domingo, 8 de febrero de 2009

Valentías

María Antonia Iglesias no me cae tan bien como Ramón Trecet, pero reconozco en ella la misma valentía y pasión por lo que hace que en él. Ayer por la noche la vi un rato en La Noria, de Telecinco, donde dijo una cosa que a mí me enseñaron hace años y con la que ella respondió a quien la acusaba de no ser objetiva. "La objetividad no existe -le contestó a la colega que la había interrogado y que entonces la miraba sin entender-; se puede ser honrado, honesto, pero ser objetivo es imposible". La otra siguió mirándola turulata, como si hubiese oído una excentricidad más de María Antonia.
Después de otras cuantas preguntas y respuestas y de que el presentador hubiese dado paso a los momentos más tensos protagonizados por la entrevistada y otros contertulios del programa, María Antonia Iglesias aún se atrevió a echar de menos el sonrojante enfrentamiento con Miguel Ángel Rodríguez. El video, que ya estaba preparado, volvió a traer a escena en unos segundos el momento en el que la veterana periodista llamó machista y cabrón a Rodríguez cuando éste le preguntó en plena discusión si no se había tomado la pastilla. "Me arrepiento muchísimo", confesó ayer Iglesias -y cito de memoria-, si bien recordó para regocijo del público que Rodríguez amenazó con irse si no retiraba lo de cabrón, pero nada dijo de lo de machista. "Y eso que se lo llamé tres veces", añadió. Y también dijo que tuvo la ocasión de reconciliarse con Rodríguez, de quien fue capaz de reconocer la gallardía con la que había actuado al defender la honradez de la clase política -también de la socialista- ante un chorizo como Luis Roldán. "Para meterse con el PSOE ya estoy yo", recordó María Antonia que bromeó Rodríguez cuando ya, entre bambalinas, sellaron la paz con dos besos.
María Antonia Iglesias se refirió también a la querella que presentó contra Luis del Olmo cuando en una tertulia la llamó "rata sectaria del guerrismo". "Lo de sectaria, vale; lo de guerrista, falso porque todo el mundo sabía que yo soy felipista; pero lo de rata...". Se querelló y se arrepintió de haberlo hecho. "Hice el memo", dijo mientras recordaba el argumento de la juez, que la consideró un personaje público expuesto a la crítica. Pero el tiempo la acabó poniendo cara a cara con Del Olmo, quien tuvo que entrevistarla durante la promoción de un libro sobre los socialistas escrito por ella. "Me hizo una entrevista muy bonita y fue tremendamente generoso conmigo", reconoció María Antonia Iglesias y contó que desde entonces son grandes amigos.
Ella, tan socialista, tan felipista y tan radical tantas veces, recordó que entre esos amigos está también Manuel Fraga y otros muchos del PP y, pasada ya la entrevista, cuando en el debate hablaban del Opus Dei, se confesó de nuevo católica y defendió a Pilar Urbano, con la que más de una vez ha ido a misa, según la he oído decir.
No sé si prefiero a los rojos, los azules o los amarillos; si a los creyentes, los agnósticos o los ateos; si a los federalistas, centralistas o nacionalistas.
Lo único que sé es que, de entre todos ellos, me quedo con los valientes.

viernes, 6 de febrero de 2009

Enredada

El otro día entré en una red social y me quedé atrapada como en la de una araña. Convencida de que aquello no servía para nada, me vi curioseando de unos amigos a otros, de los amigos de mis amigos a los amigos de sus amigos, de éstos a los de más allá y, cuando quise darme cuenta, había perdido muchísimo tiempo y sentía esa vaharada de abatimiento que me arruina el ánimo cuando despilfarro una tarde yendo y viniendo de una tienda a otra o cuando, sin ganas de ver la televisión, se me esfuman horas de sueño haciendo zapping.
Sin embargo, me sorprendió hasta asustarme la facilidad con la que todo el mundo se entera de que has asomado la patita por ahí y lo adictivo que es buscar nombres para encontrar personas. Y, poco a poco, entre la curiosidad y la sorpresa, toda esa maraña virtual comenzó a volverse reveladora.
Resultó, por ejemplo, que porque busqué a Paula me encontró Manu (pasando antes -¡claro!- por Paco, María y Ramón) y gracias a Manu me reconcilié con la que fui hace una década, la última vez que él y yo nos vimos. El recuerdo incómodo que tengo de mí misma en aquel tiempo (con esa timidez que desde fuera me hacía parecer altiva, distante y hasta insolente y que no me ha abandonado del todo) se quedó boquiabierto y desarmado ante el recuerdo que Manu me devolvió. "Me has dado la alegría del día", fue lo que escribió primero y, tras resumirme su vida en un par de párrafos, me contó una mentira maravillosa: "Durante todos estos años me he acordado mucho de ti, porque eras de lo mejorcito de la Facultad". Manu y yo sólo fuimos compañeros, muy buenos compañeros al final, así que ningún otro sentimiento más que la camaradería y la amistad ha podido cincelar su recuerdo. Y por eso, aunque nunca he sido "lo mejorcito" de nada en ningún sentido -y menos en una promoción como la mía-, no hubiese cambiado el serlo por que Manu me recuerde así, él sabrá por qué.

