domingo, 28 de diciembre de 2008

Serás tenido por un igual

Guinea Conakry, 13 de octubre [de 2002]

Si llegas, extranjero, en la tarde hasta Kolouma, aquí, a orillas del río Makoná, cansado, pobre y desconocido, nadie permitirá que duermas al raso. Pega la hebra con el primero que encuentres. A esa hora vuelven los hombres de la selva y te ofrecerán vino de palma fresco, la savia de la palmera, para que calmes tu sed. Aquel que te acoja será llamado tu tutor, esa noche dormirás en su casa y comerás su arroz. A la mañana siguiente él te llevará hasta el jefe de la aldea. Le contarás de dónde procedes y por qué abandonaste tu tierra. Si eres hombre de bien, y lo eres, se te dará un lugar en el pueblo donde podrás levantar tu casa haciendo ladrillos del barro, y serás tenido por un igual.
Pasado algún tiempo deberás internarte en la selva buscando nueces de kola. Aquí, en el País Lomah, las nueces de kola presiden cualquier acto solemne: no se puede pedir a una mujer en matrimonio o el perdón por una ofensa sin ellas. Cuando hayas juntado una docena volverás a ver al jefe de la aldea. Tras ofrecérselas le pedirás que, en nombre del pueblo, te conceda un campo para que puedas sembrar tu arrozal año con año y te sustentes de tu trabajo. Él consultará con los notables y se te entregará un terreno. Y así vivirás en paz.
En Kolouma no hay nada: ni agua, ni luz, ni teléfono, ni dinero; sólo cabañas, polvo y carestía. Pero ten por cierto que si, hambriento y solo, alcanzas este sitio, los aldeanos desmigarán esa nada y la partirán contigo, dignamente, pues ésa es la ley que heredaron de sus padres, y éstos de los suyos.
Si llegas, extranjero, en la tarde, hasta las costas de Europa, cansado, pobre y desconocido...- G.S.-T.

El silencio de Dios y otras metáforas
Alfonso Armada y Gonzalo Sánchez-Terán

Gracias, Paula.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Otra vez la AP-9

El otro día me pusieron una multa. Me llamó mi hermano, el propietario oficial de mi coche, para decírmelo. Se rio de mí lo que quiso.
-Ibas a 138 por la AP-9 a la altura de C-Crecente, kilómetro 86 -creo que dijo-, a las 13.48... Y no digas que no porque se ve muy clarita la matrícula en la foto del radar.
Y yo me reí con él:
-Pues si era a esa hora que la pague mamá, que seguro que yo iba apurada para llegar a comer.
Ayer, después de la comida de santa Conchi, que es mi madre, le di a mi hermano los 70 euros de la multa -100 euros menos el 30% de bonificación por pronto pago- para que me los ingresase él en el banco.
Poco después, cuando repartía besos antes de meterme de nuevo en la AP-9 de regreso a A Coruña, mi cuñada, que es muy madre, me devolvió el beso con un "Vete con cuidado" y mi hermano se apuró a apostillar:
-Y no pases de 120... -se rio otra vez de mí.
No fue por hacerle caso, pero lo cierto es que, como venía sin prisa y escuchando musiquilla tranquila, mantuve el pie a raya y sólo me pasé del límite de velocidad por despiste. Al llegar al kilómetro 85, más o menos, iba así, a 120, y cantaba una canción de Jarabe de Palo. "Hay dos días en la vida para los que no nací...", entonábamos Pau Donés y yo a esa altura. Pero enseguida tuve que callar al ver en la curva que tenía a 50, a 100 metros un extraño baile de luces que me puso rígida en el asiento. Levanté el pie del acelerador y tuve la certeza de que ese accidente -no podía ser otra cosa- era mi accidente. No sé si frené o no, ni recuerdo por qué carril circulaba cuando los coches chocaron, lo único que tengo grabado es que yo iba por la izquierda cuando me encontré de frente con un coche parado, un coche que parecía más bien un cubo de metal sin ninguna luz. Me cambié de carril y enseguida escuché un frenazo detrás, como de otro coche que trataba de reaccionar a lo imprevisto.
Creo que fue después de esquivar el coche accidentado cuando bajé el volumen de la música para poder concentrarme en todo aquello; quizá fue al intuir el choque, no sé. Lo que recuerdo es que antes de sentirme a salvo, vi otro coche más en el arcén y, aunque no sé por qué razón, pienso que había todavía un tercero. Y los tres parecían piezas de desguace, sin personas dentro.
Aún tardé unos segundos en darme cuenta de que aquel accidente no era mi accidente. Cuando estuve segura de que era así, mis nervios se rompieron en un sollozo, en dos, en unos cuantos más.
Llegué a A Coruña con temblor en las piernas. En los brazos también. Y durante todo el camino no pude dejar de pensar en que si hubiese ido a 138 quizá no pudiese escribir esto.
O quizá sí.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Casas natales

Yo no llegué a verlo, pero cuentan que mi casa, la que en realidad nunca llegó a ser mi casa, tenía una viña larguísima y tupida, como un corredor de arcos florales, que avanzaba perpendicular a la vivienda hasta recorrer buena parte de los cuatro mil metros cuadrados que medía entonces la finca. Cuentan también que en el terreno abundaban en el pasado los castaños y, por eso, quien tiene todavía memoria de los nombres de las cosas de antes sabe que los de aquella casa somos aún "os do Castiñeiro". En ella nació mi padre y sus hermanos, mi abuela y sus hermanos, mi bisabuela y sus hermanos y, al menos, también mi tatarabuela y sus hermanos. Ni mis hermanos ni yo recordamos ya como era.
Cuando yo nací creo que habían derribado ya el inmueble o a punto estaban de hacerlo. Lo cierto es que mis padres se habían instalados ya en un piso de alquiler, justo enfrente del terreno familiar, a la espera de que en el trozo de finca que el Gobierno no iba a necesitar para construir una autopista se levantase su nueva vivienda. Aunque no había vacas, por la casa nueva pasaron ovejas, corderos, cerdos, conejos, gallinas, gatos y perros. Ahora sólo quedan gallinas, un perro, una perra y una gata llamada Cati.
Quizá para compensar la pérdida de nuestra casa vieja, mi hermano mayor y yo fuimos de los pocos y afortunados niños que pudimos caminar y pedalear libres y sin pagar peaje hasta el puente de Rande, y más allá si hubiésemos querido. La autopista era entonces todo lo contrario a lo que acabaría siendo: un camino silencioso, vacío, seguro, donde los pasos o las pedaladas eran siempre lentos, de paseo.
Eso duró unos años, pocos, y enseguida el zumbido continuo de los coches, convertidos a fuerza de velocidad en meros borrones sobre el asfalto, empezó a competir con nuestras voces en casa y con nuestras canciones en el patio del colegio, un pequeño colegio de parroquia al que la autopista también comió, según creo, unos buenos bocados de terreno.
El ruido acabó mitigado con dobles ventanas y resignación y lo que al principio pudo parecer una casa triste y castigada, con una pequeña viña de fruto escaso y un terreno que palidecía recordando lo que fue, se transformó poco a poco en un lugar privilegiado, al menos, para nosotros, que teníamos un enorme patio de juegos con hierbas, árboles, tierra, frutas, agua... donde las hojas del sauce llorón se convertían en pescados y unos hierbajos redondeados que crecían a ras de suelo eran bistecs y las habichuelas que acabábamos de sacar de su vaina nos servían de imaginarias monedas en un bloque de cemento agujereado que usábamos como tragaperras. En aquella finca cabía el mundo y unos cuantos planetas más.
La casa nueva es lo más parecido que mis hermanos y yo tenemos a la casa donde uno nace. Pero si quisiésemos que los hijos que a partir de ahora podamos llegar a tener naciesen en la misma casa en la que nosotros espiritualmente nacimos lo tendríamos muy difícil.
Tres décadas después de haber caído la vieja casa, esa autopista por la que de niña yo paseé en bicicleta necesita crecer de nuevo y, según dicen algunos políticos, debe hacerlo por encima de la casa nueva, mi casa, y hasta del colegio en el que estudié. Los coches quieren comerse también buena parte del instituto, la iglesia nueva, el centro de salud y el pabellón de deportes, además de otras casas como la mía. Ayer salieron los vecinos a la calle para protestar, según cuenta el periódico.
Hoy me ha tocado manifestarme a mí.

domingo, 23 de noviembre de 2008

El precio de ser

Un día de hace unos años, en la presentación de un programa de educación para países en desarrollo, escuché a Donato hablar de la pobreza. Yo estaba tomando notas y esperaba una frase sencilla y redonda del futbolista, una petición de dinero, de medios para los que no tienen, un llamamiento a la educación como herramienta para salir de la miseria, pero Donato, que se crió en una familia humilde de Rio de Janeiro, no pidió eso. Para los pobres, Donato pidió respeto. Lo dijo así, de forma sencilla, sin levantar la voz, sin aspavientos, y en apariencia nada se movió en aquel salón de plenos.

