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lunes, 7 de diciembre de 2009

Gata entera


Está bien sentirse única, original y diferente, pensar y hacer cosas audaces que algunos no entienden, pero casi siempre lo que nos hace sentir mejor a todos es ser normales y, sobre todo, sentirnos comprendidos y comprender. Yo, que tengo una gata negra con mucho temperamento y uñas bien afiladas, me he sentido así al leer un artículo de Paco en la revista Nuestro Tiempo en el que habla de los “Caballos enteros” de Manu: Zezeré y Golegá.

“Zézere y Golegá pueden ser enganchados al coche de competición, pero hacerlo resulta una ceremonia complicada, atenta, que no está al alcance de cualquiera. Una vez enganchados, se sincronizan como uno, pero no pueden pastar juntos ni con otros caballos, porque se enzarzan muy fácilmente hasta con los ponis. Mi amigo los prefiere porque son mejores y más seguros, aunque dé más trabajo criarlos y dirigirlos. Sobre todo, los prefiere porque le gusta respetar la naturaleza de las cosas, de los animales y de las personas. Castrados serían más dóciles, menos nerviosos, pero él los quiere enteros”.


Casi lo mismo me explicó el veterinario cuando hace ya bastantes años le pregunté qué pasaría si esterilizara a Elsinha. Me dijo que, además de no tener celo, sería más dócil y más cariñosa y que lo único que tendría que controlar a partir de entonces sería su dieta, porque al castrarlos los gatos pierden esa cualidad innata que les permite comer sólo lo que necesitan y que explica por qué hay gatos domésticos obesos. Ni que decir tiene que la idea de arruinarle a mi gata el carácter, la libertad de afectos y su envidiable figura me pareció como cambiarla por un peluche a pilas que ronronease e hiciese miau, así que ahí se quedó el asunto y creo que ni siquiera volvimos por la consulta.

Dejarla ser como es me ha valido en este tiempo unos cuantos bufidos; cientos y cientos de arañazos, no todos malintencionados; una admiración infinita por su agilidad, su gracilidad y su sigilo; unos cuantos cientos de carcajadas por su curiosidad malsana y una gratitud que sólo unos cuantos podrán dimensionar por sus espontáneas y en ocasiones sorprendentes manifestaciones de afecto. A ella ser como es le ha valido los adjetivos de antisocial, arisca, loca y fiera. Hay quien todavía me pregunta, al ver los bajos de mi sofá deshilachados:

-¿Pero no le cortas las uñas?

-Es que es una gata... -sólo atino a responder.

Ya sé que lo que cuento no tiene mucho que ver con lo que quería decir Paco en su artículo y que tampoco tiene una dimensión clásica ni universal que mi gata sea negra, temperamental y entera como Zézere y Golegá lo son, pero ahora que ella ronronea tumbada sobre mi antebrazo derecho mientras escribo con tres dedos de la mano izquierda pienso que si yo fuese una gata me gustaría que me diesen la oportunidad de ser como ella es, que me dejasen ser como soy, y que prefiriesen mi caricia y mi bufido felinos a la zalamería de un peluche adulterado.

Nota: La imagen fue tomada el día que decidió abrir un ventanuco en el estor, que, por otra parte, ya estaba bastante consumido por el sol.

domingo, 22 de febrero de 2009

Una bruja de dos años

Hoy Lola ha cumplido dos años. Después de este tiempo, podemos afirmar que no es superdotada -teníamos ciertas dudas, como casi todos los padres, tíos y abuelos con respecto a sus hijos, sobrinos y nietos-, que tiene muy mala leche y que es preciosa.
Y que cumpla muchos más...

domingo, 15 de febrero de 2009

Felicidad

Marian y Moha, ayer en un bar de A Coruña.

