viernes, 9 de octubre de 2009

El nombre de las cosas

El otro día leí los resultados de una investigación que no me sonaba a nueva. Decía que las vacas que tenían nombre daban más leche que aquellas que sus dueños no habían bautizado y, si bien podía ocurrírseme pensar en ese momento en las Marelas, Cucas y Fermosas que habitan los productivos establos gallegos o en que los que tratan al ganado por su nombre deberían tener mayor cuota láctea, de quien me acordé entonces no fue de una vaca ni de un ganadero, sino del director del primer periódico en el que trabajé.
Era yo entonces muy joven, muy inexperta y rebosaba productividad; era él ya mayor, veteranísimo y parecía vivir ajeno a aquel ritmo laboral que a nosotros nos tenía deslomados y, a veces, hasta insomnes.
En contra de lo que alguien pudiera estarse ya imaginando, él era de los que llamaba a las personas por su nombre. Él, que veía nuestras firmas un día tras otro en su periódico; él, que parecía saberlo todo, pese a salir muy poco de su despacho; él cruzaba algunas mañanas la pequeña redacción y, en tono seco pero muy correcto, decía para que los tres o cuatro que estábamos allí lo oyésemos muy claro:
-Buenos días, Bea.
Y mi jefa, que era todavía más productiva que nosotros y se marchaba a veces pasada la medianoche, respondía también seca y correcta:
-Buenos días.
Y el resto de las reses de aquel establo nos sentíamos eso: ganado.


jueves, 1 de octubre de 2009

La casa de Ramiro


La casa de Ramiro era en realidad dos casas. Mejor dicho: la casa de Ramiro era una sola casa, pero hecha de dos viviendas. Y ni siquiera eran dos viviendas pegadas, una encima de la otra o una al lado de la otra. Las dos viviendas estaban, más o menos, una frente a la otra en dos de los laterales de un patio de colegio de geometría irregular. Como el padre de Ramiro era profesor y además director del colegio tenía derecho a una de las viviendas del grupo escolar, pero como con los años acabó teniendo cinco hijas y un hijo le asignaron otra vivenda en el mismo patio, a quince metros o así de la primera, que se fue convirtiendo con el tiempo en una sala de estudio para las hermanas mayores de Ramiro, un desván donde guardar los trastos de la familia y un espacio íntimo y restringido donde a Ramiro y a mí nos dejaban colarnos algunas veces; otras, lo tomábamos por nuestra cuenta: saltábamos un pequeño muro en la fachada de la casa y accedíamos al interior desde el patio trasero, donde un enorme árbol de fronda verde oscura (nunca he sabido llamar a los árboles por su nombre) lo cubría todo de sombra.

Entrar allí era excitante, pero ni siquiera imprescindible para nosotros dos. Entrar allí suponía extender unos dominios ya de por sí ilimitados porque, debido a la particular situación familiar de Ramiro, todos los espacios a los que puede aspirar un niño antes de cumplir los diez años estaban a nuestro alcance. Cuando a las doce del mediodía salíamos Ramiro y yo del colegio, su padre, viudo desde que nosotros teníamos más o menos seis años, seguía con sus tareas de director; sus cuatro hermanas mayores estaban en el instituto e incluso alguna en la Universidad; y su hermana pequeña, a la que llevábamos tres años o así... Pues su hermana pequeña... no sabría decir con certeza qué hacía; debía de estar en el mismo estado de libertad apenas vigilada con la que nosotros vagábamos por nuestro pequeño mundo.

En casa de Ramiro había siempre cierto caos que acentuaba aún más aquella sensación de libertad infantil sin límite. En su cocina, el fregadero estaba siempre lleno de loza, a veces sucia, y también el lavavajillas, imprescindible para ellos y que a mi casa no llegó hasta unos cuantos lustros después. A causa de ese desorden, cada vez que yo pedía allí un vaso de agua lo bebía con cierto escrúpulo, porque nunca era capaz de sacarme de la nariz aquella mezcla de olor a Mistol y a suciedad reseca. En contrapartida, en aquella casa podías subirte al brazo de un sofá para alcanzar un álbum de cromos guardado en lo más alto de un mueble y podías curiosear en los armarios y podías hacer experimentos y potingues en el patio trasero sin temer que una mirada adulta te reprendiese. Y podías hacer todo eso durante unas cuantas horas al día.