Aquella era una frase tan pequeña, tan díficil de encajar, que al final creo que ni siquiera la usé en mi breve reportaje, pero de todas las que he oído durante estos años en entrevistas, ruedas de prensa, presentaciones... ninguna me ha llegado tan dentro ni me ha hecho pensar tanto como aquella pequeña frase: pensar en todas las miradas desdeñosas que he lanzado, que he visto lanzar hacia los que no tienen; pensar en todos los ojos que ni siquiera han llegado a posarse en ellos mientras un gesto con la cabeza bastaba para decir que no, como si desviar la atención hacia el que pide, hacia el desharrapado pusiese en peligro el trazo recto e impecable de mi vida, de nuestras vidas; pensar en esa terca voluntad que tenemos de hacerlos invisibles, como si no tener fuese no ser; pensar en que lo que de verdad me diferencia de ellos no es mi talento ni mi inteligencia, tampoco mi bondad, mi tenacidad o mi simpatía, sino solamente mi dinero; pensar en que sólo por eso alguien puede respetarme a mí y a ellos no.

A veces, cuando he escuchado maldecir o despotricar al que pide cuando paso a su lado y no suelto una moneda (no suelo soltarla), no he podido menos que sonreír para mis adentros y darle la razón. Y he pensado que, si yo fuese pobre y tuviese que pedir, haría muchas veces lo mismo.

Lo haría con el que no da, pero, sobre todo, con el que no mira.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Deporte de masas

Tengo gastada la puntera de mi bota negra izquierda. La derecha también, pero menos. Entre ayer y hoy he jugado todo el fútbol de mi vida. Y he practicado a darle con la punta, con el empeine y con el interior del pie. No lo he hecho mal, pienso. Ayer, en mi debut, le di un pisotón a Martín en el pie izquierdo. Para quitarle hierro le dije:
-¡Hala! Con ese pisotón, ahora sólo tienes cuatro dedos en el pie.
Sin pensarlo más, se sentó en el suelo de cemento y empezó a sacarse la bota.
-No, tía. Tengo cinco- dijo muy serio.
Tuve que contarle los dedos uno a uno por encima del algodón del calcetín para evitar que se lo quitase e hiciese asomar los dedos al frío, vivitos y coleando.
Hoy he intentado afinar más el tiro y los pasos, pero ayer todavía tuvo que aguantar estoicamente un balonazo en el culo y otro en la mejilla izquierda.
Y aún no ha cumplido los cuatro años.

domingo, 26 de octubre de 2008

Punto y aparte

Pensé que el trance no tenía hierro y por eso no intenté quitárselo. Pero cuando, franqueada ya la puerta, me he puesto a hacer la cuenta de cabeza -ocho años, dos meses y dieciocho días- me he dado cuenta de que sí lo tiene. En el mismo tiempo -ocho años- pasé de niña que aprendía las letras a adolescente que hacía raíces cuadradas -ya ni me acuerdo de lo que es eso-. En la mitad de tiempo me convertí en universitaria a 800 kilómetros del ala maternopaternal. En otros cuatro acabé convertida en licenciada sin norte ni trabajo. En unos meses me zambullí en un mercado laboral incierto del que salí más o menos a flote muy poco después y desde entonces...
...desde entonces han pasado ocho años, dos meses y dieciocho días en los que he aprendido casi todo lo que sé, aunque no será eso lo que me haga humedecer los ojos. No serán tampoco los centenares de noticias, reportajes, entrevistas que llevan mi nombre ni tampoco los centenares que he hecho sin firmar. Hace un rato me he puesto a pensar si habría algo que podría hacerme derramar una lágrima y me he respondido que no. Algo no. Podría conseguirlo alguien, alguienes. La historia humana que dejo hoy atrás es la que me tiene el corazón encogido. No porque no vaya a ver a los que más quiero -los sigo viendo aunque la mayoría han pasado ya por este trance que me toca a mí hoy-, sino por todo lo que he vivido con ellos y con otros muchos bajo la misma cabecera. Hoy he dejado de trabajar en La Opinión y me siento bien. Pero si al final, cuando esté desprevenida y pensando en otra cosa, se me escapa una lágrima a traición, será por ellos. Será por mis compañeros de todos estos años.

El tesoro de las flores violeta

He robado esta foto. Ya sé que está feo, pero no tiene por qué salir de aquí. No tengo tiempo de escribir. Sólo diré que en Pampore, en la castigada región de Cachemira, crecen como si fueran piedras preciosas estas flores violetas con corazón de azafrán. Los habitantes de Pampore creen que su tierra es mágica porque el azafrán es un cultivo que se digna a brotar en muy pocos puntos del planeta. Seguro que tienen razón.

Volveré un día de estos. Palabra.

domingo, 19 de octubre de 2008

Un sueño

Esta noche pasada soñé con un cuervo; con un cuervo enorme y negrísimo. Yo estaba en una explanada donde había un palco. Era un palco sencillo, como una gran caja de cartón dada la vuelta, y mientras alguien -no recuerdo quién- hablaba desde arriba y todos en el público seguíamos sus palabras, el pájaro negro se posó justo detrás del orador, al que sacaba más de un metro de alto. De perfil a los espectadores como estaba, el ave extendió una de sus alas, como para mostrar su formidable envergadura, y sus plumas brillaron entonces como cristales negros. La imagen nos dejó a todos maravillados, pero antes de poder pensar en el origen de aquel prodigio, el pájaro alzó el vuelo. Lo vimos dar una vuelta o dos sobre nuestras cabezas y luego caer muy cerca de nosotros, muerto. Derribado en el suelo, el cuervo no era más que un gran montón de plumas y yo me lancé a coger una como quien trata de atrapar una cuenta de un collar precioso que se deshace en el suelo. No sé qué hicieron los otros, pero yo sé que me puse a rebuscar en aquel cuerpo que parecía un árbol caído. Agarré una, dos, tres plumas, estrujé cuatro, seis, diez, pero ninguna era ya negra ni brillante. Se habían vuelto todas grises y apagadas, como si con la vida el cuervo hubiese perdido también el alma.