domingo, 4 de enero de 2009

Vida nueva

A Moha, que es musulmán, le llegó la Navidad adelantada. Hace unas semanas se presentó en el periódico donde yo trabajaba y le preguntó por mí a la chica de la centralita:
-¿María?- le interrogó ella mientras, seguramente, comenzaba a registrar sin reparo los detalles de la enorme planta de Moha y de la impresionante belleza de la chica que lo acompañaba- ¿Qué María?
-María la periodista- precisó él.
-Pero es que aquí hay muchas Marías periodistas...- apostilló ella, que se ufana de estar muy bien informada, como si en lugar de telefonista fuera portera.
Como en un juego de pistas, Moha aventuró un dato más.
-Su novio también es periodista y trabaja aquí.
-¿Y cómo se llama?- continuó ella, que quizá entonces se había fijado ya en la piel fina de la chica, en sus uñas tan bien arregladas y en su vestir europeo.
-Se llama... Se llama... jefe- respondió Moha, y seguro que lo hizo ya con su sonrisa grande, consciente de lo difícil que se estaba volviendo una búsqueda que le había parecido tan sencilla.
Al poco de que la chica de centralita hiciese una llamada a una extensión interna, apareció en el vestíbulo del periódico una periodista con una libreta y un bolígrafo, de nombre Marta en lugar de María, pero también con novio periodista y jefe en ese medio.
-Ésta no es- parece que sentenció Moha.
Le hicieron falta tres pistas más -alto, con barba y gafas- para que la telefonista nos acabase de poner cara.
-¡Ah...!- concluyó por fin ella, y en unos segundos le aclaró que yo ya no trabajaba allí y que el novio periodista no se encontraba.
A cambio de esta información, Moha tuvo que contarle lo que pretendía contarme a mí: que no venía a darme ninguna noticia, sino a presentarme a aquella alta, preciosa y jovencísima mujer, a su mujer, a la que ni siquiera había podido ver el día de su boda -por poderes- y a la que llevaba meses intentando traerse a España. A mí, por teléfono, acabó de contarme el resto: que estaba recién llegada de Senegal vía Lisboa, que se quedaría de vacaciones y que él era feliz. "Hacían una pareja...", me resumió días después la telefonista, mordiéndose el labio admirada, tras contarme con todo detalle la escena.

La siguiente vez que vi a Moha tenía la mirada brillante, húmeda por momentos. Me contó que Mariam ya se había ido, que había arreglado papeles aquí para poder regresar con un trabajo, pero que no sabía cuándo podría ser eso. Le recordé la última conversación que habíamos tenido meses atrás, cuando la llegada de Mariam parecía casi imposible y cuando él, para no hundirse, repetía las palabras que su padre le decía por teléfono: "Moha, tú eres fuerte, tú eres un león".
-¿No ves como todo se va arreglando?
-Sí, poco a poco...- me dio la razón, y ese día siguió contándome cosas mientras jugaba con un mechón de mi pelo entre sus dedos, cariñoso como un niño pequeño, saudoso como un enamorado.

El día 31 de diciembre Moha cumplió años, pero su regalo debió de llegarle tres días antes. Mariam tenía previsto aterrizar en Peinador el domingo 28 por la noche. Para quedarse. Moha me contó que trabajará en Ourense, donde él tiene una familia autóctona que lo ha adoptado de corazón; me dijo que él ya planea pasarse allí los días que en A Coruña hay menos trabajo. Moha me contó también, con sus palabras claras y esenciales, hechas de agua y pan, lo mucho que la quiere, lo mucho que ella lo quiere a él. Me contó sus planes, su historia, sus torturas...
Y otras cosas de su amor que aquí no se pueden contar.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Casas natales

