cada duda nunca son accesorias y encajan dentro del engranaje preciso del cuento; una historia en la que el significado definitivo se desvela casi siempre en la última línea. Y Benedetti entonces, con todos sus respetos, no dice nada más. Su eficacia le ahorra muchas palabras. Y lo mismo hace en La tregua, por ejemplo, que, a pesar de los errores que algunos le atribuyen, es una novela eficaz, de una sencillez conmovedora y tan humana que...

En fin, que don Mario me conmueve. Por si no se ha notado.

lunes, 9 de marzo de 2009

Piel de cazón

Yo, que durante años he sido dura como la piel del cazón, me he abandonado hoy a una llorada vergonzante. Para quien no lo sepa, la piel de cazón por antonomasia era la de mi hermano mayor, al que el practicante de mi pueblo le hizo un zurcido cuando era niño justo debajo de la rodilla, donde no hay carne que amortigue, sin anestesia ni nada. Ni un triste trago de güisqui.
Yo antes era así -mucho antes de
hacerme buena-, como piel de cazón, que dicen que cuando seca sirve de lija. Lo era tanto que no solo no lloraba con una película y mucho menos con un libro, sino que secretamente -y en ocasiones sin ningún reparo- abominaba de esa sensiblería. Solo lloraba por mí y por las cosas que pasaban de verdad.
Desde hace unos años, desde que sé que las cosas que pasan de verdad no tiene por qué ser reales, lloro sin discriminar soportes: a veces con libros, otras con películas y, en señaladas ocasiones -puedo señalar certeramente la voz y la pieza- con música (eso no lo voy contando por ahí, que conste).
Ayer me tocó con una película, da igual cuál haya sido -y por eso digo que fue la del viejo feo que escupe y que se ganó a Nico- y me faltaron minutos de créditos para domar el llanto. Confieso aquí -espero que nadie me escuche- que hubiese necesitado no ya llorar, sino liberar un sollozo y hasta dos, que por dignidad irrenunciable me he traído a casa para utilizar en mejor ocasión.
Lloré, sí, y no sé muy bien para qué lo cuento. Nadie cuenta que llora en el cine por ver a un viejo arrugado que escupe. Nadie cuenta que llora. Y ahora ni sé por qué lo hago. Ni por qué he recordado la piel curtida y cosida de mi hermano. Ni tampoco por qué he recordado mi propia piel curtida, que a veces aún me hace tanta falta.

Quizá sólo es por el viejo. Porque el viejo que escupe tiene piel de cazón como yo.

domingo, 4 de enero de 2009

Vida nueva

A Moha, que es musulmán, le llegó la Navidad adelantada. Hace unas semanas se presentó en el periódico donde yo trabajaba y le preguntó por mí a la chica de la centralita:
-¿María?- le interrogó ella mientras, seguramente, comenzaba a registrar sin reparo los detalles de la enorme planta de Moha y de la impresionante belleza de la chica que lo acompañaba- ¿Qué María?
-María la periodista- precisó él.
-Pero es que aquí hay muchas Marías periodistas...- apostilló ella, que se ufana de estar muy bien informada, como si en lugar de telefonista fuera portera.
Como en un juego de pistas, Moha aventuró un dato más.
-Su novio también es periodista y trabaja aquí.
-¿Y cómo se llama?- continuó ella, que quizá entonces se había fijado ya en la piel fina de la chica, en sus uñas tan bien arregladas y en su vestir europeo.
-Se llama... Se llama... jefe- respondió Moha, y seguro que lo hizo ya con su sonrisa grande, consciente de lo difícil que se estaba volviendo una búsqueda que le había parecido tan sencilla.
Al poco de que la chica de centralita hiciese una llamada a una extensión interna, apareció en el vestíbulo del periódico una periodista con una libreta y un bolígrafo, de nombre Marta en lugar de María, pero también con novio periodista y jefe en ese medio.
-Ésta no es- parece que sentenció Moha.
Le hicieron falta tres pistas más -alto, con barba y gafas- para que la telefonista nos acabase de poner cara.
-¡Ah...!- concluyó por fin ella, y en unos segundos le aclaró que yo ya no trabajaba allí y que el novio periodista no se encontraba.
A cambio de esta información, Moha tuvo que contarle lo que pretendía contarme a mí: que no venía a darme ninguna noticia, sino a presentarme a aquella alta, preciosa y jovencísima mujer, a su mujer, a la que ni siquiera había podido ver el día de su boda -por poderes- y a la que llevaba meses intentando traerse a España. A mí, por teléfono, acabó de contarme el resto: que estaba recién llegada de Senegal vía Lisboa, que se quedaría de vacaciones y que él era feliz. "Hacían una pareja...", me resumió días después la telefonista, mordiéndose el labio admirada, tras contarme con todo detalle la escena.