Durante otras tantas, Ramiro y yo teníamos para nosotros solos un colegio y un patio que, en horario escolar, debíamos compartir con trescientos o cuatrocientos niños más. Cuando por las tardes las aulas se vaciaban y alumnos y profesores se iban a sus casas, nosotros le dábamos un nuevo sentido a aquel espacio: escribíamos y dibujábamos en el encerado sin pedir permiso a nadie, entrábamos en la sala de profesores, nos paseábamos por los despachos del director y del jefe de estudios y metíamos la nariz en todo aquello que no estaba cerrado con llave. Recuerdo que en aquellas salas manejé por primera vez una máquina de escribir y, tras la emoción inicial ante aquella tarea que intuía ya apasionante, descubrí lo difícil que era pulsar las teclas y lo aburrido que resultaba escribir con dos dedos sin saber dónde estaban las letras y, lo que es peor, sin tener nada que contar.


Y alguna tarde, cuando el profesor de gimnasia -ese que daba clase con camisa y pantalón de tergal- se olvidaba de guardar los aparatos en el almacén, saltábamos en las colchonetas, intentábamos sin éxito ascender por aquella cuerda imposible que pendía del techo o nos colgábamos de las anillas sin saber sacarle más partido que el de balancearnos apenas unos segundos como dos pesos muertos.


Esos juegos extraordinarios llenaban nuestro día a día y por eso, supongo, algunas veces ni la primera casa ni el colegio entero ni el patio eran bastante para nuestras inquietudes de niños. Y entonces nos íbamos a la casa de allá.


Aquella casa, como la primera, tenía dos plantas -con cocina, salón y despensa abajo, y baño y tres dormitorios arriba-, y lo más vívido que recuerdo no es aquella llave de la entrada principal que intentábamos agenciarnos con tan poco éxito, ni aquella vieja silla que poníamos contra el muro para poder saltar, ni los hierbajos altos que crecían bajo el árbol del patio trasero ni los muebles escasos y las paredes casi desnudas. Lo que ahora me asalta sin que apenas alcance a definirlo, ni tan siquiera a explicarme, son las ganas de estar allí que sentía entonces; ganas de estar allí que no tenían que ver con el bienestar ni la protección, sino más bien con esa intuición de independencia y de libertad adulta que parecían exudar aquellos muros.


Quizá sea porque guardo dos detalles que entonces actuaban como puentes levadizos entre nuestra niñez y el mundo: uno era un puzzle de miles de piezas, casi todas azules y blancas, de las que una de las hermanas de Ramiro estaba haciendo emerger un enorme barco velero, y que teníamos prohibido tocar a riesgo de perder la vida. El otro recuerdo son las cartas; unas cuantas cartas de amor dirigidas a otra de las hermanas de Ramiro que nosotros, tan niños, leíamos con el mismo respeto y extrañeza que nos provocaría un jeroglífico, pero que en lugar de símbolos egipcios tenían pegados pétalos de rosa.


Pero quizá la explicación última de esa sensación escurridiza es que, muy al contrario que Peter Pan y que mi hermano Óscar, yo siempre quise hacerme mayor y allí, en aquella casa, podía soñar con crecer.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Aprender a navegar

Yo quiero vivir como otros navegan. Se me metió en la cabeza ayer cuando regresé al último libro leído para capturar con el lápiz una cita antes de que se me olvidase. Era de un marinero curtido durante décadas por el salitre que intenta ayudar a encontrar el rumbo a un jovencito sin norte durante un temporal marítimo y vital:

"Me gusta la libertad que me proporciona el barco
-le dice-, aunque la vida a bordo no es, como creen algunos, la libertad. Navegar es, sobre todo, aceptar los obstáculos que uno mismo ha elegido. Y esto es un privilegio. Casi todas las personas se encuentran sometidas a las obligaciones que la vida les ha impuesto. Yo tengo las obligaciones que he elegido libremente".


Y yo quiero navegar así. O vivir. O lo que sea.


Quiero esa plenitud de vivir, de exprimir la libertad, que significa decidir cuáles son los obstáculos que quiero superar, las vallas que pretendo saltar, las montañas que aspiro a coronar, en lugar de ver cómo son otros o la propia vida los que van construyendo mis metas mientras yo custodio con celo una libertad absoluta y sin límites que se atrofia por no usarse.


