lunes, 22 de marzo de 2010

Días para perderse

En días como hoy, en los que he visto campos saturados del amarillo de los chuchameles, teclear en el ordenador me da más alergia que cualquier polen. También me la da revisar el correo electrónico, chequear mi Facebook o enterarme de lo que ha pasado en el planeta a través de cualquier web.

En días como hoy, en momentos como este, me resisto a volver a ese mundo que ni se toca ni se huele; a ese espacio donde a veces no se puede ni escuchar.

En días así, mientras pongo a prueba hasta el límite la flexibilidad del domingo, me aferro a este boli negro, al cuaderno de tapas duras forradas de tela roja en el que escribo, al libraco de casi setecientas páginas que me sirve de escritorio. Y navegando sobre esta tabla de náufraga, sólo quiero que me sature los oídos el ronroneo próximo, que me cosquillee el pelaje suave y gatuno; sólo quiero prestarme, en cualquier sentido o en todos ellos, a lo que pueda tocar, oler, gustar, escuchar o ver dentro de esta habitación.

En días así, sólo puedo querer que este mundo de carne y hueso dure siempre... y que los días como mañana dejen de existir.


(Escrito por el método tradicional de la tinta y el papel poco antes de la medianoche del 21 de marzo, recién estrenada la primavera)


sábado, 20 de febrero de 2010

Batiburrillo


En estos días de sol y chaparrones, he hecho acopio de citas y de nubes. He leído cosas sobre escribir que me reconfortan y he leído otras sobre la vida sin más, sobre la humanidad, que me han hecho r
ecordar que todavía hay gente de una pieza que, como decía el otro día tan bien Anónimo, actúa en lugar de reaccionar. Como las cosas de las que hablo no tienen orden ni lógica interna, las anoto aquí según las vaya encontrando por las esquinas de mi casa. También anoto una melodía para acompañar:

"Ejercer el oficio de escritor no significa (...) hacer que coincida necesariamente con la profesión; escribir por oficio significa dedicar a la escritura el mayor tiempo posible y dejar a la creatividad un espacio mental preponderante".

"Flaubert decía: 'Escribir significa reescribir', y en una carta a Louise Colet confesaba: "Hoy me he pasado ocho horas corrigiendo cinco páginas y creo que he trabajado bien".

"Giampaolo Rugarli ha confesado que cuando era joven la reescritura le ponía frenético y hoy, en c
ambio, le gusta más reescribir que escribir". (Francesco Piccolo)

"He llegado a hacer treinta redacciones de un relato". (Raymond Carver)

"Rubén Blades, cantautor y ex ministro de Cultura [en realidad era de Turismo] de Panamá, pidió más acción y menos "cancioncitas" para Haití (...) 'Conmigo pueden contar si alguien hace algún tipo de organización, no para cantar We Are The World, sino para irnos a Haití a crear sistemas de alcantarillado, a trabajar en la vivienda popular, en el aspecto de educación y de salud". (La Voz de Galicia)



Y esta es la música: I Giorni, de Ludovico Einaudi (y sin Spotify, aquí).


miércoles, 17 de febrero de 2010

Ejercicio (I)

Como no tengo ganas de escribir, pruebo con la escritura espontánea y con un programa diseñado para concentrarse sólo en escribir. Mi gata me apoya. Más bien, mi gata se apoya. Mi brazo le sirve de apoyo. Le sirve de balcón. Y mientras yo tecleo ella se encarama sobre el brazo, el derecho, y menea el rabo. Le gusta. Ronroea. Tanto ronronea que ronronea doble: por debajo, un crepitar constante que invita a la somnolencia; por encima, más pausado y casi provocado por el sonido anterior, una respiración ruidosa y profunda como la de quien duerme en paz. De vez en cuando se olvida de su balconeo y vuelve la cabeza hacia mí. Si entonces me llevo la mano izquierda a la cara, si con los dedos me coloco el pelo tras la oreja, ella mira muy seria, muy concentrada, mi mano hasta que con las yemas le acaricio la frente, como si fuese el poder de su mirada y no mi voluntad el que ha provocado el gesto.