La siguiente vez que vi a Moha tenía la mirada brillante, húmeda por momentos. Me contó que Mariam ya se había ido, que había arreglado papeles aquí para poder regresar con un trabajo, pero que no sabía cuándo podría ser eso. Le recordé la última conversación que habíamos tenido meses atrás, cuando la llegada de Mariam parecía casi imposible y cuando él, para no hundirse, repetía las palabras que su padre le decía por teléfono: "Moha, tú eres fuerte, tú eres un león".
-¿No ves como todo se va arreglando?
-Sí, poco a poco...- me dio la razón, y ese día siguió contándome cosas mientras jugaba con un mechón de mi pelo entre sus dedos, cariñoso como un niño pequeño, saudoso como un enamorado.

El día 31 de diciembre Moha cumplió años, pero su regalo debió de llegarle tres días antes. Mariam tenía previsto aterrizar en Peinador el domingo 28 por la noche. Para quedarse. Moha me contó que trabajará en Ourense, donde él tiene una familia autóctona que lo ha adoptado de corazón; me dijo que él ya planea pasarse allí los días que en A Coruña hay menos trabajo. Moha me contó también, con sus palabras claras y esenciales, hechas de agua y pan, lo mucho que la quiere, lo mucho que ella lo quiere a él. Me contó sus planes, su historia, sus torturas...
Y otras cosas de su amor que aquí no se pueden contar.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Deporte de masas

Tengo gastada la puntera de mi bota negra izquierda. La derecha también, pero menos. Entre ayer y hoy he jugado todo el fútbol de mi vida. Y he practicado a darle con la punta, con el empeine y con el interior del pie. No lo he hecho mal, pienso. Ayer, en mi debut, le di un pisotón a Martín en el pie izquierdo. Para quitarle hierro le dije:
-¡Hala! Con ese pisotón, ahora sólo tienes cuatro dedos en el pie.
Sin pensarlo más, se sentó en el suelo de cemento y empezó a sacarse la bota.
-No, tía. Tengo cinco- dijo muy serio.
Tuve que contarle los dedos uno a uno por encima del algodón del calcetín para evitar que se lo quitase e hiciese asomar los dedos al frío, vivitos y coleando.
Hoy he intentado afinar más el tiro y los pasos, pero ayer todavía tuvo que aguantar estoicamente un balonazo en el culo y otro en la mejilla izquierda.
Y aún no ha cumplido los cuatro años.

viernes, 22 de agosto de 2008

Desvarío

Yo todavía la quiero -son más de ocho años de vida en común-, pero se está volviendo rara. Regresó a casa anteayer después de una de esas ausencias suyas por las que ya ni me molesto. Nada más llegar se fue a hacer la compra, porque yo sobrevivía ya con las últimas existencias, y al volver estuvo cariñosa, como siempre; pasamos una noche plácida. Pero ayer empecé a notar en ella una discreta, aunque persistente, inquietud. Mis temores se confirmaron al mediodía. Se sentó en su rincón de trabajo, como cualquier otra mañana que se pone a teclear, pero en lugar de eso la vi manipular no sé qué objetos que intentaba ocultar oponiendo su cuerpo a mi mirada. Yo remoloneaba por la sala de estar y con esa actitud despreocupada me acerqué hasta la papelera y simulé que buscaba algo entre los papeles arrugados. Pude ver de reojo cómo me dirigía una mirada cargada de cautela, que se volvió tranquila al comprobar mi aparente desinterés. Confiada ya, siguió con su ajetreo manual y pude ver, con extrañeza, que lo que hacía y había intentado ocultarme era tan inocente como el juego de cualquier cría: tenía papel, lápices de colores y unas tijeras y hacía recortes amarillos, naranjas y azules que luego pegaba en el borde de la mesa. La miré conmovida por esa capacidad infantil que todavía tiene de entretenerse con los objetos más cotidianos y le acaricié los tobillos como a ella le gusta. Tal como esperaba, me levantó y me tomó en sus brazos y yo entrecerré los ojos y me abandoné a un intenso ronroneo que me hizo bajar cualquier defensa. Tan entregada estaba al dulce escalofrío de mi cuerpo, que apenas percibí su gesto cuando me colocó la primera pegatina -en el cuello, según pude comprobar después-. No pude imaginarme qué significaba aquel maltrato. La segunda, un cuadradito de papel azul que me pegó en la parte más alta de la frente, entre las orejas, me dejó paralizada, perpleja. ¿Qué clase de criatura es ésta? ¿Cómo puede poner esa sonrisa dulce y hacerme...? ¿Pero qué está haciendo?, fue lo único que en mi confusión atiné a pensar. Con esas preguntas me martiricé mientras la veía manipular la tercera pegatina, naranja, y me dejé hacer como si en lugar de un ser sensible y delicado fuese una muñeca de peluche, amorosa y suave, pero sin corazón.
Así sentía que me estaba tratando ella, aunque no lograba entender por qué. ¿A qué venía esa payasada? Antes de atisbar siquiera una respuesta, me di cuenta de que aquello no había acabado y, pese a la humillación, decidí descubrir dónde estaba el límite de aquel ridículo. Etiquetada como si fuese un juguete en venta, dejé que me llevase al dormitorio. Nada más entrar, se detuvo y, como si me pusiese en la picota, se colocó ante el enorme espejo que se trajo la semana pasada y en el que no para de mirarse con complacencia y me enfrentó con mi resignado reflejo. Allí estaba yo, de natural esbelta y elegante, pegoteada y ridícula; allí estaba debatiéndome entre la indignación y la misericordia, entre el arranque de arañar, morder y bufar y la decisión serena de sufrir con paciencia las flaquezas y debilidades del prójimo. En contra de mi instinto, opté por lo segundo. Y suspiré.