Yo no llegué a verlo, pero cuentan que mi casa, la que en realidad nunca llegó a ser mi casa, tenía una viña larguísima y tupida, como un corredor de arcos florales, que avanzaba perpendicular a la vivienda hasta recorrer buena parte de los cuatro mil metros cuadrados que medía entonces la finca. Cuentan también que en el terreno abundaban en el pasado los castaños y, por eso, quien tiene todavía memoria de los nombres de las cosas de antes sabe que los de aquella casa somos aún "os do Castiñeiro". En ella nació mi padre y sus hermanos, mi abuela y sus hermanos, mi bisabuela y sus hermanos y, al menos, también mi tatarabuela y sus hermanos. Ni mis hermanos ni yo recordamos ya como era.
Cuando yo nací creo que habían derribado ya el inmueble o a punto estaban de hacerlo. Lo cierto es que mis padres se habían instalados ya en un piso de alquiler, justo enfrente del terreno familiar, a la espera de que en el trozo de finca que el Gobierno no iba a necesitar para construir una autopista se levantase su nueva vivienda. Aunque no había vacas, por la casa nueva pasaron ovejas, corderos, cerdos, conejos, gallinas, gatos y perros. Ahora sólo quedan gallinas, un perro, una perra y una gata llamada Cati.
Quizá para compensar la pérdida de nuestra casa vieja, mi hermano mayor y yo fuimos de los pocos y afortunados niños que pudimos caminar y pedalear libres y sin pagar peaje hasta el puente de Rande, y más allá si hubiésemos querido. La autopista era entonces todo lo contrario a lo que acabaría siendo: un camino silencioso, vacío, seguro, donde los pasos o las pedaladas eran siempre lentos, de paseo.
Eso duró unos años, pocos, y enseguida el zumbido continuo de los coches, convertidos a fuerza de velocidad en meros borrones sobre el asfalto, empezó a competir con nuestras voces en casa y con nuestras canciones en el patio del colegio, un pequeño colegio de parroquia al que la autopista también comió, según creo, unos buenos bocados de terreno.
El ruido acabó mitigado con dobles ventanas y resignación y lo que al principio pudo parecer una casa triste y castigada, con una pequeña viña de fruto escaso y un terreno que palidecía recordando lo que fue, se transformó poco a poco en un lugar privilegiado, al menos, para nosotros, que teníamos un enorme patio de juegos con hierbas, árboles, tierra, frutas, agua... donde las hojas del sauce llorón se convertían en pescados y unos hierbajos redondeados que crecían a ras de suelo eran bistecs y las habichuelas que acabábamos de sacar de su vaina nos servían de imaginarias monedas en un bloque de cemento agujereado que usábamos como tragaperras. En aquella finca cabía el mundo y unos cuantos planetas más.
La casa nueva es lo más parecido que mis hermanos y yo tenemos a la casa donde uno nace. Pero si quisiésemos que los hijos que a partir de ahora podamos llegar a tener naciesen en la misma casa en la que nosotros espiritualmente nacimos lo tendríamos muy difícil.
Tres décadas después de haber caído la vieja casa, esa autopista por la que de niña yo paseé en bicicleta necesita crecer de nuevo y, según dicen algunos políticos, debe hacerlo por encima de la casa nueva, mi casa, y hasta del colegio en el que estudié. Los coches quieren comerse también buena parte del instituto, la iglesia nueva, el centro de salud y el pabellón de deportes, además de otras casas como la mía. Ayer salieron los vecinos a la calle para protestar, según cuenta el periódico.
Hoy me ha tocado manifestarme a mí.

