martes, 9 de febrero de 2010

Escribir en paz

A veces pienso que debería empezar a escribir de otras cosas: idear escenas divertidas, comentar sucesos curiosos, ahondar en los desasosiegos de la gente de mi generación, hablar de actualidad o enganchar el último chascarrillo y escribir algo ocurrente condenado a gustar. Debería escribir de esas cosas, pienso, y dejarme de cuestiones extrañas y a veces pasadas, como la Biblia, la muerte, el miedo a vivir, el tiempo... Si escribiese de las cosas que le importan a la gente, si seleccionase con tino los hilos con los que entretejo mis textos y siguiese las reglas de oro para tener un buen blog, lograría dos o tres puñados de lectores y consultaría a diario las estadísticas de Google con la certeza de quien se sabe ganador. No tendría que temer ya que la gente, que los amigos a los que nunca he invitado a mi blog, descubriesen que escribo cosas aún más raras que yo.

Si fuese así, una bloguera con chispa, y pensase además a la hora de escribir en mis seguidores y en sus inquietudes, llevaría una libretita con un listado de temas atractivos sacados de lo que fuese oyendo en el súper, en la radio, en la barra del bar, en la tele... Tendría que ver un poco la tele, sí. Si tuviese esa lista de la que echar mano (y el ingenio que no ha querido darme Dios) sería todo más sencillo y nunca hablaría ya de la Biblia ni de mis miedos, no contaría en adelante episodios sombríos, como la muerte de mi tío, y pondría buen cuidado en no dejar que mis pensamientos transitasen por zonas oscuras en las que a veces ni siquiera me atrevo a entrar yo. Por supuesto, nunca escribiría sobre escribir.

Cuando tuviese todo eso, cuando el mío fuese un blog de éxito modesto y mi imagen fuese tanto más atractiva y moderna cuanto más alejada de la realidad, buscaría otra esquinita en la blogosfera, un punto discreto donde esconderme, y abriría otro cuadernillo para empezar a contar de nuevo quién soy yo.


domingo, 24 de enero de 2010

Sagradas lecturas

Los caminos de Dios son inescrutables; los de Twitter también. Este de hoy pongamos que empieza cuando un día, un poco por desconcertarla y otro poco por pedir un regalo que obtendría seguro, le dije a mi madre que quería una Biblia. Más tarde de lo que había imaginado y cuando ya casi se me habían pasado las ganas de leer lo que de niña tantas veces había escuchado, acabó comprándomela. Tardé yo también un tiempo en ponerme a leerla y cuando lo hice empecé, por supuesto, por el principio. Siempre me ha gustado la Historia Sagrada y ahora recuerdo que la experiencia más fascinante y al mismo tiempo más frustrante de mi vida como católica era la de escuchar en misa los fragmentos narrativos de los evangelios y quedarme siempre con las ganas de que el cura siguiera leyendo en lugar de pasar a la monotonía de los rezos.
Con el ánimo de recuperar esas historias y leerlas sin cortes ni humaradas de incienso fue con el que emprendí la lectura de mi Biblia nuevecita, pero a las pocas páginas encontré una villanía que me pareció mucho peor que la de Caín y que, pese a ello, no recuerdo haber oído condenar a ningún cura con tanta vehemencia como la muerte de Abel. La culpa de todo la tuvo Abraham, ese viejecito reverenciado que, por pura cobardía y sólo para salvar su miserable pellejo, se hizo pasar por hermano de su mujer, la buena de Sara, y la echó en los brazos del faraón. Y no es una interpretación; se lo dijo así: “Mira, tú eres una mujer muy hermosa. Tan pronto como te vean los egipcios, dirán: Es su mujer; a mí me matarán y a ti te dejarán con vida. Por favor, di que eres mi hermana, para que se me trate bien gracias a ti, y en atención a ti respeten mi vida”. Al llegar a esta parte, que no había alcanzado a comprender en toda su crudeza hasta que la leí por mí misma, dejé el tomo robusto y abandoné para siempre la sagrada lectura.
A excepción del relato del portal de Belén, que he releído alguna Navidad, no volví a acordarme de esas historietas bíblicas hasta que hace unas semanas me encontré a un cura en Twitter. A un cura, sí, un cura que se hace llamar así: “un cura”, y para descubrir si de sacerdote tenía algo más que el nombre se me ocurrió formularme una pregunta que me asalta con cada comienzo de año: ¿Qué determina que la Semana Santa baile siempre en el calendario? Con la parquedad que imponen los 140 caracteres de cada tweet, me dijo algo sobre que la luna llena cayese en domingo, y la explicación me pareció tan pagana que tuve que decírselo. Lejos de ofenderse, el bueno del cura tuvo a bien darme unas cuantas pistas en sucesivos mensajes que, además de refrescarme la memoria, han hecho que la fascinación por esas narraciones vuelva a aguijonearme con la misma intensidad que otras veces me provocan los mitos griegos.
Así me lo dijo:


un_cura:
yo creo que no [se refería a mi acusación de que la explicación era pagana]. Como todo en la vida depende de como se utilice.
un_cura: se basa en la Luna pq según la tradición los judíos al huir de los egipcios lo hicieron con luna llena y así no tener...
un_cura: que encender antorchas y la huida de la esclavitud a la libertad es lo que significa Pascua=paso, de la oscuridad a la luz
un_cura: es una explicación mal explicada en pocos caracteres -acabó disculpándose el bueno del cura.