Y quiero vivir así sabiendo también que las vallas a veces acaban derribadas, que las rodillas se despellejan y sangran a veces, y que la libertad es levantarse, enjugarse las lágrimas y el sudor con la manga de la camiseta o con el brazo y seguir. Seguir por esa pista, por la que he elegido, confiada en que puedo aminorar la marcha, rectificar el rumbo, dudar, volver a caer. Todo, menos dejar el camino, saltar por la borda, escapar con la maleta repleta de esa otra libertad siempre en fuga; todo, menos volar hacia un paraíso en el que vivir de incógnito, donde nadie me reconozca, donde ya no sea yo.



lunes, 17 de agosto de 2009

Profesiones caprichosas

En las últimas semanas he sentido caprichosas tentaciones de cambiar de profesión. Lo primero que me tentó fue volverme mandriladora, que me sonó a algo así como domadora de monos. Apenas tuve tiempo de imaginarme con faldas de colores y pandereta en mi caravana de circo, porque casi de inmediato quien acababa de revelarme la existencia de esa rara profesión me dejó claro que no eran mandriles lo que debería domar, si bien confesó que no podía darme más dato sobre ese oficio que el de su semejanza con el de tornero. Luego supe que el animal que debería domeñar si me hacía mandriladora era una máquina del mismo nombre que, según parece, sirve para perforar y pulir piezas de metal, y la cosa perdió tres cuartas partes de interés.

Olvidada ya de la vida nómada que me prometía el circo, me resigné a ganarme el pan tan honradamente como hasta ahora y mantuve a raya el latente borbotear vocacional que nunca me abandona. Hace unos días, sin embargo, cuando leía el periódico con café y tostadas, me picó el gusano de volverme malherbolista, ocupación que, pese a sus innegables resonancias circenses, hizo brotar en mí una vocación tan alejada del espectáculo y casi tan pura e infantil como la que de niña se siente al querer ser misionera o médica de pobres. Me vi claramente de malherbolista, socorriendo almas y, sobre todo, cuerpos descarriados e intentando arrancarles ese mal que se les había metido dentro como la cizaña. Lo haría con cariño, con paciencia; hablando y, sobre todo, escuchando, me imaginaba ya, pero al acabar de leer aquel artículo intuí que, para ser malherbolista, debería estudiar por lo menos botánica o ingeniería agrónoma, y tuve la certeza de que mis pacientes habrían sido más aburridos y sin duda más callados de lo que mi vocación exigí
a.

Me agotó un poco el ejercicio, porque las vocaciones tienen mucho de sentimiento y en ocasiones los sentimientos, sobre todo si resultan carentes de objeto, extenúan. Quizá por eso hace un rato he empezado a sentir el capricho de volverme algo tan vulgar y corriente como columnista. Confieso, sin embargo, que este nuevo arranque no obedece a un afán de alejarme de lo exótico, sino que me ha brotado al leer en un libro que hojeaba que quien se dedica a esa pobre labor de arquitectura que constituye fabricar columnas es “un francotirador por su exclusiva cuenta y riesgo”. Todo lo contrario al deleznable asesino a sueldo, que mata sin pasión; en lugar de eso, un verdadero autónomo de la saeta que da y toma por principios. Y me estaba gustando la idea, lo confieso; me estaba gustando, sí, pese a mi declarado pacifismo…


Me estaba gustando al leer esa página, es cierto, pero es que todavía no había pasado la hoja y no había descubierto aún lo que de verdad quiero ser. Lo leí tres párrafos más adelante y entonces ya no dudé: lo que de verdad quiero ser es folletinista. La palabra, como si saltase desde el libro, se me representó delante de los ojos, flotando igual que una pompa de jabón, y después imaginé mis tarjetas de visita con ese nombre libresco bajo el mío, pero lo que en realidad me dejó ya sin habla y puso mi vocación al borde del KO fue conocer su definición precisa: “El folletinista procede de lo particular a lo general. De un hecho, en apariencia minúsculo, se saca una lección trascendente, de sentido humano. Por ello el folletinista ha de saber ver y reflejar lo que ve. El folletinista mira lo que los demás hombres miran, pero ve lo que la mayoría no supo ver”.