viernes, 22 de agosto de 2008

Desvarío

Yo todavía la quiero -son más de ocho años de vida en común-, pero se está volviendo rara. Regresó a casa anteayer después de una de esas ausencias suyas por las que ya ni me molesto. Nada más llegar se fue a hacer la compra, porque yo sobrevivía ya con las últimas existencias, y al volver estuvo cariñosa, como siempre; pasamos una noche plácida. Pero ayer empecé a notar en ella una discreta, aunque persistente, inquietud. Mis temores se confirmaron al mediodía. Se sentó en su rincón de trabajo, como cualquier otra mañana que se pone a teclear, pero en lugar de eso la vi manipular no sé qué objetos que intentaba ocultar oponiendo su cuerpo a mi mirada. Yo remoloneaba por la sala de estar y con esa actitud despreocupada me acerqué hasta la papelera y simulé que buscaba algo entre los papeles arrugados. Pude ver de reojo cómo me dirigía una mirada cargada de cautela, que se volvió tranquila al comprobar mi aparente desinterés. Confiada ya, siguió con su ajetreo manual y pude ver, con extrañeza, que lo que hacía y había intentado ocultarme era tan inocente como el juego de cualquier cría: tenía papel, lápices de colores y unas tijeras y hacía recortes amarillos, naranjas y azules que luego pegaba en el borde de la mesa. La miré conmovida por esa capacidad infantil que todavía tiene de entretenerse con los objetos más cotidianos y le acaricié los tobillos como a ella le gusta. Tal como esperaba, me levantó y me tomó en sus brazos y yo entrecerré los ojos y me abandoné a un intenso ronroneo que me hizo bajar cualquier defensa. Tan entregada estaba al dulce escalofrío de mi cuerpo, que apenas percibí su gesto cuando me colocó la primera pegatina -en el cuello, según pude comprobar después-. No pude imaginarme qué significaba aquel maltrato. La segunda, un cuadradito de papel azul que me pegó en la parte más alta de la frente, entre las orejas, me dejó paralizada, perpleja. ¿Qué clase de criatura es ésta? ¿Cómo puede poner esa sonrisa dulce y hacerme...? ¿Pero qué está haciendo?, fue lo único que en mi confusión atiné a pensar. Con esas preguntas me martiricé mientras la veía manipular la tercera pegatina, naranja, y me dejé hacer como si en lugar de un ser sensible y delicado fuese una muñeca de peluche, amorosa y suave, pero sin corazón.
Así sentía que me estaba tratando ella, aunque no lograba entender por qué. ¿A qué venía esa payasada? Antes de atisbar siquiera una respuesta, me di cuenta de que aquello no había acabado y, pese a la humillación, decidí descubrir dónde estaba el límite de aquel ridículo. Etiquetada como si fuese un juguete en venta, dejé que me llevase al dormitorio. Nada más entrar, se detuvo y, como si me pusiese en la picota, se colocó ante el enorme espejo que se trajo la semana pasada y en el que no para de mirarse con complacencia y me enfrentó con mi resignado reflejo. Allí estaba yo, de natural esbelta y elegante, pegoteada y ridícula; allí estaba debatiéndome entre la indignación y la misericordia, entre el arranque de arañar, morder y bufar y la decisión serena de sufrir con paciencia las flaquezas y debilidades del prójimo. En contra de mi instinto, opté por lo segundo. Y suspiré.

No sé qué esperaba demostrar ella con ese circo, pero lo cierto es que todavía me sostuvo en los brazos durante mucho rato y acercó varias veces mi cara al espejo queriendo provocarme, como si no hubiera visto ya de sobra los tres papelitos que salpicaban mi reflejo.

Yo, que resistí sin hacer siquiera un mohín, espiaba su expresión en el espejo y descubrí, con sorpresa de nuevo, que los ojos se le estaba poniendo casi tan tristes como a mí. Unos minutos después y sin que hubiese ocurrido nada más que nuestro profundo abatimiento, aquello cesó de repente. Como si hubiese estado fuera de sí hasta entonces, ella me quitó con cuidado las pegatinas, que ya casi se desprendían solas, y rozó su nariz con la mía como nadie más sabe hacer.

No me avergüenza admitir que la perdoné al instante porque mi fachada felina es liviana como el papel, pero, aun perdonando, no olvido y desde ayer me desvelo pensando por dónde me saldrá la próxima vez. Me preocupa que esto pueda ir a más y, sobre todo, a peor.

Desde que pasó lo del espejo la he sorprendido más de una vez, cuando cree que dormito, con la mirada extraviada y la he oído susurrar con expresión lastimera:

-Cómo puede ser que una urraca tonta...