Quién hallara a José, el amado hijo de Jacob, el interpretador de sueños...

jueves, 16 de octubre de 2008

El gran seductor

La foto (de Carlos Pardellas, portada hoy de La Opinión) no necesita comentario. Me quedo aún así con el de Marcos Sanluis en El túnel.

lunes, 13 de octubre de 2008

Con los pies en la arena

Yo hoy, como Paula, estoy muy poco elocuente y las pocas palabras que me salen son malas palabras. Pero necesito dejar constancia de que hoy estoy así. Es lunes; largo, aburrido, un lunes sin sol. Y hoy, justo hoy, el día que, por ejemplo, me he acabado de leer un librito simpático y comprometido que se llama Made in Galiza, me ha llamado al trabajo, también por ejemplo, una conocida para invitarme a entrevistar a algún representante de la Mesa por la Libertad Lingüística. Malas palabras se me han juntado en la garganta, aunque no las he dejado salir. Pero ahí estaban, pidiendo guerra, poniendo la guinda al lunes aburrido. Es sólo un botón de muestra, como digo.
Y ahora, a estas horas, tres cosas -sólos tres cosas- pueden salvarme el día: nadar y recordar que los peces no son asalariados ni están nunca aburridos; tumbarme y sentir unos dedos amorosos que van deshaciendo la rigidez que me acartona el cuello; o descalzarme y hundir los dedos de los pies en la arena, a medio metro sólo del mar. A esta hora y por circunstancias diversas que no voy a detallar -unas por obvias y otras por íntimas-, las tres cosas me resultan imposibles y he tenido que buscar una solución de emergencia en dos pasos:
1). Crear un momento Chopin, que no es otra cosa que dejar que las teclas amorosas de los nocturnos de Chopin me martilleen delicadas -como los peces de río que se acercan a mordisquear los pies- desde la nuca hasta los hombros (a quien se atreva a hacer un comentario le regalo una copia de los Nocturnos de Chopin interpretados por Claudio Arrau. Palabra)
y 2). Rescatar la foto del caminante y conquistador de esa orilla. Me lo encontré una mañana de hace poco y doy fe de que todas las huellas de la playa -tan bien alineadas, tan limpias en la arena- eran suyas. Yo en la playa -no en la suya, que es la de San Amaro, sino en la mía- no corro, sólo camino, pero, mientras escucho el piano que ya -¡ya!, sí, Chopin es mágico- ha convertido en una articulación flexible mi cuello mártir y veo esa foto, siento ese masaje infinito que sólo la arena sabe hacer en los pies. ¿Exagero? ¿Sigo con la cursilería otoñal? Sólo quien no lo ha probado se atrevería a ofender así. Si Chopin es mágico, la arena es abracadabra, lo juro. Podría intentar describir lo que hace, pero ya he dicho que hoy no tengo palabras buenas.
Que descanséis. Que descansemos todos. Con magia potagia si es preciso.

sábado, 11 de octubre de 2008

Pingüinos de temporada

Los pingüinos están de suerte. Amancio Ortega se ha fijado en ellos. Con los cuadros escoceses, las blusas de estilo romántico y los pantalones masculinos de cintura alta, los pingüinos son tendencia esta temporada. Lo son, al menos, en una de las marcas del imperio; lo son por unas semanas; con un poco de suerte por unos meses. Pero aunque sea efímero -¿qué sería de Inditex si vendiese cosas duraderas?-, durante ese tiempo no nos hará falta pensar que este planeta se agota, que los niños del futuro no usarán lápices de colores para pintarlo, sino sólo para soñar lo que fue.
Gracias a Amancio Ortega esta temporada podremos comprar conciencia ecológica y habremos cumplido ya con este mundo. Nos bastará con poner el corazón en la cartera y con vestirnos luego nuestra camiseta salvapingüinos, con sus copitos de nieve, el día que el cuerpo nos pida ese estilo ecologista, como otras mañanas nos reclama un look sofisticado o roquero o vintage u hortera ochentero.
Gracias a Inditex los pingüinos tendrán valedoras en todas las esquinas del mundo civilizado, al menos esta temporada.
La próxima sería bonito que se llevase salvar a un niño de África. Ya empiezo a imaginarme la camiseta.

(Actualización: Parece que los pingüinos están en peligro. Lo pone aquí)

martes, 7 de octubre de 2008

El otoño, por fin

He resistido días y días con las sandalias en los pies, ansiosa de que llegase el otoño, pero negándome a vestir otra vez los dedos para aplazar el placer de sentir ese bienestar de nuevo. Hoy, que se ha pasado media madrugada lloviendo sonoramente para ahuyentar los gritos de borrachos y juerguistas bajo mi ventana, hoy que la mañana se ha abierto azul, tibia gracias al sol inesperado, me he puesto botas, por fin, y he sacado a pasear mi paraguas violeta. El paraguas no lo he abierto, claro, pero he dado por inaugurada, también por fin, la estación, mi estación. En el cuadernillo del bolso, que no es verde, anoté hace unos días las cosas que debía escribir aquí para bendecir el otoño y aunque es una lista incompleta y ramplona la anoto:
-El otoño me desborda los ojos con la lluvia, las hojas doradas, el mar plomizo y bravo.
-Me humedece el paladar porque trae consigo castañas, manzanas verdes, naranjas ácidas, caldos, sopas, ganas de estar acurrucadita en casa.
-Me repica en los oídos por la lluvia, de nuevo; tañe el Día de Difuntos, tan apacible, tan raro; resuena como el viento entre las hojas de los árboles, como hojas de libros suspendidos en las ramas, como campanas.
-Me cosquillea en la nariz con su olor a tierra, a hierba mojada, con su olor a puchero, a chocolate espeso y a calor de casa.
-Me estrecha entre lanas, me oculta bajo el edredón de plumas, me dice de dónde vine, una mañana de sol, en noviembre; me dice a dónde voy, como ese hombre tranquilo de la foto, con su perro en la playa.
-El otoño me...
...perdón, me acabo de dar una palmada en la frente y ya he reaccionado.
-El otoño, perdón de nuevo, me llena las teclas de cursiladas.

sábado, 4 de octubre de 2008

Cicatrices

Ayer vi a una mujer que tenía un solo pecho. Estaba desnuda, a pocos metros de mí, y yo me la quedé mirando con la atención suspendida, conmovida, casi fascinada, pero con ojos discretos para que no sintiese lo que no debía sentir. Porque no me salió mirarla como quien mira lo raro, lo deforme, lo anormal, sino como quien camina por un bosque y descubre, al oír un aleteo, un ángel, un hada, un unicornio; como quien avanza por la vida y percibe -no sabría decir dónde- algo sagrado; como quien al entrar en el cuarto de un legendario guerrero se lo encuentra con el torso desnudo y lee en las cicatrices de su pecho, en la imperfección de su piel repujada, las pruebas indiscutibles de su valor. Aquella mujer que debía de rondar los setenta años estaba allí, bajo el chorro de la ducha, sin vergüenza ni pudor por su cuerpo mutilado, sin la mínima intención de querer ocultarlo en alguna de las cabinas que tenía a apenas un metro de distancia ni de castigar con una mirada dolorida a quien la acechase con ojos impúdicos. Y al saberla así, tan digna, tan valiente, sólo pude pensar en cuántas heridas, además de la del pecho, tuvo que haber cerrado antes de mostrar aquel sufrimiento cicatrizado y desnudo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Elogio del atasco

Destacaba Paco ayer entre sus lecturas de prensa atrasada una columna "maravillosa" —suscribo el adjetivo– de Mariluz Ferreiro titulada El tiempo en la que habla de cómo se escapa la vida en ese lento avanzar de los atascos, del atraco que los que viajan en coche oficial están perpetrando contra los que entran y salen por calles gallegas que parecen las de Nueva York y de la facilidad con la que "el gran hombre occidental" se deja robar lo que no se puede restituir: el tiempo.
Pero yo, que me siento positiva ahora que llega por fin el otoño, pienso en ese frenazo de la rutina como un regalo de tiempo, un respiro, unos minutos para pensar en aquello de lo que en otro momento de apuro dije: "Ya lo pensaré"; para escuchar entera esa canción favorita que, de estar las calles expeditas, tendría que dejar a medias; para escribir de cabeza una entrada para este cuadernillo y dejarme llevar por los meandros de una mente liberada por un ratito de la presión de avanzar. No le aconsejo a nadie que se atasque, pero si el engranaje que nos lleva en volandas de día en día se para... habrá que disfrutarlo.
Gómez de la Serna tampoco se lo aconsejó a nadie, a nadie más que a sí mismo. Y se escribió así:

"Querido Ramón:
Sólo tenemos treguas y tenemos que aprovecharlas bien.
(...) Yo recuento los segundos de estos intervalos y hasta cuando veo que el camarero tarda en traer lo encargado me digo: 'Esta espera es una propina de la vida'.
Tú hazme caso y haz como yo, refuerza toda pausa, aumenta la conciencia de vivir en la espera del tren en la estación de paso, dilata tu sentir y tu mirar, recibe la confidencia de los campos aquietados y anclados alrededor del andén y fuera del tiro de las vías, abrillantadas por fatales itinerarios cumplidores -ejecutores- del destino.
(...) Según una teoría lanzada por primera vez en esta carta y del tipo de las de Einstein, es que el tiempo de la tregua tiene larguras de siglos, mientras esa misma cantidad de tiempo en la refriega tiene dimensión de días".

martes, 30 de septiembre de 2008

Cielos y estrellas

Llevo años diciendo que en esta ciudad no hay estrellas. Lo digo porque es verdad y también por provocar. Pero ahora resulta que sí, que las hay, y que, además de las que me he encontrado un puñado de veces en el cielo húmedo y espumoso que es la arena del Orzán, hay estrellas ocultas y, al mismo tiempo, encantadas de que alguien las descubra y se atreva a nombrarlas, como a las de arriba. Son estrellas discretas, escasas como la cuarta hoja de un trébol y portadoras de la misma suerte, pero que a veces se animan a despuntar en lo más cotidiano. Es todo cuestión de tiempo, de remolonear, de regalarse una tregua, como se escribía a sí mismo Gómez de la Serna... pero de esas cosas hablaré mañana.

(P.D. Ésta es la constelación de las Estrellas Tomateras y la he descubierto yo)

sábado, 6 de septiembre de 2008

Dignidad (sin foto)

No tengo foto, pero sí imagen. La cuento. Fue hace unos días, en el súper. Estaba en la cola, con dos o tres personas delante, y esperaba medio distraída. Le tocaba el turno a una señora de cincuenta y tantos años con un niño rubio que no tendría más de cuatro y que debía de ser su nieto. El chaval le estaba contando que había resbalado en el suelo pulido del local, con esa manera peliculera de contar que tienen los niños a esa edad, cuando la cajera llamó su atención. "Mira el perrito", le dijo señalando a un cachorro dorado de orejas caídas que asomaba de un carro de la compra azul, en el que había también alguna ropa. El carro estaba a apenas dos metros, al lado de las taquillas y a poca más distancia de la puerta acristalada de la calle. El niño se estiró para mirar, descubrió al animal, que tenía medio cuerpo fuera y observaba extrañado a un lado y a otro, y enseguida se desentendió de él y siguió intentando explicarse.
Entonces yo ya había puesto toda mi atención en la cola y me di cuenta, un tanto sorprendida, de que me sonaba la pinta del cliente que tenía justo delante. Era bajito, poquita cosa, de pelo necesitado de lavar, cortar y peinar. Fue eso, el pelo, y la camisa gruesa de manga larga los que me sugirieron su cara, la del chico de la calle Real que, según dicen, estafaba a las almas caritativas pidiendo dinero para sacar a su perra de la perrera. Era él, sí, comprobé al verle el perfil sucio, los rasgos como pintados con tres o cuatro trazos de carboncillo.
Yo, que me divierto imaginando el tipo de gente que tengo delante en la cola según la compra que hace -si lleva pan y platos precocinados, si elige omega 3 y leche con fibra, si compra fruta o zumos en botella...-, lo tuve claro antes de ver la suya: lata de cerveza o brik de vino tinto. Me equivoqué, claro. Lo que puso encima del mostrador fue una caja de cartón con helados. Esos de bombón, con palo, de marca Leader Price. Los más baratos.
-Uno con cero ocho- le dijo la cajera tras pasar el código de barras por el lector, pero él ya tenía el dinero contado en la mano. Un montoncito de monedas de diez céntimos y unas cuantas más de las de cobre apresadas entre dos dedos.
No sé por qué, pero seguí atenta la cuenta de la cajera por si hacía falta poner alguna moneda más. Y cuando la mujer acabó de contar, pensé que había acertado al tener preparada la cartera.
-Faltan ocho céntimos, pero ya me los darás la próxima vez- dijo la cajera como si ella también se lo esperase.
Las dos nos equivocamos. El chico echó enseguida la mano al bolsillo y sacó unas cuantas monedas pequeñas más.
-No, no. Si tengo. Pensé que había contado bien- se disculpó mientras le entregaba los ocho céntimos.
Cuando la cajera comenzó a pasar mi compra por el lector, seguí con la vista al chico hasta que se detuvo junto al carro de la compra azul donde asomaba el cachorro y comenzó a acariciarle la cabeza. Al momento me di cuenta de que era su carro. Y su perro.
No sé explicar por qué, pero me alegré. Me alegré de eso y de haberme equivocado. Dos veces.


domingo, 31 de agosto de 2008

Vocal-Consonante-Vocal

Vomitan en los portales, se pelean como gallos suicidas, berrean en las aceras cuando los echan de los pubs, cantan hasta la exasperación (del que los oye, claro) cuando están borrachos y la ciudad es puro silencio y, a pesar de estos indicios inequívocos de barbarismo, parece que han ido a la escuela. A los que se encontraron con la valla de la foto, en el cruce de la calle del Sol con la del todavía honrado Juan Canalejo, le debieron de empezar a bailar las letras como en el concurso de vocal-consonante-consonante-vocal y con indudable acierto llamaron a la calle por su nombre. Después -seguro que tras un buen rato de darle al majín y al vaso de plástico- se concedieron la licencia poética de añadir una nueva y aliterada palabra al diccionario, la tórrida ortobrasa, que no es otra cosa que ese incandescente resplandor en el horizonte que se produce cuando sale el sol -en el orto, vamos- y que quizá a los trovadores que inventaron el término les marque el momento de la retirada. A ellos la valla les inspira casi a un verso; a otros, el mucho más ramplón Calle cortada por obras.

viernes, 22 de agosto de 2008

Desvarío

Yo todavía la quiero -son más de ocho años de vida en común-, pero se está volviendo rara. Regresó a casa anteayer después de una de esas ausencias suyas por las que ya ni me molesto. Nada más llegar se fue a hacer la compra, porque yo sobrevivía ya con las últimas existencias, y al volver estuvo cariñosa, como siempre; pasamos una noche plácida. Pero ayer empecé a notar en ella una discreta, aunque persistente, inquietud. Mis temores se confirmaron al mediodía. Se sentó en su rincón de trabajo, como cualquier otra mañana que se pone a teclear, pero en lugar de eso la vi manipular no sé qué objetos que intentaba ocultar oponiendo su cuerpo a mi mirada. Yo remoloneaba por la sala de estar y con esa actitud despreocupada me acerqué hasta la papelera y simulé que buscaba algo entre los papeles arrugados. Pude ver de reojo cómo me dirigía una mirada cargada de cautela, que se volvió tranquila al comprobar mi aparente desinterés. Confiada ya, siguió con su ajetreo manual y pude ver, con extrañeza, que lo que hacía y había intentado ocultarme era tan inocente como el juego de cualquier cría: tenía papel, lápices de colores y unas tijeras y hacía recortes amarillos, naranjas y azules que luego pegaba en el borde de la mesa. La miré conmovida por esa capacidad infantil que todavía tiene de entretenerse con los objetos más cotidianos y le acaricié los tobillos como a ella le gusta. Tal como esperaba, me levantó y me tomó en sus brazos y yo entrecerré los ojos y me abandoné a un intenso ronroneo que me hizo bajar cualquier defensa. Tan entregada estaba al dulce escalofrío de mi cuerpo, que apenas percibí su gesto cuando me colocó la primera pegatina -en el cuello, según pude comprobar después-. No pude imaginarme qué significaba aquel maltrato. La segunda, un cuadradito de papel azul que me pegó en la parte más alta de la frente, entre las orejas, me dejó paralizada, perpleja. ¿Qué clase de criatura es ésta? ¿Cómo puede poner esa sonrisa dulce y hacerme...? ¿Pero qué está haciendo?, fue lo único que en mi confusión atiné a pensar. Con esas preguntas me martiricé mientras la veía manipular la tercera pegatina, naranja, y me dejé hacer como si en lugar de un ser sensible y delicado fuese una muñeca de peluche, amorosa y suave, pero sin corazón.
Así sentía que me estaba tratando ella, aunque no lograba entender por qué. ¿A qué venía esa payasada? Antes de atisbar siquiera una respuesta, me di cuenta de que aquello no había acabado y, pese a la humillación, decidí descubrir dónde estaba el límite de aquel ridículo. Etiquetada como si fuese un juguete en venta, dejé que me llevase al dormitorio. Nada más entrar, se detuvo y, como si me pusiese en la picota, se colocó ante el enorme espejo que se trajo la semana pasada y en el que no para de mirarse con complacencia y me enfrentó con mi resignado reflejo. Allí estaba yo, de natural esbelta y elegante, pegoteada y ridícula; allí estaba debatiéndome entre la indignación y la misericordia, entre el arranque de arañar, morder y bufar y la decisión serena de sufrir con paciencia las flaquezas y debilidades del prójimo. En contra de mi instinto, opté por lo segundo. Y suspiré.