No sé en qué universidad se estudia eso ni si hay un novedoso ciclo formativo superior para aprender el arte de folletinear, pero, si lo hay, lo encontraré. Por mucho que cueste, lo haré.


Y, cuando lo encuentre, seré aprendiz de folletinista como otros lo son de mago.




Agradecimientos:
*A Iago, por tener una novia que tiene un padre que es mandrilador y también inventor
*A Prometeo, por explorador, descubridor y, en general, hombre-orquesta, y a Paco, por saber ver lo que otros no ven por mucho que miren, y por querer y saber contarlo
*A Fernando López Pan, por recoger en 70 columnistas de la prensa española esas definiciones tan evocadoras de la Enciclopedia del periodismo (1953) y de Apuntes de periodismo (1967)

martes, 28 de julio de 2009

Una línea telefónica argentina permite escuchar cuentos

Es la noticia más interesante que he encontrado hoy en la prensa, y una de las más breves:

Efe
BUENOS AIRES
Una línea telefónica de acceso gratuito permite acceder a narraciones de 30 cuentos infantiles mientras gran parte de Argentina mantiene suspendida la actividad educativa ante el avance de la gripe A. La iniciativa del Ministerio de Educación y el Plan de Lectura fue lanzada cuando las clases llevan suspendidas casi un mes. Hasta el próximo lunes, cuando reabrirán las escuelas, estará disponible una línea telefónica gratuita Cuentos: lecturas para escuchar.

A mí me gustaría llamar y poder escuchar algo así:

lunes, 20 de julio de 2009

Escribir de cabeza

Escribir de cabeza es, a veces, un ejercicio práctico y sumamente eficaz. El cerebro empieza a teclear, como conté el otro día que se puso a hacer el mío, y cuando te quieres dar cuenta tienes escritos un par de párrafos o tres que luego, al sentarte ante el ordenador, salen a borbotones. Es, digámoslo también, texto en bruto, que hay que pulir y abrillantar, pero en él está la esencia de lo que queremos contar, la sensación, sentimiento o emoción detonantes de ese hormigueo narrador que a veces se siente en la yema de los dedos.

Otras veces, sin embargo, escribir de cabeza se vuelve un ejercicio tozudo e impertinente; terco como un remordimiento. Empieza igual que el otro: tecleas con un par de neuronas, como otros hacen con dos dedos, y esperas a tener un rato para ponerlo en pantalla o en papel, pero si ese rato no llega o la emoción se diluye con el paso de los días y pierde su oportunidad, lo escrito se queda amarrado ahí, no sé bien dónde; se agazapa y espera que otra sensación, sentimiento o emoción lo avive, como las pulgas esperan, pasando de un humano a otro, encontrar un cuerpo de animal peludo y cálido donde crecer y hacerse fuertes de nuevo. Sé que escribir de cabeza es así a veces y, aunque me he tomado el trabajo de explicarlo y estar denunciándolo ahora, no me rebelo. Sé que no puedo.

Lo que yo dejé sin escribir pasó hace más o menos dos meses y, si no lo transcribí en este cuadernillo después de digitarlo de cabeza, fue un poco por dejadez y falta de tiempo y otro poco –bastante- por no tener que confesar un miedo nuevo, por no exponer con temeridad otro punto flaco de esta alma que se está volviendo tan sensiblera.

Hace un par de meses encontré una casa nueva: un piso muy grande, de techos altos y paredes recién pintadas, con cocina, baños y ventanas preparados para que alguien los estrenase, y donde Elsinha, Xosé y yo tendríamos todo el confort, la seguridad y el silencio que mi vieja casa nos venía escatimando en los últimos tiempos. Estaba tan contenta que ya me tardaba recibir las llaves nuevas; estaba tan ilusionada que, sin pereza y con toda eficacia, gestioné los cambios de suministro de luz, agua y teléfono, abrí una nueva cuenta bancaria y llamé aquí y allá para modificar mis datos postales, y todo en dos o tres días; estaba tan atareada, tan entusiasmada y tan feliz que cuando una tarde, días antes de hacer la mudanza, me senté en mi viejo salón de paredes desconchadas sólo tuve ganas de llorar y de no moverme más de allí.

