lunes, 4 de abril de 2011
martes, 8 de junio de 2010
Se cierra el cuadernillo
Gracias a mis selectos comentadores, a los lectores silenciosos y a los inesperados seguidores, que, como los amigos, se cuentan con los dedos de una mano. Gracias a un cura, que ha sido el último en sumarse a estas deslavazadas historias.
Gracias a todos. No os pierdo de vista.
miércoles, 14 de abril de 2010
La Bruja y el Desequilibrado
Al año siguiente o quizás al otro, unas humedades que aparecieron en la pared motivaron la visita de unos técnicos, así que el señor responsable de aquel asunto me avisó de que a tal hora pasaría un perito y me pidió que, si podía, se lo dijese a mi vecina, que en aquel momento no estaba en casa. Le dije que lo haría. Transcurrido un tiempo, oí movimiento en el piso de arriba y subí enseguida a dar el recado. Llamé al timbre y esperé. Volví a llamar y esperé. Escuché sonido de agua correr. Llamé. Oí a mi vecina hablando por teléfono. Seguí llamando. Esperé de nuevo. Insistí varias veces más. Llamé por última vez y, llena de rabia e impotencia, regresé a mi casa.
Estaba tan indignada, tan dolida ante aquella indiferencia y aquel desprecio, que decidí mandarle una nota para dejarle claro que, como necesitase mi ayuda, ya podía echar mi puerta abajo que ni de broma le abriría. Cogí papel y bolígrafo y empecé a escribir, pero ya en las primeras líneas la intención se me torció. Le conté, como tenía previsto, que había llamado a su puerta con insistencia y que ella, sin saber si timbraba porque tenía algún problema, para pedirle auxilio o sólo porque necesitaba sal, se había negado a abrirme. Le afeé el comportamiento y le aseguré que, pese a todo, si alguna vez ella tenía algún problema, necesitaba auxilio o se quedaba sin sal, no debería dudar en llamar a mi puerta porque yo sí le abriría. Cuando estuve segura de que el piso de arriba estaba vacío, subí con sigilo y dejé la carta pegada con un celo en la puerta. No sé si aquel día tenía que trabajar o qué, pero cuando volví a casa a última hora de la tarde encontré un sobre en el suelo de la entrada. La nota decía:
María,
todo ha sido un malentendido y no quisiera caer en la dinámica de una mala relación vecinal. Al estar sola, no llamo a mi puerta y no distingo el sonido del timbre del piso y del timbre del portal; de este último hago caso omiso porque he recibido toda clase de bromas. Con mis amigos utilizo el móvil. Prometo estar más atenta y le ofrezco mi número de teléfono (lo dejaba escrito) para ulteriores ocasiones. Me tranquiliza tener buenos vecinos y yo no respondo en absoluto a la imagen que se ha forjado de mí. Llame a mi puerta cuando guste.
Llamé de inmediato como prueba de que no existía por mi parte resquemor, y se mostró encantadora. Unos días después, con el mismo ánimo, me presentó a su padre, un señor mayor y achacoso al que, según parecía, le había hablado de mí. Podría decir que desde aquel momento dejó para siempre de ser La Bruja y que aprendí la lección del desafortunado malentendido, pero lo cierto es que mi vecina volvió a sus maneras esquivas al año siguiente y cuando llamé a su puerta al final del verano porque no habíamos tenido oportunidad de saludarnos me trató con la desconfianza de quien escucha a un charlatán que quiere sacarle los cuartos. Aquel día replegué mi cortesía de inmediato y reculé hacia la puerta con intención de no volver. Y no lo hice.
Me quedó, sin embargo, ese regusto de haber sacado, aunque fuera sólo por un rato, un buen sentimiento o dos de aquella mujer.
(No sé por qué... pero acabo de acordarme de aquel forajido del cuento de Flannery, el Desequilibrado, cuando decía:
-Habría sido una buena mujer si hubiera tenido a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
Lo dice él, no yo.)
lunes, 22 de marzo de 2010
Días para perderse
En días como hoy, en momentos como este, me resisto a volver a ese mundo que ni se toca ni se huele; a ese espacio donde a veces no se puede ni escuchar.