Y en esa maraña virtual resultó también que porque busqué a Cecilia encontré a Cecilia. Y eso sí que son palabras mayores, palabras mayúsculas...
...aunque confieso que dudé un segundo antes de encontrarla, como si, al cruzármela por la calle, hubiese querido cambiar de acera. Pero al ver su foto y al ver a aquel niño pequeño en sus brazos sentí una emoción extraña que llegaba desde muy lejos. A Cecilia dejé de verla más o menos en la misma época que a Manu, cuando acabé de estudiar, pero ella es la que mejor podría contar lo que fui desde que tenía 13 años hasta casi cuando nos separamos, ocho años después. Y sé que es así porque también sé que quién mejor podría explicar de dónde viene esa mujer de 32 años que en la foto sostiene a su hijo de seis meses, quién más imágenes guarda de lo que durante muchos años fue soy yo. Cada una de nosotras como un cofre que custodia una parte preciosa -por preciada- de la otra.
Lo nuestro se acabó sin estridencias, como si fuésemos una pareja que se da cuenta de que vive ya sin amor, y cuando nuestros caminos se bifurcaron, los seguimos -creo yo- sin nostalgias.
Recuperar las coordenadas del cofre de mi adolescencia y saber que quizá pueda volver a curiosear dentro ha hecho -no querría explicar por qué- que mis coordenadas de hoy sean mucho más nítidas y que sienta las plantas de mis pies mejor asentadas sobre esta tierra.

Pero también ha hecho que se me instale dentro el desasosiego de pensar que aunque mi vida la seguiré haciendo yo, quienes la irán escribiendo serán aquellos que me recuerden.

lunes, 26 de enero de 2009

Un botón de muestra

Una semana después del cuestionario a Trecet, entrevistan en la misma sección del Magazine de El Mundo al secretario general de los socialistas madrileños, Tomás López. Se repite la pregunta:
-"¿Cuál es su mayor defecto?"
Y el tipo ¿qué responde?
-"Soy perfeccionista en exceso".
Paciencia, Señor...

domingo, 18 de enero de 2009

Ramón 13T

Me gusta Ramón Trecet. Tengo su voz grabada desde que era niña con la etiqueta de Baloncesto colgada, a pesar de que nunca he seguido ese deporte. Unos cuantos años después, reencontré la voz de Ramón Trecet cuando estudiaba en Pamplona. A la hora de comer poníamos Radio 3 y ahí estaba él con sus descubrimientos musicales y su Diálogos 3, que ha mantenido en antena durante 34 años.
Todo esto viene porque hoy lo entrevistan en el mismo suplemento dominical en el que Soraya Sáenz de Santamaría muestra su sonrojante candidez para regocijo de Pedro J. Ramírez. Si la portavoz parlamentaria del PP aparece entre gasas, abandonada a la confidencia, en el suelo de una lujosa suite de un lujoso hotel de Madrid, Trecet asoma en la antepenúltima página del Magazine de El Mundo por un ventanuco y estruja en cada mano un zapato de estilo más bien ramplón mientras dice alguna que otra cosa inaudita y unas cuantas divertidas.
Inaudito es hoy que a alguien le hagan la tan manida y, en ocasiones, todavía eficaz pregunta de "¿Cuál es su mayor defecto?" y que ese alguien responda precisamente citando un defecto -ya no digo ni el mayor ni el peor-. Cuando lo habitual es que el entrevistado se confiese perfeccionista en exceso o demasiado trabajador -¡tremendos pecados!-, Trecet reconoce: "Soy extraordinariamente orgulloso y prepotente". ¡Bravo!... pese a todo.
Él, que debe de conocer tantas canciones, dice que la suya es Ne me quitte pas, de Jacques Brel; su película, El tercer hombre, de Carol Reed; y su libro, El Manantial de Ayn Rand. Y cuando le preguntan qué le hace reír, dice algo tan cómico como esto: "Juan Cruz [periodista de El País]. Hay entrevistadores que quieren quedar tan de puta madre que retocan sus propias preguntas".
Si no hubiese sido periodista, asegura que lo suyo sería trabajar de conserje. "Tienes mucho tiempo para pensar en todo... menos en ti mismo". Y cuando le piden que describa su domingo ideal, responde algo que yo podría parafrasear: "Frente al ordenador, escribiendo mi blog en Marca: 13t". Me gusta, sí.