Como si hubiese estado corriendo por un acantilado hacia un horizonte deslumbrante y hubiese clavado los pies justo al borde del terreno, justo antes de caer, frené aquella tarde mi alegría de avanzar y me aferré a esa tierra acogedora y sencilla que durante ocho años fue mi casa. Igual que una niña que estrecha a su pepona rechoncha y vieja mientras la tientan con una barbi, me acurruqué yo en el sofá y no quise dar un paso más, muerta de miedo. No quise cambiar nada sabiendo que, en ese momento, ya no había marcha atrás. Y vi tan claro mi miedo y me pareció tan infantil y, al mismo tiempo, tan dolorosamente vivo que tuve el impulso de contarlo y lo tecleé de cabeza, pero luego no me atreví y con los días se me fue olvidando…

Pero como decía, lo que se escribe de pensamiento se agarra a veces por dentro como una garrapata y, al final, no queda otra que soltarlo. Y lo suelto: a lo que tenía miedo entonces, como si fuese una niña chica, era a no volver a ser tan feliz como lo fui en esa casa, en mi casa vieja, ruidosa y llena de corrientes de aire llegadas del mar.

Y ahora que por fin lo he escrito, sólo me queda ajustar cuentas con el culpable, con el que ha venido a trastear y reavivar mis temores infantiles escribiendo, a su vez, esto:

“Si ellos forman parte de la casa o la casa forma parte de ellos es algo que a los niños les cuesta mucho distinguir. Después de quitarle a la perra, quitémosle la cocina, con su olor a comida rica para cenar. Y también el olor a ropa lavada, a lana secándose en el tendedero de madera. El olor a ceniza. A sopa calentándose al fuego. Quitémosle el viejo y cachazudo caballo que espera junto a la verja del prado. Las tareas que lo mantenían ocupado desde que volvía a casa del colegio hasta que se sentaban a cenar. La bruma del amanecer, el sonido de los cuervos chillando en las copas de los árboles.
Su ropa de faena sigue colgada de un clavo junto a la puerta de su habitación, pero nadie se la pone ni se la quita. Nadie duerme en su cama. Ni lee el ejemplar sin tapas de ‘Tom Swift y su máquina voladora’. Ya que estamos, quitémosle eso también.
Quitémosle la jarra y la palangana, ahora secas y polvorientas. El establo donde los gatos, sentados en fila, esperan con la boca muy abierta a que alguien les dé un chorro de leche recién ordeñada. Quitémosle la cuadra también, el olor a heno, polvo, pis de caballo y cuero viejo manchado de sudor, y ver la lluvia cayendo en los campos arados tras la puerta abierta. Si le quitamos todo eso, ¿qué le queda? Ante tamaña privación, ¿de qué sirve pedirle que siga siendo el niño de antes? Sería casi mejor que empezara una vida nueva convertido en un niño distinto”.

Adiós, hasta mañana,
William MAXWELL

martes, 9 de junio de 2009

Hermanos

Escribir sólo sirve para curarse del dolor. Para intentarlo. Lo digo ahora que me duele, pero podría suscribirlo mañana, que me seguirá doliendo, o dentro de un mes.
Hace dos horas que se ha muerto y en ese tiempo he hablado con ella, su hermana -mi madre-, he llorado por ella, por él, por mí; he llorado por todos nosotros, los que mañana nos reencontraremos un poco más altos, más gordos o más viejos que la última vez; he hablado, he llorado y he recordado mucho. Y, al final, mi cabeza ha empezado, sin querer, a escribir.
Ha empezado a teclear recuerdos de él, pero antes de eso ha comenzado a digitar datos: 57 años, cuarto de seis hermanos que llegaron a adultos, casado, dos hijas, trabajador del naval retirado, sindicalista, mili por la Marina, peleón en el bando de los que siempre pierden, tiernamente fanfarrón...
Me he acordado, con ese teclear imaginario, de la cara que le estaba robando año tras año a su padre, aunque ya nunca llegará a viejo como él llegó, y de lo que ayer, cuando fue capaz de llamar para avisarme de que su hermano se moría, me dijo mi madre: "Es que es una parte de mí". Como si tuviese que darme una razón para estar rota.
Esta noche ya no hacían falta explicaciones: "Ya lo achuché y estaba tranquilo. Ya está en la Gloria", creo que me dijo, ahogada.
Ella está ahora con los brazos llenos de vacío.
Yo, con mis teclas piadosas como cuentas, rezo esta noche para no tener que abrazar nunca un abismo igual.