En días así, mientras pongo a prueba hasta el límite la flexibilidad del domingo, me aferro a este boli negro, al cuaderno de tapas duras forradas de tela roja en el que escribo, al libraco de casi setecientas páginas que me sirve de escritorio. Y navegando sobre esta tabla de náufraga, sólo quiero que me sature los oídos el ronroneo próximo, que me cosquillee el pelaje suave y gatuno; sólo quiero prestarme, en cualquier sentido o en todos ellos, a lo que pueda tocar, oler, gustar, escuchar o ver dentro de esta habitación.
En días así, sólo puedo querer que este mundo de carne y hueso dure siempre... y que los días como mañana dejen de existir.
(Escrito por el método tradicional de la tinta y el papel poco antes de la medianoche del 21 de marzo, recién estrenada la primavera)
sábado, 20 de febrero de 2010
Batiburrillo

En estos días de sol y chaparrones, he hecho acopio de citas y de nubes. He leído cosas sobre escribir que me reconfortan y he leído otras sobre la vida sin más, sobre la humanidad, que me han hecho recordar que todavía hay gente de una pieza que, como decía el otro día tan bien Anónimo, actúa en lugar de reaccionar. Como las cosas de las que hablo no tienen orden ni lógica interna, las anoto aquí según las vaya encontrando por las esquinas de mi casa. También anoto una melodía para acompañar:
"Ejercer el oficio de escritor no significa (...) hacer que coincida necesariamente con la profesión; escribir por oficio significa dedicar a la escritura el mayor tiempo posible y dejar a la creatividad un espacio mental preponderante".
"Flaubert decía: 'Escribir significa reescribir', y en una carta a Louise Colet confesaba: "Hoy me he pasado ocho horas corrigiendo cinco páginas y creo que he trabajado bien". "Giampaolo Rugarli ha confesado que cuando era joven la reescritura le ponía frenético y hoy, en cambio, le gusta más reescribir que escribir". (Francesco Piccolo)
"He llegado a hacer treinta redacciones de un relato". (Raymond Carver) "Rubén Blades, cantautor y ex ministro de Cultura [en realidad era de Turismo] de Panamá, pidió más acción y menos "cancioncitas" para Haití (...) 'Conmigo pueden contar si alguien hace algún tipo de organización, no para cantar We Are The World, sino para irnos a Haití a crear sistemas de alcantarillado, a trabajar en la vivienda popular, en el aspecto de educación y de salud". (La Voz de Galicia)

Y esta es la música: I Giorni, de Ludovico Einaudi (y sin Spotify, aquí).
miércoles, 17 de febrero de 2010
Ejercicio (I)
Si tecleo una o dos frases seguidas, si durante más de diez o quince segundos, me olvido de mirarla cuando se vuelve, salta para desprenderse de mi abrazo tan ágil y tan digna como quien se aleja de un amante convencida de que no merece lo que está a punto de perder. Al rato, sin embargo, hecha una cabaretera coqueta y juguetona, se pasea bajo el escritorio y, al descuido, desliza su rabo que tiembla igual que la rama de un zahorí por mis pantorrillas mientras describe círculos armoniosos, círculos de patinadora que se aparta de su pareja para volver de inmediato grácil y entregada.
Ahora se ha ido por un buen rato. Seguro que no volverá... Me equivoco. Parece que me ha oído. Me ha leído, más bien, y me desmiente. Se asoma de nuevo por la puerta del pequeño estudio. Se sienta ante el escritorio y cuando agacho la cabeza para verla bajo la mesa, me mira concentrada unos segundos y otra vez se va.