No sé qué esperaba demostrar ella con ese circo, pero lo cierto es que todavía me sostuvo en los brazos durante mucho rato y acercó varias veces mi cara al espejo queriendo provocarme, como si no hubiera visto ya de sobra los tres papelitos que salpicaban mi reflejo.

Yo, que resistí sin hacer siquiera un mohín, espiaba su expresión en el espejo y descubrí, con sorpresa de nuevo, que los ojos se le estaba poniendo casi tan tristes como a mí. Unos minutos después y sin que hubiese ocurrido nada más que nuestro profundo abatimiento, aquello cesó de repente. Como si hubiese estado fuera de sí hasta entonces, ella me quitó con cuidado las pegatinas, que ya casi se desprendían solas, y rozó su nariz con la mía como nadie más sabe hacer.

No me avergüenza admitir que la perdoné al instante porque mi fachada felina es liviana como el papel, pero, aun perdonando, no olvido y desde ayer me desvelo pensando por dónde me saldrá la próxima vez. Me preocupa que esto pueda ir a más y, sobre todo, a peor.

Desde que pasó lo del espejo la he sorprendido más de una vez, cuando cree que dormito, con la mirada extraviada y la he oído susurrar con expresión lastimera:

-Cómo puede ser que una urraca tonta...

miércoles, 20 de agosto de 2008

"Lo sabía, soy una urraca"

La cita del título se la he robado a El País, que la utiliza como titular para contar que un grupo de científicos alemanes ha descubierto que las urracas, esos pájaros elegantes y de mala fama, esos ladrones de guante blanco, tienen la rara capacidad de reconocer su reflejo en los espejos, algo que hasta ahora se pensaba reservado a humanos, chimpancés, elefantes y delfines.
No quiero afirmar nada antes de realizar una rigurosa investigación científica, pero tengo la intuición empírica de que mi gata también pertenece a ese selecto club de seres con reflejo o que, si no el suyo, al menos reconoce el mío en los espejos. Para saberlo intentaré emplear -intentaré, digo, porque la felina no es precisamente una chica fácil- el mismo método que los sabios alemanes, que no es otro que el de colocar pegatinas de colores en el cuerpo del animal objeto de estudio y observar su reacción. La de las urracas fue pasar olímpicamente de las etiquetas hasta que no se las vieron, es decir, hasta que no se encontraron delante de un espejo; en ese momento comenzaron a arañar la superficie justo donde se reflejaban las pegatinas. Primitivo, ¿no? Pues no queda ahí la cosa, porque a las urracas les pusieron también la imagen de otro pájaro con las mismas etiquetas pegadas, por si picaban, pero demostraron que así ellas, que no han merecido por azar la fama de oportunistas y mala gente, no mueven ni una pluma.
Por lo pronto puedo adelantar que cuando Elsinha y yo estamos juntas ante el espejo ponemos las dos cara de interesantes desinteresadas, lo cual, en mi caso, puede atribuirse a la coquetería y en el suyo bien podría decir que también. Pero a lo que voy es a que, cuando en esa situación le guiño un ojo, ella -estoy segura- me mira con fijeza y, en ocasiones, hasta me imita, algo que, si no de gata con reflejo, es sin duda habilidad de gata muy lista. Tan lista me la supongo, que de ella espero, no ya que vea las etiquetas que le colocaré estratégicamente por el cuerpo -ya me imagino la escena en cuanto me vea venir-, si no que, una vez localizadas, se las quite directamente del cuerpo en lugar de arañarlas en el espejo como haría una urraca tonta.
¿Ilusa, piensa alguien? Bueno, bueno. Se verá...

viernes, 15 de agosto de 2008

Lección de pedagogía

Hoy he visto dos osos pardos, dos tigres (tristes), tres leones, una pantera negra (dos patas y media cabeza de una pantera negra), tres jabalíes, montones de ciervos, de pavos reales, un puñado de monos de apellidos diversos, serpientes de muchos colores, buitres, águilas, un precioso y elegante cuervo, arañas peludas, cucarachas, un búho pensativo, una cigüeña con un ala terminada en muñón, una mariposa, un escorpión, un camaleón de ojos alocados, dos gatos zalameros, dos linces europeos, tres o cuatro cabras de imponente cornamenta, peces de colores, lagartos grandes y pequeños, insectos palo, galiñas de Mos... Hoy he ido al zoo.
Hoy también he descubierto que con un año y medio de vida y una melodía pegadiza puedes aprender cualquier cosa. La musiquilla de Lola es: "Fulano, Fulano, Fulano es cojonudo, como fulano no hay ninguno". Y te deja con la cara hecha un garabato interrogativo cuando te toca el brazo y te dice: "A-é-a". No entiendes nada y repite: "A-é-a". A la tercera alguien experto, sentado en el asiento delantero del coche en el que tú viajas con dos sillas infantiles en los flancos, canta lo que tú ni imaginabas: "Andrea, Andrea, Andrea es cojonuda, como Andrea no hay ninguna". La operación se repite con Sergio, con Teo... Con Lola, no; no le gusta el autobombo, por lo que parece. Pero cuando su elenco de gente estupenda se acaba y la tarde transcurre ya entre fosos, estanques y jaulas, la melodía vuelve a entonarse tímida y comienza la lección. "¿El búho?", sugieres con cautela, por probar. Y responde una mirada atenta. Todo lo demás es cantar y cantar: "El búho, el búho, el búho es cojonudo, como el búho...". Y así todos los que pudieron salvarse del diluvio universal. El pato, el buitre, el cuervo, la cigüeña... Y ella repite; repite con lengua de trapo, pero repite al fin.