viernes, 15 de agosto de 2008

Lección de pedagogía

Hoy he visto dos osos pardos, dos tigres (tristes), tres leones, una pantera negra (dos patas y media cabeza de una pantera negra), tres jabalíes, montones de ciervos, de pavos reales, un puñado de monos de apellidos diversos, serpientes de muchos colores, buitres, águilas, un precioso y elegante cuervo, arañas peludas, cucarachas, un búho pensativo, una cigüeña con un ala terminada en muñón, una mariposa, un escorpión, un camaleón de ojos alocados, dos gatos zalameros, dos linces europeos, tres o cuatro cabras de imponente cornamenta, peces de colores, lagartos grandes y pequeños, insectos palo, galiñas de Mos... Hoy he ido al zoo.
Hoy también he descubierto que con un año y medio de vida y una melodía pegadiza puedes aprender cualquier cosa. La musiquilla de Lola es: "Fulano, Fulano, Fulano es cojonudo, como fulano no hay ninguno". Y te deja con la cara hecha un garabato interrogativo cuando te toca el brazo y te dice: "A-é-a". No entiendes nada y repite: "A-é-a". A la tercera alguien experto, sentado en el asiento delantero del coche en el que tú viajas con dos sillas infantiles en los flancos, canta lo que tú ni imaginabas: "Andrea, Andrea, Andrea es cojonuda, como Andrea no hay ninguna". La operación se repite con Sergio, con Teo... Con Lola, no; no le gusta el autobombo, por lo que parece. Pero cuando su elenco de gente estupenda se acaba y la tarde transcurre ya entre fosos, estanques y jaulas, la melodía vuelve a entonarse tímida y comienza la lección. "¿El búho?", sugieres con cautela, por probar. Y responde una mirada atenta. Todo lo demás es cantar y cantar: "El búho, el búho, el búho es cojonudo, como el búho...". Y así todos los que pudieron salvarse del diluvio universal. El pato, el buitre, el cuervo, la cigüeña... Y ella repite; repite con lengua de trapo, pero repite al fin.

Hoy yo he aprendido una cosa; o dos. Ella -qué envidia- ha aprendido cien o doscientas cosas más.

jueves, 19 de junio de 2008

Homenaje

Reproduzco íntegramente el editorial de Notodo.com, del que sólo suprimiría a la loca de BB:

Por supuesto que se puede querer más a un gato que a un hombre. De hecho, el hombre es el animal más horrible de la creación. Así de rotunda se mostraba Brigitte Bardot para defender su amor a los felinos. Hoy, nos van a perdonar, no vamos a dedicar nuestro editorial a BB (que también se merecería uno) sino a esos pequeños animales domésticos tan parecidos a nosotros (en casi todo). Marcel Mauss, el padre de la etnología francesa, proclamó que el gato es el único animal que ha logrado domesticar al hombre. Aldous Huxley, el autor de Un mundo feliz, confesó que si quieres escribir sobre seres humanos, lo mejor que puedes tener en casa es un gato. Mark Twain, con mucha ironía, declaró que, si fuese posible cruzar a un hombre con un gato, mejoraría el hombre, pero se deterioraría el gato, quizás porque, como dijo Colette, no hay gatos corrientes. Como ven, el mundo está lleno de hombres que han rendido pleitesía a los mininos. ¿Qué opinarán, por su parte, los gatos? Les dejamos con una frase de Garfield: Tigres, leones, elefantes, perros, focas, caballos, chimpacés, pulgas, hombres… ¡Todos han pasado por ello! Los únicos que nunca hemos hecho el imbécil en el circo… ¡somos los gatos!

martes, 10 de junio de 2008

La madre de Sergio

Ayer conocí a Alicia Fuentes, una mujer de 43 años que lleva más de seis sin ver a su hijo pequeño, Sergio. El niño cumplirá en agosto 12 años y Alicia se pregunta si habrá hecho la Primera Comunión. "Qué triste es para una madre no poder ver a su hijo haciendo la Comunión". Y mientras me lo dice oigo como empieza a llorar mientras yo sigo tomando notas con los ojos clavados en la libreta. Cuando levanto la vista sigue con la cara enrojecida, porque ella es de piel muy clara, de ojos muy azules y de pelo rubio, aunque ahora se lo haya puesto medio pelirrojo. "Me echo el color en casa; es por cambiar", me explica. Dice que desde lo de Sergio no tiene bien la cabeza, que se olvida de algunas cosas. Piensa que Sergio, al que pudo llamar Sergio hasta que a los cinco años lo vio por última vez en la casa cuna donde vivía, quizá ya no se llame así. "Igual le pusieron otro nombre", me dice, sin explicarse por qué le ha pasado a ella esto. "A lo mejor me lo quitaron porque era un niño muy guapo". Y saca de la cartera una foto de carné en la que malamente se ve a un niño rubito y muy bien peinado. Sabe que si Sergio la tuviera de nuevo delante quizá no querría volver con ella. "Pero poco a poco... Los dos vamos a necesitar ayuda", explica, y ya da por supuesto que va a ser verdad la esperanza que ha vuelto a encender un tribunal hace unas semanas.