Ahora sí que no vuelve. Ahora ya no me apoya mientras escribo. No quiere tampoco el apoyo que yo le doy; mi apoyo. Ni mi balcón. Ahora no quiere mi mano en su frente, no quiere la mano que obedece ciega ante su mirada terca, la mano que me hace creer que quien domina su gesto soy yo.
martes, 9 de febrero de 2010
Escribir en paz
Si fuese así, una bloguera con chispa, y pensase además a la hora de escribir en mis seguidores y en sus inquietudes, llevaría una libretita con un listado de temas atractivos sacados de lo que fuese oyendo en el súper, en la radio, en la barra del bar, en la tele... Tendría que ver un poco la tele, sí. Si tuviese esa lista de la que echar mano (y el ingenio que no ha querido darme Dios) sería todo más sencillo y nunca hablaría ya de la Biblia ni de mis miedos, no contaría en adelante episodios sombríos, como la muerte de mi tío, y pondría buen cuidado en no dejar que mis pensamientos transitasen por zonas oscuras en las que a veces ni siquiera me atrevo a entrar yo. Por supuesto, nunca escribiría sobre escribir.
Cuando tuviese todo eso, cuando el mío fuese un blog de éxito modesto y mi imagen fuese tanto más atractiva y moderna cuanto más alejada de la realidad, buscaría otra esquinita en la blogosfera, un punto discreto donde esconderme, y abriría otro cuadernillo para empezar a contar de nuevo quién soy yo.
domingo, 24 de enero de 2010
Sagradas lecturas
Con el ánimo de recuperar esas historias y leerlas sin cortes ni humaradas de incienso fue con el que emprendí la lectura de mi Biblia nuevecita, pero a las pocas páginas encontré una villanía que me pareció mucho peor que la de Caín y que, pese a ello, no recuerdo haber oído condenar a ningún cura con tanta vehemencia como la muerte de Abel. La culpa de todo la tuvo Abraham, ese viejecito reverenciado que, por pura cobardía y sólo para salvar su miserable pellejo, se hizo pasar por hermano de su mujer, la buena de Sara, y la echó en los brazos del faraón. Y no es una interpretación; se lo dijo así: “Mira, tú eres una mujer muy hermosa. Tan pronto como te vean los egipcios, dirán: Es su mujer; a mí me matarán y a ti te dejarán con vida. Por favor, di que eres mi hermana, para que se me trate bien gracias a ti, y en atención a ti respeten mi vida”. Al llegar a esta parte, que no había alcanzado a comprender en toda su crudeza hasta que la leí por mí misma, dejé el tomo robusto y abandoné para siempre la sagrada lectura.
A excepción del relato del portal de Belén, que he releído alguna Navidad, no volví a acordarme de esas historietas bíblicas hasta que hace unas semanas me encontré a un cura en Twitter. A un cura, sí, un cura que se hace llamar así: “un cura”, y para descubrir si de sacerdote tenía algo más que el nombre se me ocurrió formularme una pregunta que me asalta con cada comienzo de año: ¿Qué determina que la Semana Santa baile siempre en el calendario? Con la parquedad que imponen los 140 caracteres de cada tweet, me dijo algo sobre que la luna llena cayese en domingo, y la explicación me pareció tan pagana que tuve que decírselo. Lejos de ofenderse, el bueno del cura tuvo a bien darme unas cuantas pistas en sucesivos mensajes que, además de refrescarme la memoria, han hecho que la fascinación por esas narraciones vuelva a aguijonearme con la misma intensidad que otras veces me provocan los mitos griegos.
Así me lo dijo:
un_cura: yo creo que no [se refería a mi acusación de que la explicación era pagana]. Como todo en la vida depende de como se utilice.
un_cura: se basa en la Luna pq según la tradición los judíos al huir de los egipcios lo hicieron con luna llena y así no tener...
un_cura: que encender antorchas y la huida de la esclavitud a la libertad es lo que significa Pascua=paso, de la oscuridad a la luz
un_cura: es una explicación mal explicada en pocos caracteres -acabó disculpándose el bueno del cura.