Hoy yo he aprendido una cosa; o dos. Ella -qué envidia- ha aprendido cien o doscientas cosas más.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Bajo una higuera calabresa

Mis pies apuntan hacia Cosenza, la capital de la provincia homónima que está en mitad del empeine de la bota italiana. En San Benedetto, el pueblo donde está la casa que tiene el huerto que tiene la higuera que tiene la hamaca que me sostiene, vive desde hace más o menos tres meses un joven escultor de Cabo de Cruz -Cabo de Crus en su boca-, Concello de Boiro, un joven escultor que se enamoró en Santiago de una italiana y la siguió hasta su pueblo en las montañas, un pueblo donde las cigarras nunca dejan de cantar.
Tucho -"Eu son Tucho, pero no carné pon José Antonio"- vive en una casa prestada con un gatito negro y otro color crema y, además de higueras y una hamaca, tiene en el huerto calabacines, pimientos, tomates... -que riega y recoge con mimo- y todos los bártulos que puede necesitar para hacer sus esculturas. Con cristales y resina que va a buscar al monte prepara la pasta que luego transforma en sirenas, pensadores de Castelao, venus redondeadas, piezas de ajedrez...
Su familia no entiende cómo puede hablar italiano cuando malamente se expresa en español, pero, como él dice, la cuestión es querer comunicarse. Eso lo aprendió con María, su vecina, que desde que tiene a Tucho viviendo en la casa de al lado sale a su terraza cada vez que oye cualquier movimiento en el huerto del escultor gallego.
-Tutto posto?- cuenta Tucho que empezó preguntando María, por saber qué tal, en cuanto cruzaron saludos.
-Bue... -comenzó contestándole Tucho mientras, haciendo oscilar la mano vuelta y vuelta, ora la palma hacia arriba, ora el dorso, intentaba hacerle ver esa perpetua insatisfacción gallega- La vitaaa... -añadía por toda explicación.
Y María, como quien descubre un secreto guardado con celo, le respondía comprensiva:
-Aaahhh, la vitaaa...!
Y los dos volvían a sus tareas satisfechos por haberse entendido.
Yo tuve la suerte de conversar también con María. Era un lunes, poco después de las seis de la mañana, y yo acababa de asomar al huerto donde el día lo inundaba ya todo. En cuanto salió a la terraza y me vio se dirigió a mí creyendo que era la hermana de Tucho llegada de Galicia. No lo era, fue lo poco que le pude hacer entender, y, aunque cruzamos varias frases incomprensibles para ambas que me hicieron querer huir hacia el interior de la casa, María no se desanimó y siguió hablando con un enorme interés por mí. Al final me ofreció un café y yo le respondí agradecida que estábamos a punto de tomarnos el nuestro. Lo que le dije era mentira, pero aun así las dos nos despedimos con ese lenguaje amable y universal de las sonrisas.
A Tucho, que sigue hablando con sonrisas y en gallego a sus vecinos -que en vez de gallegos nos llaman galicianos-, le tuve mucha envidia esos días. Por su huerto, por su casa y por vivir en una montaña tranquila y repleta de tiempo y de paz; tiempo y paz para dejar reventar, como los árboles con sus brotes, todo lo que le bulle por dentro. Lo envidié mucho por eso, pero también por tener una vecina curiosa que todavía mira y habla a la gente a los ojos.

Nota: María es la que asoma a la derecha de la foto, sobre el balcón. Tucho es el que mima su obra y el que, hasta en la camiseta, lleva a 'Galiza no corazón!'.

sábado, 26 de julio de 2008

Miedo en los ojos


Hubo un tiempo en el que, cuando salía a caminar, encontraba cosas bonitas, o curiosas al menos. Caminando por Palma, por ejemplo, me topé ante los pies con el comodín de una baraja. Y no un comodín cualquiera, sino uno con un dibujo en blanco y negro de un loro -o periquito- vestido con traje de época y chistera. Otro día, andando descalza por la orilla del mar, una ola delicada depositó justo delante de mis pies un billete de cinco euros; un billete, sí, que decidí gastar para brindar con cerveza por la buena suerte. Otro día, paseando por la calle Real vi a una señora que caminaba ayudándose de una muleta. Iba con dos o tres mujeres más y, al llegar a la altura de unos músicos callejeros que tocaban alegres como gitanos de Kusturica, levantó su muleta y se puso a bailar.
Ahora ya no me pasan esas cosas. Hoy, en esa misma calle donde a aquella mujer la música le alegró el día, me encontré con un chico acorralado como un animal. No sé que pasó antes de que yo desembocase allí desde Canuto Verea, pero lo primero que vi al llegar, poco antes de las cuatro y media de la tarde, fue un coche de la Policía Nacional, otro de la Policía Local y un municipal en bicicleta. Todos estaban allí para detener a un solo chico que supongo que estaría vendiendo cedés y al que acompañaba otro, más o menos de su edad, contra el que parecía que los policías no tenían nada. Al detenido lo tenía agarrado por los brazos un agente local e intentaba arrastrarlo hacia el coche mientras le hablaba irritado, pero el chico no se movía y trataba de convencerlo con los ojos de que no se lo llevase. No intentaba soltarse ni huir; sólo quedarse quieto. "Es que lo que no puede ser es que se ponga así", protestaba el policía de la bicicleta, ofendido casi. Todavía llegó otro coche de la Policía Local antes de que los cinco o seis agentes que agarraban o vigilaban al chico consiguieran meterlo en el coche. Si lo lograron fue porque el amigo del chico, de piel tan oscura como la suya, le estuvo hablando en la puerta del coche, mientras los policías seguían haciendo fuerza para hacerlo entrar. Le dijo, quizá, "no te preocupes, ya te soltarán" o "es mejor que entres, si no va a ser peor". Y el chico detenido acabó dejándose hacer, pero no tenía mansos los ojos, sino llenos de miedo. Miedo no sé de qué, pero miedo puro, primitivo. Quizá era miedo al calabozo o a lo desconocido. Quizá miedo a volver a su país o a emprender de nuevo la ruta suicida que, tal vez, lo trajo un día hasta aquí.
Yo me metí enseguida en el chino que tenía a mi altura e intenté olvidarlo.
Pero no he podido.

(Nota: pensé en no incluir imagen o poner sólo un fondo oscuro, pero por las calles sigue habiendo a veces músicos callejeros que te obligan a menear la cadera a su compás y te alegran la vida. Éstos tocan en la Piazza Navona, ante la Libreria Spagnola de Roma)

miércoles, 16 de julio de 2008

Yo vi a esa perra

Hoy publica La Voz, bajo el título de Engaño, que el chico que pide en la calle Real no tiene ninguna perrita en la perrera municipal que tenga que rescatar, como se puede leer en el cartel que tiene sobre los pies. Yo ni me había fijado en el letrero donde cuenta que se la han llevado porque no tiene microchip y que si no reúne sesenta euros esta semana la sacrificarán. No me siento engañada, por tanto, pero sí doy fe de que aquella perra dorada de orejas picudas de la que un día hablé —aunque entonces no sabía que era hembra— existe, existió al menos, aunque ya no esté junto a su dueño. No sé si esa "magnífica representación teatral" que le atribuye un vecino es tal y, de serlo, si le está dando resultado, pero de lo que también puedo dar fe es de que, cuando lo vi con su perra, también estaba pidiendo, también parecía pobre.
A lo mejor resulta que lo de parecer pobre también forma parte de la representación y, en realidad, no es tampoco pobre. Quizá sea una estudiada estrategia de markéting para sacarnos a los ingenuos viandantes las pequeñas monedas de cobre con las que no sabemos qué hacer en la cartera. Quizá sea así de perverso en su fingida pobreza.
Casaría bien con esa perversidad que lo ha podido llevar a traicionar el corazón de la gente al contar una historia de una pobre perrita a punto de morir, una historia que conmueve hasta el punto de hacernos rascar el bolsillo; una historia que nos llega dentro, que bien merece los euros que podemos soltar. Una historia de verdad y no esa otra, tan manida y sin gracia, de "Pido para comer".

lunes, 14 de julio de 2008

Il primo gatto di Roma


El de la foto es Micheli -el bautismo es mío-, el primer gato que vi en Roma. Llegamos a las once y media de la noche al aeropuerto de Ciampino y mientras decenas y decenas de pasajeros esperábamos irritados e incrédulos el autobús que nos habían prometido a medianoche y que al final llegó a la una, apareció este gato rayado y gris desde un lateral de la terminal. Caminó pausado por una pequeña rampa que descendía hasta la acera y comenzó a pasearse con parsimonia entre maletas y pasajeros desmintiendo el carácter huidizo de los gatos y, más aún, de los gatos callejeros. Aunque era un gato netamente italiano, los modales que empezó a desplegar mientras se dejaba acariciar por quien le extendía la mano o cuando se sentaba inmóvil, como una estatua egipcia, ante quien estaba comiendo me recordaron sin remedio al jeitinho brasileiro, esa manera peculiar de manejarse en la vida que se ha ganado incluso una definición en la Wikipédia. Era, sin duda, un profesional de la supervivencia que en cuanto percibió que el apetito de los cabreados viajeros no daba para más de dos o o tres bocados de generosidad se retiró con discreción y elegancia por donde había llegado.