No sé qué esperaba demostrar ella con ese circo, pero lo cierto es que todavía me sostuvo en los brazos durante mucho rato y acercó varias veces mi cara al espejo queriendo provocarme, como si no hubiera visto ya de sobra los tres papelitos que salpicaban mi reflejo.

Yo, que resistí sin hacer siquiera un mohín, espiaba su expresión en el espejo y descubrí, con sorpresa de nuevo, que los ojos se le estaba poniendo casi tan tristes como a mí. Unos minutos después y sin que hubiese ocurrido nada más que nuestro profundo abatimiento, aquello cesó de repente. Como si hubiese estado fuera de sí hasta entonces, ella me quitó con cuidado las pegatinas, que ya casi se desprendían solas, y rozó su nariz con la mía como nadie más sabe hacer.

No me avergüenza admitir que la perdoné al instante porque mi fachada felina es liviana como el papel, pero, aun perdonando, no olvido y desde ayer me desvelo pensando por dónde me saldrá la próxima vez. Me preocupa que esto pueda ir a más y, sobre todo, a peor.

Desde que pasó lo del espejo la he sorprendido más de una vez, cuando cree que dormito, con la mirada extraviada y la he oído susurrar con expresión lastimera:

-Cómo puede ser que una urraca tonta...

viernes, 15 de agosto de 2008

Lección de pedagogía

Hoy he visto dos osos pardos, dos tigres (tristes), tres leones, una pantera negra (dos patas y media cabeza de una pantera negra), tres jabalíes, montones de ciervos, de pavos reales, un puñado de monos de apellidos diversos, serpientes de muchos colores, buitres, águilas, un precioso y elegante cuervo, arañas peludas, cucarachas, un búho pensativo, una cigüeña con un ala terminada en muñón, una mariposa, un escorpión, un camaleón de ojos alocados, dos gatos zalameros, dos linces europeos, tres o cuatro cabras de imponente cornamenta, peces de colores, lagartos grandes y pequeños, insectos palo, galiñas de Mos... Hoy he ido al zoo.
Hoy también he descubierto que con un año y medio de vida y una melodía pegadiza puedes aprender cualquier cosa. La musiquilla de Lola es: "Fulano, Fulano, Fulano es cojonudo, como fulano no hay ninguno". Y te deja con la cara hecha un garabato interrogativo cuando te toca el brazo y te dice: "A-é-a". No entiendes nada y repite: "A-é-a". A la tercera alguien experto, sentado en el asiento delantero del coche en el que tú viajas con dos sillas infantiles en los flancos, canta lo que tú ni imaginabas: "Andrea, Andrea, Andrea es cojonuda, como Andrea no hay ninguna". La operación se repite con Sergio, con Teo... Con Lola, no; no le gusta el autobombo, por lo que parece. Pero cuando su elenco de gente estupenda se acaba y la tarde transcurre ya entre fosos, estanques y jaulas, la melodía vuelve a entonarse tímida y comienza la lección. "¿El búho?", sugieres con cautela, por probar. Y responde una mirada atenta. Todo lo demás es cantar y cantar: "El búho, el búho, el búho es cojonudo, como el búho...". Y así todos los que pudieron salvarse del diluvio universal. El pato, el buitre, el cuervo, la cigüeña... Y ella repite; repite con lengua de trapo, pero repite al fin.