He vuelto a coger la Biblia y he buscado la historia de la luna y los israelitas. He leído por encima, pero antes de encontrar nada sobre ese episodio lunático me he topado con aquel momento en que Dios mata a todos los primogénitos de Egipto. “Hubo llanto general en Egipto, porque no había casa donde no hubiera un muerto”. Y me ha vuelto a entrar el repelús y la desgana...
Convencida de nuevo de que mi senda lectora seguirá siendo laica, lo único que me pregunto ahora es en qué intrincado camino volverá a tentarme el Señor.
domingo, 17 de enero de 2010
La titiritera errante
Su historia la recordó hace unos días Carlos Galilea en un obituario en El País, en el que la llamaba ángel errante.
A mí me tenía más bien cara de titiritera, de maravillosa titiritera. Cara de no irse a morir nunca.
domingo, 10 de enero de 2010
Las trampas de la memoria

A mí me ha pasado más de una vez releyendo alguna de las historietas de este cuaderno y he sentido tal bochorno repentino al darme cuenta de que lo removido, escrito y publicado no era del todo cierto que me han dado ganas de añadir una nota a pie y reconocer el dislate para que todo el mundo -bueno, el selecto grupúsculo que lee este blog- sepa que no quería engañar a nadie y que, si me falla la memoria, no lo hace la intención.
Al final me doy cuenta de que la verdadera engañada soy yo y hasta he llegado a pensar si una segunda versión del mismo recuerdo que hoy me parece más precisa no acabaría siendo enmendada, una vez escrita, por otra revelación inoportuna que mi caprichosa memoria quisiera hacerme dentro de un mes.
Después de un buen rato de tormento existencial, he hallado por fin consuelo en una frase atribuida a Benjamin Disraeli, el político británico, al que le he tenido que regalar media sonrisa: “Como todos los grandes viajeros, yo he visto más cosas de las que recuerdo... y recuerdo más cosas de las que he visto”.
Quizá él, como ahora yo, sólo aspirase a que sus historias fuesen verdaderas, aunque tampoco hubiesen ocurrido en realidad justo como las contó.
viernes, 1 de enero de 2010
Propósitos
Ese año en blanco, que como una libreta nueva parece que está pidiendo planes y propósitos escritos con buena letra, genera a veces el mismo entusiasmo vital, la misma revolución interna y silenciosa, que a mí me provocan algunos libros, da igual que sean novelas, ensayos o, incluso a veces, poesía.
El que ha logrado eso ahora, justo cuando empieza el año, ha sido Daniel Pennac y lo ha hecho con un libro que escribió hace casi dos décadas y que, hablando a su vez de libros y de lectores, funciona como un revulsivo para la vida. Como una novela es una obrita breve que enseña y anima a hacer a niños y jóvenes uno de los regalos más grandes y duraderos que recibirán nunca y que recuerda a los mayores que lo han recibido ya que leer es una de las formas más eficaces de ensanchar, intensificar y exprimir nuestro paso por esta tierra efímera donde el tiempo muere y nace con sólo comer doce uvas. Parte del secreto es éste:
“El tiempo para leer siempre es tiempo robado. (Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte, o el tiempo para amar) […] El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector”.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Un Belén de modistilla
Sin fe y con propensión natural al mal, he tenido que buscar un método para que mis culpas cotidianas no me hundan como pies de cemento, así que no me ha quedado otra que intentar portarme bien desde la mañana para que cuando llegue la noche no tenga demasiado de lo que arrepentirme.