Lo que me dejó, sin embargo, fue la intuición de que ese arte de sobrevivir no sólo marca a los gatos y que fue quizá la abundante emigración italiana a Brasil lo que acabó de perfeccionar esa manera tan eficaz de manejarse en la vida llamada jeitinho.

Y lo digo porque, nada más desembarcar en esa acera en la que estuvimos más de una hora varados, una empleada de la compañía -que sólo se dirigió a nosotros en las pequeñas pausas que le permitía una febril comunicación telefónica- se atrevió a sugerirnos que hiciésemos una cola. Uno de mis tres compañeros de viaje, la única chica, se apresuró a replicarle que de eso nada, que todos estábamos esperando el mismo autobús, que habíamos pagado el billete seis horas antes en Santiago y que sólo nos faltaba ponernos a hacer cola. Y la empleada, avispada y resuelta, puso cara de 'bueno, vale' y se alejó sin darnos más importancia. Poco antes de la una, cuando las veinte o treinta personas que aguardábamos en la acera a primera hora éramos ya más de sesenta y la posibilidad de quedarnos sin asiento planeaba sobre todas las cabezas, la empleada y su teléfono volvieron a aparecer en la acera. "No quisisteis hacer una cola...", se encogió de hombros, como quien da una lección magistral a un adolescente rebelde al que ni siquiera se digna a mirar -mi compañera refunfuñaba perpleja, claro-.

En cuanto llegó el autobús, la empleada empezó a contar, como una maestra de parvulario, a los viajeros que alcanzaban los peldaños de la puerta delantera después de apelotonarse, empujarse y pisarse sin sentirse obligados a pedir perdón. Al terminar el recuento y la tensa batalla, quedaron tres chicas fuera del autocar. Yo confieso que hubiese estado entre ellas si, en lugar de tener un compañero que me empujó hacia dentro mientras con la otra mano tiraba de una yanqui gruesa para abrirme a mí hueco, hubiese viajado sola. Pero no, yo estaba en mi conquistado asiento. Los cuatro lo estábamos y, con los nervios, la rabia y el alivio borboteándonos todavía dentro, creímos entender por los gestos que la maestra-empleada y su teléfono les estaban diciendo a las tres viajeras que tendrían que esperar una hora el siguiente autocar, un espejismo-pesadilla al que las chicas respondieron haciendo ademán de dirigirse a un taxi con cara de echarse a llorar. Al final, no se sabe por qué circunstancia extraña que no se diese minutos antes, la controladora y su teléfono las dejaron subir graciosamente. Y nosotras, las dos chicas de mi grupo, les aplaudimos -a las tres desesperadas, claro-. Y todos contentos.

¿Dónde viajaron? Quizá sentadas en el pasillo. ¿Y la normativa de transporte? ¿La seguridad? Ma qui cosa! Mientras bajábamos a Roma, con música romántica que nos pareció perversamente elegida para templar nuestros ánimos y con un tráfico propio de pleno día, adelantamos a 120 por hora por un túnel limitado a 60; ¡volamos en la noche romana! Y no pasó nada, que diría -supongo- el conductor.

El mismo chófer, por cierto, que a la vuelta, de la estación Termini al aeropuerto, hizo el recorrido con la puerta central del autobús abierta -justo a la altura de nuestros asientos- porque no estaba puesto el aire acondicionado. Y se lo agradecimos. Por supuesto.

(Ya lo decían aquellos famosos galos: ¡Están locos estos romanos!)

miércoles, 25 de junio de 2008

Rebajado


Hoy han empezado las rebajas en Blanco. Una locura de tres o cuatro días en los que todo está a mitad de precio; al quinto ya no queda casi nada. Cuando he salido a comer me he encontrado en la puerta a tres compañeras de trabajo y una de ellas llevaba una bolsa grande de la tienda. "¡Hala, Fulanita! -le dije- Ya has arrasado con las rebajas de Blanco!". Me contestó que no, que la bolsa no era de hoy. "¡Pero a comprar vamos ahora!". Y se fueron las tres muertas de risa. Al llegar por la tarde, otra compañera tenía una bolsa de Blanco sobre la mesa. "¡Diez euritos un vestido! Y me queda de bien...". Y de nuevo risas.

A media tarde, llegó otra compañera, risueña y loca como siempre. "Hoy no hay chica sin bolsa de Blanco". Y contó que ella se había comprado dos chaquetas y una camisa. "Me voy a hacer un recadito y ahora vuelvo", dijo con mirada pícara mientras salía con la cartera en la mano. Poco después, la amiga de una compañera la llamó para que le dejase las llaves de su casa, donde había dejado las bolsas de sus compras en Blanco. "¡Y se compra unas cosas que luego no sabe si ponerse!", explicó mi compañera.

Poco después de las ocho y media -una hora poco usual de salida- me despedí hasta mañana y enfilé a paso vivo hacia la calle Real en dirección a Blanco. Algo tenían que haber dejado. La calle estaba llena, como casi siempre a esa hora, y yo apuraba para aprovechar el poco tiempo hasta la hora de cierre. Cuando andaba por la mitad del camino giré sin querer los ojos al lado izquierdo de la calle y entonces me encontré con aquel chico, el mismo que a veces paraba bajo el letrero de la fantasmal Casa Manolita. Estaba sentado en el suelo, con los codos en las rodillas y las sienes apoyadas en los nudillos, derrotado, y tenía ante sí una funda negra de guitarra salpicada por un puñado de pequeñas monedas de cobre. Intenté hacer como si no hubiese visto, pero no pude dar más de cuatro o cinco zancadas antes de que la vergüenza me frenase los pies. ¿Vergüenza de qué? No sé decirlo, pero vergüenza enorme, física, de la que hace enrojecer los ojos y encoge por dentro. Antes de llegar a Canuto Verea, di media vuelta, busqué la cartera y apreté en el puño el único billete que tenía, uno de los pequeños. Al llegar a su altura, me agaché y dejé el papel sobre la funda de la guitarra con mano veloz, como si lo hubiese robado. Creo que cuando suspendió su gesto abatido y levantó los ojos hacia mí ni siquiera había visto el billete. "Muchas gracias", me dijo como si le hubiese ayudado en algo, pero sin perder esa expresión de angustia que ya le había visto otras veces. Seguí caminando hacia casa, avergonzada todavía, triste.

Cuando una hora después volví e hice la foto a la tienda, había una empleada dentro recogiendo los últimos bártulos antes de irse a casa, y un guarda bajando la reja. Unos metros más allá, el chico seguía sentado en el mismo sitio, con la cabeza ahora erguida. Al llegar a su altura, ni me atreví a mirarlo.