domingo, 4 de enero de 2009

Vida nueva

A Moha, que es musulmán, le llegó la Navidad adelantada. Hace unas semanas se presentó en el periódico donde yo trabajaba y le preguntó por mí a la chica de la centralita:
-¿María?- le interrogó ella mientras, seguramente, comenzaba a registrar sin reparo los detalles de la enorme planta de Moha y de la impresionante belleza de la chica que lo acompañaba- ¿Qué María?
-María la periodista- precisó él.
-Pero es que aquí hay muchas Marías periodistas...- apostilló ella, que se ufana de estar muy bien informada, como si en lugar de telefonista fuera portera.
Como en un juego de pistas, Moha aventuró un dato más.
-Su novio también es periodista y trabaja aquí.
-¿Y cómo se llama?- continuó ella, que quizá entonces se había fijado ya en la piel fina de la chica, en sus uñas tan bien arregladas y en su vestir europeo.
-Se llama... Se llama... jefe- respondió Moha, y seguro que lo hizo ya con su sonrisa grande, consciente de lo difícil que se estaba volviendo una búsqueda que le había parecido tan sencilla.
Al poco de que la chica de centralita hiciese una llamada a una extensión interna, apareció en el vestíbulo del periódico una periodista con una libreta y un bolígrafo, de nombre Marta en lugar de María, pero también con novio periodista y jefe en ese medio.
-Ésta no es- parece que sentenció Moha.
Le hicieron falta tres pistas más -alto, con barba y gafas- para que la telefonista nos acabase de poner cara.
-¡Ah...!- concluyó por fin ella, y en unos segundos le aclaró que yo ya no trabajaba allí y que el novio periodista no se encontraba.
A cambio de esta información, Moha tuvo que contarle lo que pretendía contarme a mí: que no venía a darme ninguna noticia, sino a presentarme a aquella alta, preciosa y jovencísima mujer, a su mujer, a la que ni siquiera había podido ver el día de su boda -por poderes- y a la que llevaba meses intentando traerse a España. A mí, por teléfono, acabó de contarme el resto: que estaba recién llegada de Senegal vía Lisboa, que se quedaría de vacaciones y que él era feliz. "Hacían una pareja...", me resumió días después la telefonista, mordiéndose el labio admirada, tras contarme con todo detalle la escena.

La siguiente vez que vi a Moha tenía la mirada brillante, húmeda por momentos. Me contó que Mariam ya se había ido, que había arreglado papeles aquí para poder regresar con un trabajo, pero que no sabía cuándo podría ser eso. Le recordé la última conversación que habíamos tenido meses atrás, cuando la llegada de Mariam parecía casi imposible y cuando él, para no hundirse, repetía las palabras que su padre le decía por teléfono: "Moha, tú eres fuerte, tú eres un león".
-¿No ves como todo se va arreglando?
-Sí, poco a poco...- me dio la razón, y ese día siguió contándome cosas mientras jugaba con un mechón de mi pelo entre sus dedos, cariñoso como un niño pequeño, saudoso como un enamorado.

El día 31 de diciembre Moha cumplió años, pero su regalo debió de llegarle tres días antes. Mariam tenía previsto aterrizar en Peinador el domingo 28 por la noche. Para quedarse. Moha me contó que trabajará en Ourense, donde él tiene una familia autóctona que lo ha adoptado de corazón; me dijo que él ya planea pasarse allí los días que en A Coruña hay menos trabajo. Moha me contó también, con sus palabras claras y esenciales, hechas de agua y pan, lo mucho que la quiere, lo mucho que ella lo quiere a él. Me contó sus planes, su historia, sus torturas...
Y otras cosas de su amor que aquí no se pueden contar.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Serás tenido por un igual

Guinea Conakry, 13 de octubre [de 2002]