Lo de la Navidad, sin embargo, no lo perdono y, aunque sea sólo un cuento católico, es un cuento ciertamente hermoso al que me gusta volver. Por eso este año he buscado entre mis bolsas de retales y con un pedazo de tela de aquí, otro de allá, unos ovillos de lana, botones y alfileres me he montado un Belén de modistilla que he rematado con una estrella de cinta métrica y un palo de brocheta a modo de bastón. Me ha quedado una María muy flamenca, un José que más que carpintero parece un genio loco y un niño risueño y cabezón. Un nacimiento tan improvisado, al menos, como cuenta el cuento que fue aquel parto de Belén. Quien no recuerde la historia, que la relea. Si no, que la escuche. Aquí la canta Berrogüetto. Se llama Nadal de Luintra.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Gata entera
“Zézere y Golegá pueden ser enganchados al coche de competición, pero hacerlo resulta una ceremonia complicada, atenta, que no está al alcance de cualquiera. Una vez enganchados, se sincronizan como uno, pero no pueden pastar juntos ni con otros caballos, porque se enzarzan muy fácilmente hasta con los ponis. Mi amigo los prefiere porque son mejores y más seguros, aunque dé más trabajo criarlos y dirigirlos. Sobre todo, los prefiere porque le gusta respetar la naturaleza de las cosas, de los animales y de las personas. Castrados serían más dóciles, menos nerviosos, pero él los quiere enteros”.
Casi lo mismo me explicó el veterinario cuando hace ya bastantes años le pregunté qué pasaría si esterilizara a Elsinha. Me dijo que, además de no tener celo, sería más dócil y más cariñosa y que lo único que tendría que controlar a partir de entonces sería su dieta, porque al castrarlos los gatos pierden esa cualidad innata que les permite comer sólo lo que necesitan y que explica por qué hay gatos domésticos obesos. Ni que decir tiene que la idea de arruinarle a mi gata el carácter, la libertad de afectos y su envidiable figura me pareció como cambiarla por un peluche a pilas que ronronease e hiciese miau, así que ahí se quedó el asunto y creo que ni siquiera volvimos por la consulta.
Dejarla ser como es me ha valido en este tiempo unos cuantos bufidos; cientos y cientos de arañazos, no todos malintencionados; una admiración infinita por su agilidad, su gracilidad y su sigilo; unos cuantos cientos de carcajadas por su curiosidad malsana y una gratitud que sólo unos cuantos podrán dimensionar por sus espontáneas y en ocasiones sorprendentes manifestaciones de afecto. A ella ser como es le ha valido los adjetivos de antisocial, arisca, loca y fiera. Hay quien todavía me pregunta, al ver los bajos de mi sofá deshilachados:
-¿Pero no le cortas las uñas?
-Es que es una gata... -sólo atino a responder.
Ya sé que lo que cuento no tiene mucho que ver con lo que quería decir Paco en su artículo y que tampoco tiene una dimensión clásica ni universal que mi gata sea negra, temperamental y entera como Zézere y Golegá lo son, pero ahora que ella ronronea tumbada sobre mi antebrazo derecho mientras escribo con tres dedos de la mano izquierda pienso que si yo fuese una gata me gustaría que me diesen la oportunidad de ser como ella es, que me dejasen ser como soy, y que prefiriesen mi caricia y mi bufido felinos a la zalamería de un peluche adulterado.
Nota: La imagen fue tomada el día que decidió abrir un ventanuco en el estor, que, por otra parte, ya estaba bastante consumido por el sol.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Última carta a los Reyes

Queridos Reyes Magos:
Quizá sea un poco pronto para escribiros, pero como Carrefour ya me ha mandado el catálogo de juguetes y el formulario para redactar esta carta había pensado que quizá por una vez -y más ahora con la crisis- es hora de pedir, por si las existencias se acaban.
Después de hojearlo, sin embargo, ya no sé si pedir regalos o explicaciones. Porque yo quería una cámara digital y claro que la encontré en el catálogo -tiene 150 páginas-. Pero aunque sacar una foto es un acto del todo neutro, donde no se requiere más que vista en un ojo y movilidad en un dedo, la máquina en cuestión se presenta en dos modelos: azul con estrellas y rosa con corazones.
