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sábado, 19 de abril de 2008

Golondrinas

El día de la foto era primavera y además lo parecía. Todavía no había comenzado este exceso de lluvia y viento que levanta tanta queja, como si aquí nunca hubiera llovido. El día de la foto, al atardecer, caminaba por O Parrote y pensaba en las golondrinas, en que quizá habrían invadido ya el cielo del jardín de San Carlos; pensaba en qué ejercicio vano sería sacar la cámara de fotos ante aquel vuelo hiperactivo con mil rumbos; pensaba en Ramón Gómez de la Serna, que me las descubrió cuando yo todavía creía que las golondrinas eran casi tan imaginarias como los unicornios; pensaba en todo eso cuando una algarabía me hizo levantar los ojos y dejar de pensar para mirar, sólo. Eran tres y alborotaban haciendo círculos, de la fachada de un edificio hacia la dársena, como tres diablos traviesos; tres golondrinas inconscientes y locas que parecían reírse de mi estupidez. No sabían, sin embargo, que mi estupidez a veces no tiene límites y, a pesar de la mala luz y de la imposible empresa, saqué mi Canon de cien euros y apunté al cielo con el único resultado, tras varios disparos, de un puntito negro y borroso sobre un fondo gris claro. Una birria en sentido estricto.
Dejé de hacer el ridículo y seguí caminando mientras ellas continuaban muertas de risa con su baile atolondrado. Volví entonces a acordarme del padre de las greguerías y de aquel sugerente ejemplar que me encontré en una feria de libros usados en Madrid. Cartas a las golondrinas / Cartas a mí mismo, decía la sobrecubierta de aquel libro de la vieja colección Austral que acabó de imprimirse en febrero de 1962 y que yo me compré de inmediato por un par de euros; fue hace menos de tres años. Poco después de leerlo con placer, caminaba un día medio despistada por la Maestranza y me dije, convencida y melancólica: La verdad es que es una pena que ya no se vean golondrinas. Y mientras meneaba la cabeza con fastidio apagó mis pensamientos, casi llegando al jardín de San Carlos, la punta negra de una lanza en el cielo. Yo, que antes apenas miraba los pájaros, abrí los ojos sorprendida y se me llenó el cuerpo de primavera. ¿¡Es una golondrina!?, pensé como una tonta, porque una cosa es saber cómo es un pájaro y otra distinta es conocerlo. Y a mí entonces era como si me las estuvieran presentando a todas. Enchantée.
Y andando andando con mis recuerdos de estaciones pasadas, bajé hacia el castillo de San Antón, como el día de la gaviota patiúnica, y al poco tiempo de avanzar en paralelo a la escollera me encontré estos dos gatos rayados y curiosos, bonitos, y les dediqué la foto. Gatos, golondrinas, gatos, golondrinas... empecé a pensar como si hablase del día y de la noche. Y, de repente, me acordé. ¡Claro! O gato malhado e a andorinha sinhá. Uma história de amor, aquel librito tierno y amargo de Jorge Amado. Y acabé mi paseo sonriendo por dentro y recordando que durante muchos años, cuando aún no conocía a las golondrinas, no me gustaba la primavera.

P.D. Todavía anduve un poco más y me detuvo frente a un seto picudo un mirlo -tenía que ser un mirlo- que cantaba feliz en la copa. Pero eso es otra historia...

martes, 1 de abril de 2008

Primavera

Algunos esperan las golondrinas, otros el anuncio de El Corte Inglés, pero en mi casa no; en mi casa empieza a oler a primavera cuando Elsinha, mi gata, comienza a reclamar histérica algo que nunca ha sabido qué es. Hubo un tiempo, cuando tenía un año o dos, en el que debió de intuirlo; su instinto algo debía de decir de aquel cosquilleo que le hacía arquear el cuerpo en sentido opuesto al del miedo: no formando una boca de túnel, sino más bien una hondanada suave, un lomo hecho valle en el que se alzaba un rabo tieso y vibrante como la rama de un zahorí.
Después de todos estos años -en agosto cumplirá ya ocho- no ha encontrado todavía lo que su naturaleza le manda pedir cuando llega febrero, pero sí ha decidido que lo que ella busca es a mí. A mí y a otros, pero sobre todo a mí. Su instinto de hembra procreadora se ha transformado en el de gata civilizada y son mis manos y mi regazo acogedor lo que hace callar sus lamentos, que exasperan tanto como los de un bebé que llora y no puede explicar por qué.
Su amor tan civilizado es como mi propio amor; como el tuyo. Su amor es un amor estéril, un amor contranatura, un amor como una pareja para toda la vida, como un condón entre dos cuerpos, como un querer platónico. Un amor hecho de cultura -no del instinto de unirse cuanto más mejor y siempre con buen resultado-; hecho de la misma cultura que nos hace olvidarnos de mantener la especie y nos lleva a buscar a aquella de pechos pequeños y caderas estrechas, pero de manos sanadoras, o a aquel otro que no sabe lo que quiere en la vida, que no quiere dejar de ser del todo niño y que nunca mataría una mosca y mucho menos un mamut.
Su amor es interesado, sí; me quiere porque le doy de comer, porque le cambio el agua por las mañanas y porque le escribo cuentos para anticiparme al día en que ya no esté, cuando su pelo negro deje de brillar como si hubiese perdido el alma -los gatos no tienen alma, ya sé-. Me quiere por interés, sí.
No tiene bastante cultura aún para querer como nosotros; nosotros, que aunque siempre hemos visto estúpido lo de poner la otra mejilla, amamos a los que nos niegan el pan y la sal, a los que no devuelven nuestro amor, a los que se olvidan de que un día los quisimos tanto.
Elsinha seguirá buscando mi regazo, como está haciendo justo ahora, pero quizá si un gato apuesto y buen proveedor menea el rabo delante de sus bigotes no dude en arquear su cuerpo contra el suelo para recibir lo que lleva tantos años pidiendo; y olvidará mis manos y mis cuentos, al menos por un rato. O quizá si es otro el que cambie el agua o rellene de pienso su cuenco sea a él al que le baile alrededor de los tobillos cuando vuelva a casa. Quizá es que el instinto de sobrevivir es así.

Espero que a nosotros se nos atrofie del todo.

O quizá no.