Si tecleo una o dos frases seguidas, si durante más de diez o quince segundos, me olvido de mirarla cuando se vuelve, salta para desprenderse de mi abrazo tan ágil y tan digna como quien se aleja de un amante convencida de que no merece lo que está a punto de perder. Al rato, sin embargo, hecha una cabaretera coqueta y juguetona, se pasea bajo el escritorio y, al descuido, desliza su rabo que tiembla igual que la rama de un zahorí por mis pantorrillas mientras describe círculos armoniosos, círculos de patinadora que se aparta de su pareja para volver de inmediato grácil y entregada.

Ahora se ha ido por un buen rato. Seguro que no volverá... Me equivoco. Parece que me ha oído. Me ha leído, más bien, y me desmiente. Se asoma de nuevo por la puerta del pequeño estudio. Se sienta ante el escritorio y cuando agacho la cabeza para verla bajo la mesa, me mira concentrada unos segundos y otra vez se va.

Ahora sí que no vuelve. Ahora ya no me apoya mientras escribo. No quiere tampoco el apoyo que yo le doy; mi apoyo. Ni mi balcón. Ahora no quiere mi mano en su frente, no quiere la mano que obedece ciega ante su mirada terca, la mano que me hace creer que quien domina su gesto soy yo.

jueves, 11 de febrero de 2010

Quiero y no puedo,
dice -tímido- el sol
al llegar febrero.


martes, 9 de febrero de 2010

Escribir en paz

A veces pienso que debería empezar a escribir de otras cosas: idear escenas divertidas, comentar sucesos curiosos, ahondar en los desasosiegos de la gente de mi generación, hablar de actualidad o enganchar el último chascarrillo y escribir algo ocurrente condenado a gustar. Debería escribir de esas cosas, pienso, y dejarme de cuestiones extrañas y a veces pasadas, como la Biblia, la muerte, el miedo a vivir, el tiempo... Si escribiese de las cosas que le importan a la gente, si seleccionase con tino los hilos con los que entretejo mis textos y siguiese las reglas de oro para tener un buen blog, lograría dos o tres puñados de lectores y consultaría a diario las estadísticas de Google con la certeza de quien se sabe ganador. No tendría que temer ya que la gente, que los amigos a los que nunca he invitado a mi blog, descubriesen que escribo cosas aún más raras que yo.

Si fuese así, una bloguera con chispa, y pensase además a la hora de escribir en mis seguidores y en sus inquietudes, llevaría una libretita con un listado de temas atractivos sacados de lo que fuese oyendo en el súper, en la radio, en la barra del bar, en la tele... Tendría que ver un poco la tele, sí. Si tuviese esa lista de la que echar mano (y el ingenio que no ha querido darme Dios) sería todo más sencillo y nunca hablaría ya de la Biblia ni de mis miedos, no contaría en adelante episodios sombríos, como la muerte de mi tío, y pondría buen cuidado en no dejar que mis pensamientos transitasen por zonas oscuras en las que a veces ni siquiera me atrevo a entrar yo. Por supuesto, nunca escribiría sobre escribir.

Cuando tuviese todo eso, cuando el mío fuese un blog de éxito modesto y mi imagen fuese tanto más atractiva y moderna cuanto más alejada de la realidad, buscaría otra esquinita en la blogosfera, un punto discreto donde esconderme, y abriría otro cuadernillo para empezar a contar de nuevo quién soy yo.