El niño de Alicia fue dado en adopción por la Xunta a una familia que lo tenía acogido desde 2002 y ahora el Tribunal Constitucional ha dicho que la adopción es nula porque no se escuchó a la madre biológica, que siempre se opuso a entregar a su hijo. Su proceso judicial está aquí y otras cosas que me ha dicho son éstas.


No se me ocurrió llorar delante de ella por muy duro que sea ver a una madre a la que le han robado a su hijo porque intento ser profesional y no implicarme, pero cuando una hora después estaba sola en casa haciendo la comida, sin dejar de pensar en ella ni en su hijo, tuve que desahogarme. Me estaba ahogando imaginar a un niño de cinco años al que le han robado a su madre.

martes, 1 de abril de 2008

Primavera

Algunos esperan las golondrinas, otros el anuncio de El Corte Inglés, pero en mi casa no; en mi casa empieza a oler a primavera cuando Elsinha, mi gata, comienza a reclamar histérica algo que nunca ha sabido qué es. Hubo un tiempo, cuando tenía un año o dos, en el que debió de intuirlo; su instinto algo debía de decir de aquel cosquilleo que le hacía arquear el cuerpo en sentido opuesto al del miedo: no formando una boca de túnel, sino más bien una hondanada suave, un lomo hecho valle en el que se alzaba un rabo tieso y vibrante como la rama de un zahorí.
Después de todos estos años -en agosto cumplirá ya ocho- no ha encontrado todavía lo que su naturaleza le manda pedir cuando llega febrero, pero sí ha decidido que lo que ella busca es a mí. A mí y a otros, pero sobre todo a mí. Su instinto de hembra procreadora se ha transformado en el de gata civilizada y son mis manos y mi regazo acogedor lo que hace callar sus lamentos, que exasperan tanto como los de un bebé que llora y no puede explicar por qué.
Su amor tan civilizado es como mi propio amor; como el tuyo. Su amor es un amor estéril, un amor contranatura, un amor como una pareja para toda la vida, como un condón entre dos cuerpos, como un querer platónico. Un amor hecho de cultura -no del instinto de unirse cuanto más mejor y siempre con buen resultado-; hecho de la misma cultura que nos hace olvidarnos de mantener la especie y nos lleva a buscar a aquella de pechos pequeños y caderas estrechas, pero de manos sanadoras, o a aquel otro que no sabe lo que quiere en la vida, que no quiere dejar de ser del todo niño y que nunca mataría una mosca y mucho menos un mamut.
Su amor es interesado, sí; me quiere porque le doy de comer, porque le cambio el agua por las mañanas y porque le escribo cuentos para anticiparme al día en que ya no esté, cuando su pelo negro deje de brillar como si hubiese perdido el alma -los gatos no tienen alma, ya sé-. Me quiere por interés, sí.
No tiene bastante cultura aún para querer como nosotros; nosotros, que aunque siempre hemos visto estúpido lo de poner la otra mejilla, amamos a los que nos niegan el pan y la sal, a los que no devuelven nuestro amor, a los que se olvidan de que un día los quisimos tanto.
Elsinha seguirá buscando mi regazo, como está haciendo justo ahora, pero quizá si un gato apuesto y buen proveedor menea el rabo delante de sus bigotes no dude en arquear su cuerpo contra el suelo para recibir lo que lleva tantos años pidiendo; y olvidará mis manos y mis cuentos, al menos por un rato. O quizá si es otro el que cambie el agua o rellene de pienso su cuenco sea a él al que le baile alrededor de los tobillos cuando vuelva a casa. Quizá es que el instinto de sobrevivir es así.

Espero que a nosotros se nos atrofie del todo.

O quizá no.