Si llegas, extranjero, en la tarde hasta Kolouma, aquí, a orillas del río Makoná, cansado, pobre y desconocido, nadie permitirá que duermas al raso. Pega la hebra con el primero que encuentres. A esa hora vuelven los hombres de la selva y te ofrecerán vino de palma fresco, la savia de la palmera, para que calmes tu sed. Aquel que te acoja será llamado tu tutor, esa noche dormirás en su casa y comerás su arroz. A la mañana siguiente él te llevará hasta el jefe de la aldea. Le contarás de dónde procedes y por qué abandonaste tu tierra. Si eres hombre de bien, y lo eres, se te dará un lugar en el pueblo donde podrás levantar tu casa haciendo ladrillos del barro, y serás tenido por un igual.
Pasado algún tiempo deberás internarte en la selva buscando nueces de kola. Aquí, en el País Lomah, las nueces de kola presiden cualquier acto solemne: no se puede pedir a una mujer en matrimonio o el perdón por una ofensa sin ellas. Cuando hayas juntado una docena volverás a ver al jefe de la aldea. Tras ofrecérselas le pedirás que, en nombre del pueblo, te conceda un campo para que puedas sembrar tu arrozal año con año y te sustentes de tu trabajo. Él consultará con los notables y se te entregará un terreno. Y así vivirás en paz.
En Kolouma no hay nada: ni agua, ni luz, ni teléfono, ni dinero; sólo cabañas, polvo y carestía. Pero ten por cierto que si, hambriento y solo, alcanzas este sitio, los aldeanos desmigarán esa nada y la partirán contigo, dignamente, pues ésa es la ley que heredaron de sus padres, y éstos de los suyos.
Si llegas, extranjero, en la tarde, hasta las costas de Europa, cansado, pobre y desconocido...- G.S.-T.

El silencio de Dios y otras metáforas
Alfonso Armada y Gonzalo Sánchez-Terán

Gracias, Paula.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Otra vez la AP-9

El otro día me pusieron una multa. Me llamó mi hermano, el propietario oficial de mi coche, para decírmelo. Se rio de mí lo que quiso.
-Ibas a 138 por la AP-9 a la altura de C-Crecente, kilómetro 86 -creo que dijo-, a las 13.48... Y no digas que no porque se ve muy clarita la matrícula en la foto del radar.
Y yo me reí con él:
-Pues si era a esa hora que la pague mamá, que seguro que yo iba apurada para llegar a comer.
Ayer, después de la comida de santa Conchi, que es mi madre, le di a mi hermano los 70 euros de la multa -100 euros menos el 30% de bonificación por pronto pago- para que me los ingresase él en el banco.
Poco después, cuando repartía besos antes de meterme de nuevo en la AP-9 de regreso a A Coruña, mi cuñada, que es muy madre, me devolvió el beso con un "Vete con cuidado" y mi hermano se apuró a apostillar:
-Y no pases de 120... -se rio otra vez de mí.
No fue por hacerle caso, pero lo cierto es que, como venía sin prisa y escuchando musiquilla tranquila, mantuve el pie a raya y sólo me pasé del límite de velocidad por despiste. Al llegar al kilómetro 85, más o menos, iba así, a 120, y cantaba una canción de Jarabe de Palo. "Hay dos días en la vida para los que no nací...", entonábamos Pau Donés y yo a esa altura. Pero enseguida tuve que callar al ver en la curva que tenía a 50, a 100 metros un extraño baile de luces que me puso rígida en el asiento. Levanté el pie del acelerador y tuve la certeza de que ese accidente -no podía ser otra cosa- era mi accidente. No sé si frené o no, ni recuerdo por qué carril circulaba cuando los coches chocaron, lo único que tengo grabado es que yo iba por la izquierda cuando me encontré de frente con un coche parado, un coche que parecía más bien un cubo de metal sin ninguna luz. Me cambié de carril y enseguida escuché un frenazo detrás, como de otro coche que trataba de reaccionar a lo imprevisto.
Creo que fue después de esquivar el coche accidentado cuando bajé el volumen de la música para poder concentrarme en todo aquello; quizá fue al intuir el choque, no sé. Lo que recuerdo es que antes de sentirme a salvo, vi otro coche más en el arcén y, aunque no sé por qué razón, pienso que había todavía un tercero. Y los tres parecían piezas de desguace, sin personas dentro.
Aún tardé unos segundos en darme cuenta de que aquel accidente no era mi accidente. Cuando estuve segura de que era así, mis nervios se rompieron en un sollozo, en dos, en unos cuantos más.
Llegué a A Coruña con temblor en las piernas. En los brazos también. Y durante todo el camino no pude dejar de pensar en que si hubiese ido a 138 quizá no pudiese escribir esto.
O quizá sí.