domingo, 24 de enero de 2010

Sagradas lecturas

Los caminos de Dios son inescrutables; los de Twitter también. Este de hoy pongamos que empieza cuando un día, un poco por desconcertarla y otro poco por pedir un regalo que obtendría seguro, le dije a mi madre que quería una Biblia. Más tarde de lo que había imaginado y cuando ya casi se me habían pasado las ganas de leer lo que de niña tantas veces había escuchado, acabó comprándomela. Tardé yo también un tiempo en ponerme a leerla y cuando lo hice empecé, por supuesto, por el principio. Siempre me ha gustado la Historia Sagrada y ahora recuerdo que la experiencia más fascinante y al mismo tiempo más frustrante de mi vida como católica era la de escuchar en misa los fragmentos narrativos de los evangelios y quedarme siempre con las ganas de que el cura siguiera leyendo en lugar de pasar a la monotonía de los rezos.
Con el ánimo de recuperar esas historias y leerlas sin cortes ni humaradas de incienso fue con el que emprendí la lectura de mi Biblia nuevecita, pero a las pocas páginas encontré una villanía que me pareció mucho peor que la de Caín y que, pese a ello, no recuerdo haber oído condenar a ningún cura con tanta vehemencia como la muerte de Abel. La culpa de todo la tuvo Abraham, ese viejecito reverenciado que, por pura cobardía y sólo para salvar su miserable pellejo, se hizo pasar por hermano de su mujer, la buena de Sara, y la echó en los brazos del faraón. Y no es una interpretación; se lo dijo así: “Mira, tú eres una mujer muy hermosa. Tan pronto como te vean los egipcios, dirán: Es su mujer; a mí me matarán y a ti te dejarán con vida. Por favor, di que eres mi hermana, para que se me trate bien gracias a ti, y en atención a ti respeten mi vida”. Al llegar a esta parte, que no había alcanzado a comprender en toda su crudeza hasta que la leí por mí misma, dejé el tomo robusto y abandoné para siempre la sagrada lectura.
A excepción del relato del portal de Belén, que he releído alguna Navidad, no volví a acordarme de esas historietas bíblicas hasta que hace unas semanas me encontré a un cura en Twitter. A un cura, sí, un cura que se hace llamar así: “un cura”, y para descubrir si de sacerdote tenía algo más que el nombre se me ocurrió formularme una pregunta que me asalta con cada comienzo de año: ¿Qué determina que la Semana Santa baile siempre en el calendario? Con la parquedad que imponen los 140 caracteres de cada tweet, me dijo algo sobre que la luna llena cayese en domingo, y la explicación me pareció tan pagana que tuve que decírselo. Lejos de ofenderse, el bueno del cura tuvo a bien darme unas cuantas pistas en sucesivos mensajes que, además de refrescarme la memoria, han hecho que la fascinación por esas narraciones vuelva a aguijonearme con la misma intensidad que otras veces me provocan los mitos griegos.
Así me lo dijo:


un_cura:
yo creo que no [se refería a mi acusación de que la explicación era pagana]. Como todo en la vida depende de como se utilice.
un_cura: se basa en la Luna pq según la tradición los judíos al huir de los egipcios lo hicieron con luna llena y así no tener...
un_cura: que encender antorchas y la huida de la esclavitud a la libertad es lo que significa Pascua=paso, de la oscuridad a la luz
un_cura: es una explicación mal explicada en pocos caracteres -acabó disculpándose el bueno del cura.

He vuelto a coger la Biblia y he buscado la historia de la luna y los israelitas. He leído por encima, pero antes de encontrar nada sobre ese episodio lunático me he topado con aquel momento en que Dios mata a todos los primogénitos de Egipto. “Hubo llanto general en Egipto, porque no había casa donde no hubiera un muerto”. Y me ha vuelto a entrar el repelús y la desgana...
Convencida de nuevo de que mi senda lectora seguirá siendo laica, lo único que me pregunto ahora es en qué intrincado camino volverá a tentarme el Señor.

domingo, 17 de enero de 2010

La titiritera errante

El año nuevo ha traído buenos propósitos y esas cosas, pero se ha llevado a Lhasa de Sela. Lhasa era una chica que descubrí hace tres o cuatro años y que tenía cara de no irse a morir nunca. Había nacido hace 37 años en el estado de Nueva York, hija de mexicano y estadounidense, y desde los 19 años vivía en Montreal. Por eso, componía y cantaba en inglés, en francés y en español con el mismo desgarro unas veces, con la misma nostalgia otras, con la misma exquisitez siempre.

Su historia la recordó hace unos días Carlos Galilea en un obituario en El País, en el que la llamaba ángel errante.

A mí me tenía más bien cara de titiritera, de maravillosa titiritera. Cara de no irse a morir nunca.