¡No, no! No me deis explicaciones todavía ni digáis que puedo elegir el color que quiera, no seais políticamente correctos, por favor, porque ya no me lo creo. Quizá lo creí durante un tiempo, cuando vi por ejemplo que a mi sobrino le traíais una muñeca cuando tenía uno o dos años, pero dejé de creerlo cuando, al cumplir los tres, pidió una bicicleta de su color favorito y, a instancias de su abuelo, acabasteis trayéndosela azul por miedo tal vez a que si fuese como él quería, rosa, acabara volviéndose gay. No me digais entonces que yo puedo comprarme una cámara azul. Ya no me trago esa trola.
Tampoco puedo, por el mismo motivo, pediros un ordenador, que también me haría ilusión, porque el que me he encontrado en el catálogo dos páginas después hace la misma selección natural: tenemos el modelo Mickey, rojo, negro, verde, azul... y el modelo Minni, rosa, rosa, rosa y blanco, y con forma de corazón. Y, con mi inocencia pueril, me pregunto: ¿Qué ocurre? ¿Los hombres no tenéis corazón? ¿O es, más bien, que las descorazonadas somos nosotras y por eso, desde niñas, nos metéis la víscera que nos falta por los ojos?
Sigo viendo el catálogo y prefiero obviar los modelos verdes y ¡rosas! de los teclados, consolas y bolígrafos de Pocoyó. Eso es una nimiedad. Opto por pasar directamente a la parte rosa del asunto, a las páginas con encabezamiento rosa, las del centro de maternidad, el centro de belleza, la peluquería, las cunas, las mesas de comiditas, esas donde aparecen niñas dándole el biberón a sus bebés, empujando sus cochecitos... donde en cuatro cocinas aparecen cinco niñas y ¡un niño! Pasamos también a esas otras, también rosas, de la barby, donde te preguntan: ¿Qué fashionista eres tú? Y te aseguran que de las seis muñecas que te presentan ¡cada una tiene una personalidad! ¿Saben lo que están diciendo?
Y saltando la página también rosa de Hannah Montana, paso ya a otras dos donde domina el naranja y aparecen niños con disfraces de superhéroes. Niños, sí, vestidos de superman, batman, power ranger, marciano con poderes... ¿Y las niñas? Pues una de cenicienta con vestido azul, otra de princesa barbi con vestido rosa y un combinado de High School Musical con una animadora y otras dos niñas con ademanes de señorita pepis. Ese es el abanico de atuendos. Y a partir de entonces comienza el mundo azul...
Y azules son los coches, naves, personajes fantásticos, maquetas futuristas, guitarras, sables, robots, camiones, el barco pirata de Peter Pan, el camión safari de Tarzán, el castillo del Rey Arturo, el taller de bricolaje, el set de construcción espacial, el barco y el helicóptero de rescate, el volante Cars, el estadio de carreras, el tren eléctrico, el plató de televisión, el parque de bomberos, las urgencias hospitalarias, el scalextric y los coches teledirigidos.
Y en las siguientes páginas naranjas, las supuestas unisex, el azul y el rosa siguen marcando algunos juguetes: Genio Smart y Girl PC; las pizarras donde un niño dibuja edificios y un avión y una niña pinta -¡en rosa!- flores y corazones; el Moon Sand Construcciones o el Moon Sand Ponies (estos rosas y lilas con corazones y manejados por dos niñas)... Y después -¡por fin!- muchos juegos de mesa con colores neutros entre los que yo -¡por fin!, repito- puedo elegir sin fijarme en los colores.
Y cuando parece que eso va a ser todo, queridos Magos, aunque no sea poco, llega todavía el capítulo de vehículos de motor, donde hasta los correpasillos van pilotados por niños y en cuatro páginas la única niña que se ve en un coche va ¡de copiloto! mientras el volante lo maneja un varoncito. Pensé que no podía encontrarme más sorpresas, pero me bastó con volver la página para toparme con una guinda en el apartado de bicicletas para niños y niñas de 2 a 5 años: la roja es Max Bombero, con casco y extintor; la rosa, Pretty Girl, con casco y ¡portamuñecas!, un elemento indispensable que no falta en ninguno de los modelos rosa y que en los rojos o azules se sustituye por un práctico portaobjetos.