Hoy yo he aprendido una cosa; o dos. Ella -qué envidia- ha aprendido cien o doscientas cosas más.

jueves, 19 de junio de 2008

Homenaje

Reproduzco íntegramente el editorial de Notodo.com, del que sólo suprimiría a la loca de BB:

Por supuesto que se puede querer más a un gato que a un hombre. De hecho, el hombre es el animal más horrible de la creación. Así de rotunda se mostraba Brigitte Bardot para defender su amor a los felinos. Hoy, nos van a perdonar, no vamos a dedicar nuestro editorial a BB (que también se merecería uno) sino a esos pequeños animales domésticos tan parecidos a nosotros (en casi todo). Marcel Mauss, el padre de la etnología francesa, proclamó que el gato es el único animal que ha logrado domesticar al hombre. Aldous Huxley, el autor de Un mundo feliz, confesó que si quieres escribir sobre seres humanos, lo mejor que puedes tener en casa es un gato. Mark Twain, con mucha ironía, declaró que, si fuese posible cruzar a un hombre con un gato, mejoraría el hombre, pero se deterioraría el gato, quizás porque, como dijo Colette, no hay gatos corrientes. Como ven, el mundo está lleno de hombres que han rendido pleitesía a los mininos. ¿Qué opinarán, por su parte, los gatos? Les dejamos con una frase de Garfield: Tigres, leones, elefantes, perros, focas, caballos, chimpacés, pulgas, hombres… ¡Todos han pasado por ello! Los únicos que nunca hemos hecho el imbécil en el circo… ¡somos los gatos!

domingo, 25 de mayo de 2008

Moha

Me lo contó un viernes que me encontró cenando en un mesón de La Franja con un amigo de fuera. Yo bebía albariño y comía pulpo mientras él trabajaba llevando sus vitrinas portátiles con anillos y collares de plata por los bares. En un papel cualquiera, quizá una servilleta, le anoté los teléfonos de casa y del trabajo y el móvil para que me llamase después de hablar con el abogado de Ecos do Sur, una ONG que apoya a las personas inmigrantes. Quería traerse a su mujer, una chica a la que conocía desde niño y con la que se había casado por poderes hacía menos de seis meses como atestiguaba el oro brillante de su dedo color chocolate, y me ofrecí a encabezar la carta de invitación que, según él, le exigían para que ella pudiera entrar en España.

Lo vi varias veces más sin que me diese novedades del asunto, pero hace un par de semanas me hizo llegar la tarjeta del abogado de la ONG para que lo llamase y me explicase los requisitos. Telefoneé al día siguiente por la tarde y, aunque el abogado no estaba, una compañera suya me aclaró qué trámites podía hacer o, más bien, me dijo que no podía hacer ninguno.

La carta de invitación, que se tramita en la Policía Nacional a cambio de 100 euros, no es imprescincible, aunque puede ayudar, pero siempre que se conozca a la persona invitada.

-Bueno... tu conoces al marido, ¿no? ¿Tiene papeles?

No tiene papeles ni dinero ni tampoco debe de tenerlo su joven mujer, al menos no el suficiente como para hacer turismo por España durante tres meses, condición insalvable para obtener el visado.

-En Senegal es muy difícil que se lo den si no tiene dinero. Además sólo con pedirlo le van a cobrar 50 euros, aunque al final no se lo den.

Esa historia me encajó mejor con la realidad que imagino en fronteras y consulados que las esperanzas que me hizo albergar mi amigo; pero a él, que llegó hace cuatro años pasando por mar desde la punta de África al extremo de Europa, la respuesta se le clavó cuando se lo conté como una espina de pescado en la garganta.

Me encontró esa misma noche en un bar y se vino derecho a mí. Empezó a contarme que me había dejado la tarjeta del abogado, como para intentar recordarme su historia. Le corté y le dije que ya había llamado y me habían aclarado todo. Dos frases más tarde, comenzó a frotarme el brazo para consolarme. "No pasa nada", me dijo con los ojos enrojecidos y brillantes. "No pasa nada", repitió varias veces mientras volvía a estrecharme el brazo con su enorme mano para darme los ánimos que él estaba necesitando.