He vuelto a coger la Biblia y he buscado la historia de la luna y los israelitas. He leído por encima, pero antes de encontrar nada sobre ese episodio lunático me he topado con aquel momento en que Dios mata a todos los primogénitos de Egipto. “Hubo llanto general en Egipto, porque no había casa donde no hubiera un muerto”. Y me ha vuelto a entrar el repelús y la desgana...
Convencida de nuevo de que mi senda lectora seguirá siendo laica, lo único que me pregunto ahora es en qué intrincado camino volverá a tentarme el Señor.

domingo, 17 de enero de 2010

La titiritera errante

El año nuevo ha traído buenos propósitos y esas cosas, pero se ha llevado a Lhasa de Sela. Lhasa era una chica que descubrí hace tres o cuatro años y que tenía cara de no irse a morir nunca. Había nacido hace 37 años en el estado de Nueva York, hija de mexicano y estadounidense, y desde los 19 años vivía en Montreal. Por eso, componía y cantaba en inglés, en francés y en español con el mismo desgarro unas veces, con la misma nostalgia otras, con la misma exquisitez siempre.

Su historia la recordó hace unos días Carlos Galilea en un obituario en El País, en el que la llamaba ángel errante.

A mí me tenía más bien cara de titiritera, de maravillosa titiritera. Cara de no irse a morir nunca.




domingo, 10 de enero de 2010

Las trampas de la memoria


La memoria es embustera. La buena memoria, yo diría incluso que tramposa. Juega con los recuerdos más certeros de la gente, deja confiar a las personas en que esos recuerdos son la vida, su vida, y de vez en cuando, cuando el relato de aquel episodio tantas veces recordado forma parte ya del retrato vital de quien lo cuenta, un flash de la memoria, a modo de fe de errores, viene a cambiar un detalle esencial de la historia y la deja patas arriba. Al dueño del episodio se le queda entonces el cuerpo y el alma en cueros y un estúpido velo de desconfianza ensucia sin remedio, como canela sobre arroz con leche, la veracidad de todo el recuerdo. “Si no era Pedro el que vino conmigo a aquel viaje, ¿quizá tampoco yo estaba en Roma, sino en Milán y todo ocurrió dos años más tarde...?”, se atormenta tal vez el de la buena memoria. “Si esa canción no se había grabado todavía, ¿no fue entonces Pablo con el que la bailé aquella noche?”, se interroga la que nunca dudó.
A mí me ha pasado más de una vez releyendo alguna de las historietas de este cuaderno y he sentido tal bochorno repentino al darme cuenta de que lo removido, escrito y publicado no era del todo cierto que me han dado ganas de añadir una nota a pie y reconocer el dislate para que todo el mundo -bueno, el selecto grupúsculo que lee este blog- sepa que no quería engañar a nadie y que, si me falla la memoria, no lo hace la intención.
Al final me doy cuenta de que la verdadera engañada soy yo y hasta he llegado a pensar si una segunda versión del mismo recuerdo que hoy me parece más precisa no acabaría siendo enmendada, una vez escrita, por otra revelación inoportuna que mi caprichosa memoria quisiera hacerme dentro de un mes.
Después de un buen rato de tormento existencial, he hallado por fin consuelo en una frase atribuida a Benjamin Disraeli, el político británico, al que le he tenido que regalar media sonrisa: “Como todos los grandes viajeros, yo he visto más cosas de las que recuerdo... y recuerdo más cosas de las que he visto”.
Quizá él, como ahora yo, sólo aspirase a que sus historias fuesen verdaderas, aunque tampoco hubiesen ocurrido en realidad justo como las contó.

viernes, 1 de enero de 2010

Propósitos

Acabar el año es un regalo. No por los doce meses vividos, una satisfacción imposible cuando el que se acaba es, por ejemplo, un año para olvidar. Acabar el año es un regalo porque supone otra oportunidad para vivir mejor, para reformular esperanzas, para enderezar caminos que durante los meses precedentes quizá se han torcido. Acabar el año es el regalo de empezar uno nuevo: limpio, entero y sin ningún tachón.

Ese año en blanco, que como una libreta nueva parece que está pidiendo planes y propósitos escritos con buena letra, genera a veces el mismo entusiasmo vital, la misma revolución interna y silenciosa, que a mí me provocan algunos libros, da igual que sean novelas, ensayos o, incluso a veces, poesía.