Y así las cosas ya no quiero regalo. Ni regalo ni explicación ni nada. Así no quiero más Reyes. En este mundo donde reina la oferta y la demanda, paso de vuestro catálogo transnochado que nunca hará soñar a las arquitectas, conductoras, astronautas, bomberas, carpinteras, maquinistas, doctoras y heroínas de mañana.
Espero encontrar de aquí al 6 de enero unas Magas que no me hagan trucos ni trampas. Desadme suerte.
Vuestra (hasta ahora),
Yo.
P.D: en la imagen, mi sobrino trata de evitar que se le caiga la niña mientras conduce la bici azul que le trajisteis a los tres años y que no tiene portamuñecas.
lunes, 16 de noviembre de 2009
La memoria del blog; el olvido de Twitter
Fueron estos:
"Mi preocupación es que cada vez tuiteo más y blogueo menos. Twitter satisface mi deseo de compartir. Esa es la principal razón por la que blogueo, y he descubierto que eso es lo que hace mejor un post. También quiero almacenar información, como si enterrase nueces; una vez que está en el blog, la puedo encontrar. Pero cuando comparto enlaces en Twitter, desaparecen pronto. También uso mi blog para analizar ideas y ver las reacciones. Twitter es pobre para eso (bueno, supongo que Einstein podría haber twiteado su teoría de la relatividad, pero muchas ideas y discusiones son demasiado amplias para ese formato), pero aún así lo estoy usando más en ese sentido que el blog.
No es que no pueda ni deba bloguear también lo que digo en Twitter; los tuits pueden ser el ensayo en el suburbio, el blog el estreno en Broadway (y el libro, Hollywood). Pero Twitter lucha por hacerse con mi tiempo y atención. Es mucho más rápido y fácil. Es lo suficientemente bueno para la mayor parte de mis necesidades. Así que el blog se resiente. Y yo sufro. Ya debato menos aquí. Voy a perderos a algunos de vosotros como consecuencia, y vosotros sois el valor que recibo del blog. Pierdo memoria. Y pierdo el referente en torno al cual nos podemos reunir".
Yo también uso el blog para pensar y para guardar ideas que de otra manera perdería. Es memoria, sí, y como tal parece un patchwork de mi vida. Twitter, en cambio, es puro impulso de comunicar, ocurrencia, frase que no puede callarse; sublime o boba, pero siempre efímera.
Pero Twitter también es otra cosa. Yo, por ejemplo, acabo de escribir en esa pizarra de humo que estoy escuchando a la Callas -lo sigo haciendo ahora- porque la tipa -terca y caprichosa como la diva que fue- hace vibrar mi tímpano y con él una extraña fibra, que a veces llega casi a exasperarme. Y aunque lo cuento porque lo estoy haciendo y la máquina pregunta precisamente eso: ¿Qué estás haciendo?, no deja de ser una característica que me atribuyo como quien construye un avatar, mientras omito otras muchas que quizá me describen mejor, aunque luzcan menos. Porque, más allá de la información "útil" para el resto de tuiteros que se publica, con lo que contamos y con lo que callamos no hacemos más que construir un yo digital que quizá no tenga tanto que ver con lo que nosotros somos como nos gustaría pensar.
Pero de esa mentira espero poder hablar otro día.
viernes, 6 de noviembre de 2009
lunes, 26 de octubre de 2009
martes, 20 de octubre de 2009
El ritmo de las palabras
Me gustó que sus amigos no tengan nada que ver con los círculos literarios; que considere escribir como un oficio para humildes, “un trabajo de resistencia titánica y de duda constante”, según resume la entrevistadora; y me gustó también que su obsesión sea la historia, entretener emocionando. Pero lo que de verdad me ha hecho volver a la entrevista después de casi tres meses es la referencia a su método para auscultar el ritmo del texto: “Unha das súas teimas é ler en voz alta os parágrafos da novela para notar ese bo facer dun xeito intuitivo”. Y sólo por eso tendré que leerlo.