Todavía se quedó un rato explicándonos el mercadeo mafioso que existe en torno a los visados en Senegal y asegurándonos que en seis meses iba a tener los papeles y ya podría traerla. Se lo había dicho el abogado.

Cuando nos despedimos le dije, como una madre, que no anduviera a la lluvia, que caía entonces en gotas finas y pertinaces.

-¿La lluvia? -se sorprendió divertido- ¿¡Pero si yo ya soy gallego!?

Me dejó esa sonrisa en los labios, pero mientras lo veía caminar hacia la puerta para seguir su ruta nocturna y húmeda de bar en bar sentí una punzada por dentro, como si otra espina se me hubiese anclado también a mí en la garganta.

domingo, 4 de mayo de 2008

Bilingüismo

Martín (3 años) ha empezado a hablar como lo hacen en sus libros y ahora dice "he comido" o "he ido" en lugar del "comí" o "fui" propios de su realidad sociolingüística.

Escena:
La tía María, sentada a la mesa frente a Martín, se pelea con la pata de un buey de mar. Al partir la pata, sale despedida hacia no se sabe dónde una pequeña esquirla del caparazón.
MARTÍN: ¡Tía! ¡Te ha chimpado!
MARÍA: ¿¿!!??

martes, 8 de abril de 2008

Sabor de vendimia

Podría contar unas cuantas cosas de este día tan largo si tuviera fuerzas, pero me quedo sólo con una que escuché en un taller para abuelas y abuelos que quieren educar a sus nietos en la igualdad:


Recuerdo el terror de las primeras arrugas.
Pensar: Ahora sí. Ya me llegó la hora.
Las líneas de la risa marcadas sobre mi cara
aun en medio de la más absoluta seriedad.
Yo, frente al espejo,
intentando disolverlas con mis manos,
alisándome las mejillas, una y otra vez,
sin resultado.
Luego fue la mirada furtiva de mi reflejo
en los escaparates
preguntarme si la luz del día las haría más
evidentes,
si el que me observaba desde la otra acera
estaría censurando mi incapacidad de
mantenerme joven,
incólume ante el paso del tiempo.
Viví esas primeras marcas de la edad
con la vergüenza de quien ha fallado.
Como una estudiante que reprueba el examen
y debe caminar por la calle
con las malas notas expuestas ante todos.
–Las mujeres nos sentimos culpables por envejecer,
como si pasada la juventud de la belleza,
apenas nos quedara que ofrecer,
y debiéramos hacer mutis;
salir y dejar espacio a las jóvenes,
a los rostros y cuerpos inocentes
que aún no han cometido el pecado
de vivir más allá de los treinta o los cuarenta–
No sé cuándo dispuse rebelarme.
No aceptar que sólo se me concedieran como válidos
los diez o veinte años con piel de manzana;
sentirme orgullosa de las señales
de mi madurez.
Ahora,
gracias a estos razonamientos
cada vez me detengo menos
frente al espejo.
Paso por alto
la aparición de
inevitables líneas
en el mapa de vida del rostro.
Después de todo,
el alma,
afortunadamente,
es como el vino.
Que me beba quien me ame,
que me saboree.