El que ha logrado eso ahora, justo cuando empieza el año, ha sido Daniel Pennac y lo ha hecho con un libro que escribió hace casi dos décadas y que, hablando a su vez de libros y de lectores, funciona como un revulsivo para la vida. Como una novela es una obrita breve que enseña y anima a hacer a niños y jóvenes uno de los regalos más grandes y duraderos que recibirán nunca y que recuerda a los mayores que lo han recibido ya que leer es una de las formas más eficaces de ensanchar, intensificar y exprimir nuestro paso por esta tierra efímera donde el tiempo muere y nace con sólo comer doce uvas. Parte del secreto es éste:

“El tiempo para leer siempre es tiempo robado. (Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte, o el tiempo para amar) […] El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector”.



domingo, 20 de diciembre de 2009

Un Belén de modistilla


Hay dos cosas, al menos, que envidio de los católicos: una es la confesión, esa amnistía general que se inventaron para liberar la conciencia y el alma del lastre de la culpa y que, como la magia, sólo funciona si uno cree; la otra cosa es la Navidad.
Sin fe y con propensión natural al mal, he tenido que buscar un método para que mis culpas cotidianas no me hundan como pies de cemento, así que no me ha quedado otra que intentar portarme bien desde la mañana para que cuando llegue la noche no tenga demasiado de lo que arrepentirme.

Lo de la Navidad, sin embargo, no lo perdono y, aunque sea sólo un cuento católico, es un cuento ciertamente hermoso al que me gusta volver. Por eso este año he buscado entre mis bolsas de retales y con un pedazo de tela de aquí, otro de allá, unos ovillos de lana, botones y alfileres me he montado un Belén de modistilla que he rematado con una estrella de cinta métrica y un palo de brocheta a modo de bastón. Me ha quedado una María muy flamenca, un José que más que carpintero parece un genio loco y un niño risueño y cabezón. Un nacimiento tan improvisado, al menos, como cuenta el cuento que fue aquel parto de Belén. Quien no recuerde la historia, que la relea. Si no, que la escuche.
Aquí la canta Berrogüetto. Se llama Nadal de Luintra.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Gata entera


Está bien sentirse única, original y diferente, pensar y hacer cosas audaces que algunos no entienden, pero casi siempre lo que nos hace sentir mejor a todos es ser normales y, sobre todo, sentirnos comprendidos y comprender. Yo, que tengo una gata negra con mucho temperamento y uñas bien afiladas, me he sentido así al leer un artículo de Paco en la revista Nuestro Tiempo en el que habla de los “Caballos enteros” de Manu: Zezeré y Golegá.

Zézere y Golegá pueden ser enganchados al coche de competición, pero hacerlo resulta una ceremonia complicada, atenta, que no está al alcance de cualquiera. Una vez enganchados, se sincronizan como uno, pero no pueden pastar juntos ni con otros caballos, porque se enzarzan muy fácilmente hasta con los ponis. Mi amigo los prefiere porque son mejores y más seguros, aunque dé más trabajo criarlos y dirigirlos. Sobre todo, los prefiere porque le gusta respetar la naturaleza de las cosas, de los animales y de las personas. Castrados serían más dóciles, menos nerviosos, pero él los quiere enteros”.


Casi lo mismo me explicó el veterinario cuando hace ya bastantes años le pregunté qué pasaría si esterilizara a Elsinha. Me dijo que, además de no tener celo, sería más dócil y más cariñosa y que lo único que tendría que controlar a partir de entonces sería su dieta, porque al castrarlos los gatos pierden esa cualidad innata que les permite comer sólo lo que necesitan y que explica por qué hay gatos domésticos obesos. Ni que decir tiene que la idea de arruinarle a mi gata el carácter, la libertad de afectos y su envidiable figura me pareció como cambiarla por un peluche a pilas que ronronease e hiciese miau, así que ahí se quedó el asunto y creo que ni siquiera volvimos por la consulta.

Dejarla ser como es me ha valido en este tiempo unos cuantos bufidos; cientos y cientos de arañazos, no todos malintencionados; una admiración infinita por su agilidad, su gracilidad y su sigilo; unos cuantos cientos de carcajadas por su curiosidad malsana y una gratitud que sólo unos cuantos podrán dimensionar por sus espontáneas y en ocasiones sorprendentes manifestaciones de afecto. A ella ser como es le ha valido los adjetivos de antisocial, arisca, loca y fiera. Hay quien todavía me pregunta, al ver los bajos de mi sofá deshilachados:

-¿Pero no le cortas las uñas?

-Es que es una gata... -sólo atino a responder.

Ya sé que lo que cuento no tiene mucho que ver con lo que quería decir Paco en su artículo y que tampoco tiene una dimensión clásica ni universal que mi gata sea negra, temperamental y entera como Zézere y Golegá lo son, pero ahora que ella ronronea tumbada sobre mi antebrazo derecho mientras escribo con tres dedos de la mano izquierda pienso que si yo fuese una gata me gustaría que me diesen la oportunidad de ser como ella es, que me dejasen ser como soy, y que prefiriesen mi caricia y mi bufido felinos a la zalamería de un peluche adulterado.

Nota: La imagen fue tomada el día que decidió abrir un ventanuco en el estor, que, por otra parte, ya estaba bastante consumido por el sol.