Pero mientras tanto, yo, que no escribo y no tengo, por consiguiente, nada propio a lo que medirle el ritmo, no dejo de entrenar el oído. Ahora, que no le hago más que trampas al sueño, leo en voz alta por las noches el Microcosmos de Claudio Magris, y si me ejercito así no es sólo para evitar que se me desplomen los párpados (nadie se duerme mientras habla) ni tampoco porque la prosa de Magris parezca estar hecha para cantarle al oído mientras los ojos, cerrados, imaginan. Es por eso, pero no sólo por eso.
Si leo en voz alta ahora es por el placer de escuchar qué claro y qué bien sé leer. Y este buen leer que he ido cultivando libro a libro ha sido posible a pesar de que de niña, en el colegio, en lugar de dejarme disfrutar de las palabras, me las cronometraban. Con diez u once años, mi profesora de Lengua estableció la marca de cien palabras por minuto y, en aquellas absurdas competiciones que se daban en la hora de lectura, los torpes como yo leíamos algunas palabras y otras nos las zampábamos para quedarnos, aun así, a las puertas de la centena. Lo que más recuerdo del libro de lectura de aquel año, que se llamaba Alféizar, no son las historietas que reunía, sino los puntitos que iban salpicando el texto para medir las noventa o cien palabras que leía cada alumno, mientras algún otro que tenía reloj digital (la labor de cronometrador estaba muy disputada) vigilaba el paso de los segundos. Yo tenía un reloj digital que me habían regalado en la comunión y con él, además de aspirar al puesto de cronometradora, me encerraba en el cuarto de baño grande de mi casa, que tenía una ventana alta donde entraba todo el sol del día, y leía sesenta segundos de historias mutiladas y sin sentido.
Entonces, con diez u once años, añoraba cuando tenía siete u ocho y otra profesora -joven, divertida, sonriente, mi profesora preferida para siempre jamás- nos hacía leer de otra manera. Ella fue quien nos montó una biblioteca en uno de los armarios empotrados del fondo del aula, de donde los viernes por la tarde podíamos coger libros y llevárnoslos a casa. Para meternos el gusanillo, ella nos leía en clase unas cuantas páginas de alguno de los libros y aquello sí que era saber leer. Parecíamos bobos y mudos cuando, sentada sobre su mesa, con sus vaqueros y sus jerseys de colores, nos leía, por ejemplo, La isla del Tesoro, esa aventura que yo luego buscaba en el libro y me resultaba, sin su voz, del todo insulsa. Por eso estaba convencida de que esas historias increíbles sólo estaban en su boca.
Supongo que fue a esa edad (y salvando el paréntesis del cronómetro) cuando empecé a rastrear con el oído ese ritmo que Domingo Villar persigue hoy en sus párrafos y Claudio Magris escribe en la partitura de sus textos.
Supongo que por eso me gusta ahora escucharme leer alto y claro, como de niña nos leía ella.
Y por el mismo motivo, supongo, leeré ahora lo escrito para saber qué tal suena.
viernes, 9 de octubre de 2009
El nombre de las cosas
El otro día leí los resultados de una investigación que no me sonaba a nueva. Decía que las vacas que tenían nombre daban más leche que aquellas que sus dueños no habían bautizado y, si bien podía ocurrírseme pensar en ese momento en las Marelas, Cucas y Fermosas que habitan los productivos establos gallegos o en que los que tratan al ganado por su nombre deberían tener mayor cuota láctea, de quien me acordé entonces no fue de una vaca ni de un ganadero, sino del director del primer periódico en el que trabajé.-Buenos días, Bea.
Y mi jefa, que era todavía más productiva que nosotros y se marchaba a veces pasada la medianoche, respondía también seca y correcta:
-Buenos días.
Y el resto de las reses de aquel establo nos sentíamos eso: ganado.