miércoles, 2 de abril de 2008

El cantante

Hace casi dos años que comenzaron a derribar el edificio de al lado para construir otro. El ruido para echar abajo el primero y levantar el segundo ha sido constante, pero muy variado, aunque no tengo vocabulario suficiente para expresar los matices de las maquinarias ni de las herramientas manuales que han golpeado día tras día, de ocho a ocho, al otro lado de la pared.
Como hoy no trabajaba, he dormido hasta tarde, insensible como estoy ya a cualquier actividad ruidosa que no llegue a la categoría de estruendo, y cuando me he sentado delante del ordenador aquí, en este pequeño saliente formado por cuatro ventanas donde escribo, he descubierto que es posible dar una vuelta de tuerca a la banda sonora de la construcción.
Primero pensé si no serían Los Chunguitos, después me acordé de Los Chichos, pero resultó que no; aquel Una paloma blanca que yo tenía cuando quería se me escapaba… era un clásico de Los Calis, pero ni siquiera eran ellos los que lo entonaban, no; era un obrero que estaba en la acera y que cantaba para que lo oyesen en toda la calle, alentado, supongo, por el generoso sol de primavera. “Lo que me faltaba”, pensé resignada y me alejé hacia el otro lado de la casa mientras el albañil ponía música al extraño verso Quérote moito, como la troita al troito.
Una hora después volví a sentarme frente al escritorio y pude trabajar sin más ruido que el de los coches, pero al poco rato los obreros volvieron de comer y retornó el martilleo, aunque quizá ni lo escuché. Lo que sí me llegó con una extraña alegría fue la voz del cantante, que ahora estaba subido a un andamio en la fachada, a la altura del cuarto piso, por lo que yo, que vivo en el tercero, lo tenía casi cantando en mi ventana.
Cada noche mi vida es para ti… decía a esa hora y enseguida llenaba la pausa con un silbido que me pareció entonces muy bien acompasado. Seguí tecleando y él siguió cantando a ratos, repitiendo casi siempre la estrofa de Triana, y poco a poco me fui sintiendo muy a gusto, como quien trabaja con un compañero con el que forma buen equipo. En ese momento me molestó un poco menos llevar casi dos años sufriendo por este maldito edificio y quizá por eso -o por casualidad- mi albañil me regaló Un ramito de violetas (en versión de Manzanita, por cierto) que cantó y silbó con mucha gracia. Le envidié la voz y el salero, pero sobre todo la alegría, porque a mí el trabajo a veces no me da siquiera para un canturreo.
Cuando se me pasó la envidia, le hice la foto. Espero que vuelva mañana.
P.D. Mi albañil no es como
la cajera de mi querido Paco Sánchez, pero bien se merece unas letras.

martes, 1 de abril de 2008

Primavera

Algunos esperan las golondrinas, otros el anuncio de El Corte Inglés, pero en mi casa no; en mi casa empieza a oler a primavera cuando Elsinha, mi gata, comienza a reclamar histérica algo que nunca ha sabido qué es. Hubo un tiempo, cuando tenía un año o dos, en el que debió de intuirlo; su instinto algo debía de decir de aquel cosquilleo que le hacía arquear el cuerpo en sentido opuesto al del miedo: no formando una boca de túnel, sino más bien una hondanada suave, un lomo hecho valle en el que se alzaba un rabo tieso y vibrante como la rama de un zahorí.
Después de todos estos años -en agosto cumplirá ya ocho- no ha encontrado todavía lo que su naturaleza le manda pedir cuando llega febrero, pero sí ha decidido que lo que ella busca es a mí. A mí y a otros, pero sobre todo a mí. Su instinto de hembra procreadora se ha transformado en el de gata civilizada y son mis manos y mi regazo acogedor lo que hace callar sus lamentos, que exasperan tanto como los de un bebé que llora y no puede explicar por qué.
Su amor tan civilizado es como mi propio amor; como el tuyo. Su amor es un amor estéril, un amor contranatura, un amor como una pareja para toda la vida, como un condón entre dos cuerpos, como un querer platónico. Un amor hecho de cultura -no del instinto de unirse cuanto más mejor y siempre con buen resultado-; hecho de la misma cultura que nos hace olvidarnos de mantener la especie y nos lleva a buscar a aquella de pechos pequeños y caderas estrechas, pero de manos sanadoras, o a aquel otro que no sabe lo que quiere en la vida, que no quiere dejar de ser del todo niño y que nunca mataría una mosca y mucho menos un mamut.
Su amor es interesado, sí; me quiere porque le doy de comer, porque le cambio el agua por las mañanas y porque le escribo cuentos para anticiparme al día en que ya no esté, cuando su pelo negro deje de brillar como si hubiese perdido el alma -los gatos no tienen alma, ya sé-. Me quiere por interés, sí.
No tiene bastante cultura aún para querer como nosotros; nosotros, que aunque siempre hemos visto estúpido lo de poner la otra mejilla, amamos a los que nos niegan el pan y la sal, a los que no devuelven nuestro amor, a los que se olvidan de que un día los quisimos tanto.
Elsinha seguirá buscando mi regazo, como está haciendo justo ahora, pero quizá si un gato apuesto y buen proveedor menea el rabo delante de sus bigotes no dude en arquear su cuerpo contra el suelo para recibir lo que lleva tantos años pidiendo; y olvidará mis manos y mis cuentos, al menos por un rato. O quizá si es otro el que cambie el agua o rellene de pienso su cuenco sea a él al que le baile alrededor de los tobillos cuando vuelva a casa. Quizá es que el instinto de sobrevivir es así.

Espero que a nosotros se nos atrofie del todo.

O quizá no.