Quizá mañana, después de encontrar una blusa mona o unas sandalias baratas en Blanco, su cara de angustia se me haya olvidado ya.

jueves, 19 de junio de 2008

Homenaje

Reproduzco íntegramente el editorial de Notodo.com, del que sólo suprimiría a la loca de BB:

Por supuesto que se puede querer más a un gato que a un hombre. De hecho, el hombre es el animal más horrible de la creación. Así de rotunda se mostraba Brigitte Bardot para defender su amor a los felinos. Hoy, nos van a perdonar, no vamos a dedicar nuestro editorial a BB (que también se merecería uno) sino a esos pequeños animales domésticos tan parecidos a nosotros (en casi todo). Marcel Mauss, el padre de la etnología francesa, proclamó que el gato es el único animal que ha logrado domesticar al hombre. Aldous Huxley, el autor de Un mundo feliz, confesó que si quieres escribir sobre seres humanos, lo mejor que puedes tener en casa es un gato. Mark Twain, con mucha ironía, declaró que, si fuese posible cruzar a un hombre con un gato, mejoraría el hombre, pero se deterioraría el gato, quizás porque, como dijo Colette, no hay gatos corrientes. Como ven, el mundo está lleno de hombres que han rendido pleitesía a los mininos. ¿Qué opinarán, por su parte, los gatos? Les dejamos con una frase de Garfield: Tigres, leones, elefantes, perros, focas, caballos, chimpacés, pulgas, hombres… ¡Todos han pasado por ello! Los únicos que nunca hemos hecho el imbécil en el circo… ¡somos los gatos!

martes, 10 de junio de 2008

La madre de Sergio

Ayer conocí a Alicia Fuentes, una mujer de 43 años que lleva más de seis sin ver a su hijo pequeño, Sergio. El niño cumplirá en agosto 12 años y Alicia se pregunta si habrá hecho la Primera Comunión. "Qué triste es para una madre no poder ver a su hijo haciendo la Comunión". Y mientras me lo dice oigo como empieza a llorar mientras yo sigo tomando notas con los ojos clavados en la libreta. Cuando levanto la vista sigue con la cara enrojecida, porque ella es de piel muy clara, de ojos muy azules y de pelo rubio, aunque ahora se lo haya puesto medio pelirrojo. "Me echo el color en casa; es por cambiar", me explica. Dice que desde lo de Sergio no tiene bien la cabeza, que se olvida de algunas cosas. Piensa que Sergio, al que pudo llamar Sergio hasta que a los cinco años lo vio por última vez en la casa cuna donde vivía, quizá ya no se llame así. "Igual le pusieron otro nombre", me dice, sin explicarse por qué le ha pasado a ella esto. "A lo mejor me lo quitaron porque era un niño muy guapo". Y saca de la cartera una foto de carné en la que malamente se ve a un niño rubito y muy bien peinado. Sabe que si Sergio la tuviera de nuevo delante quizá no querría volver con ella. "Pero poco a poco... Los dos vamos a necesitar ayuda", explica, y ya da por supuesto que va a ser verdad la esperanza que ha vuelto a encender un tribunal hace unas semanas.

El niño de Alicia fue dado en adopción por la Xunta a una familia que lo tenía acogido desde 2002 y ahora el Tribunal Constitucional ha dicho que la adopción es nula porque no se escuchó a la madre biológica, que siempre se opuso a entregar a su hijo. Su proceso judicial está aquí y otras cosas que me ha dicho son éstas.


No se me ocurrió llorar delante de ella por muy duro que sea ver a una madre a la que le han robado a su hijo porque intento ser profesional y no implicarme, pero cuando una hora después estaba sola en casa haciendo la comida, sin dejar de pensar en ella ni en su hijo, tuve que desahogarme. Me estaba ahogando imaginar a un niño de cinco años al que le han robado a su madre.

lunes, 2 de junio de 2008

Secretos


El huevo del
nido que yo conozco hace semanas y semanas que se abrió y lo que llevaba dentro no es secreto ya para nadie. Si fuese una niña buena, me lo hubiese guardado para mí. Pero ahora ya no tiene remedio. Ya no tengo secreto...

Sei um ninho.
E o ninho tem um ovo.
E o ovo, redondinho,
Tem lá dentro um passarinho
Novo.

Mas escusam de me atentar:
Nem o tiro, nem o ensino.
Quero ser um bom menino
E guardar
Este segredo comigo.
E ter depois um amigo
Que faça o pino
A voar...

(Miguel Torga, O segredo)

domingo, 25 de mayo de 2008

Moha

Me lo contó un viernes que me encontró cenando en un mesón de La Franja con un amigo de fuera. Yo bebía albariño y comía pulpo mientras él trabajaba llevando sus vitrinas portátiles con anillos y collares de plata por los bares. En un papel cualquiera, quizá una servilleta, le anoté los teléfonos de casa y del trabajo y el móvil para que me llamase después de hablar con el abogado de Ecos do Sur, una ONG que apoya a las personas inmigrantes. Quería traerse a su mujer, una chica a la que conocía desde niño y con la que se había casado por poderes hacía menos de seis meses como atestiguaba el oro brillante de su dedo color chocolate, y me ofrecí a encabezar la carta de invitación que, según él, le exigían para que ella pudiera entrar en España.

Lo vi varias veces más sin que me diese novedades del asunto, pero hace un par de semanas me hizo llegar la tarjeta del abogado de la ONG para que lo llamase y me explicase los requisitos. Telefoneé al día siguiente por la tarde y, aunque el abogado no estaba, una compañera suya me aclaró qué trámites podía hacer o, más bien, me dijo que no podía hacer ninguno.

La carta de invitación, que se tramita en la Policía Nacional a cambio de 100 euros, no es imprescincible, aunque puede ayudar, pero siempre que se conozca a la persona invitada.

-Bueno... tu conoces al marido, ¿no? ¿Tiene papeles?

No tiene papeles ni dinero ni tampoco debe de tenerlo su joven mujer, al menos no el suficiente como para hacer turismo por España durante tres meses, condición insalvable para obtener el visado.

-En Senegal es muy difícil que se lo den si no tiene dinero. Además sólo con pedirlo le van a cobrar 50 euros, aunque al final no se lo den.

Esa historia me encajó mejor con la realidad que imagino en fronteras y consulados que las esperanzas que me hizo albergar mi amigo; pero a él, que llegó hace cuatro años pasando por mar desde la punta de África al extremo de Europa, la respuesta se le clavó cuando se lo conté como una espina de pescado en la garganta.

Me encontró esa misma noche en un bar y se vino derecho a mí. Empezó a contarme que me había dejado la tarjeta del abogado, como para intentar recordarme su historia. Le corté y le dije que ya había llamado y me habían aclarado todo. Dos frases más tarde, comenzó a frotarme el brazo para consolarme. "No pasa nada", me dijo con los ojos enrojecidos y brillantes. "No pasa nada", repitió varias veces mientras volvía a estrecharme el brazo con su enorme mano para darme los ánimos que él estaba necesitando.

Todavía se quedó un rato explicándonos el mercadeo mafioso que existe en torno a los visados en Senegal y asegurándonos que en seis meses iba a tener los papeles y ya podría traerla. Se lo había dicho el abogado.

Cuando nos despedimos le dije, como una madre, que no anduviera a la lluvia, que caía entonces en gotas finas y pertinaces.

-¿La lluvia? -se sorprendió divertido- ¿¡Pero si yo ya soy gallego!?

Me dejó esa sonrisa en los labios, pero mientras lo veía caminar hacia la puerta para seguir su ruta nocturna y húmeda de bar en bar sentí una punzada por dentro, como si otra espina se me hubiese anclado también a mí en la garganta.

martes, 20 de mayo de 2008

Una sonrisa

Este niño lleva en la cara el barro que ha dejado el ciclón Nargis en el sur de Birmania. Tal vez lo ha perdido todo, o casi todo. Menos esa sonrisa.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Gran Hermano de altos vuelos

Esta mañana he conocido a Virgili -ése debe de ser su nombre-, un polluelo de águila imperial ibérica que ha nacido en el Parque Nacional de Cabañeros, que comparten las provincias de Ciudad Real y Toledo. Los padres de Virgili son la primera pareja de su especie que ha formado su nido, ha copulado y ha incubado su huevo ante el ojo impasible de una webcam.

He entrado esta mañana por primera vez y me he topado con una mancha blanca rodeada de follaje que apenas cabeceaba. He regresado a la página principal y he visto los vídeos de la labor entregada hecha por sus padres hasta entonces convencida de que la cámara era un buen reclamo, pero que poco se podía sacar de ella en directo. He visto los vídeos de cómo las águilas adultas formaron su nido y he escuchado los arrebatos de su amor -ese momento que nos iguala tanto a los animales- y, antes de cerrar la página, he vuelto a echar un vistazo a la webcam para escuchar, sobre todo, el sonido del viento entre las ramas y el parloteo de los pájaros a cientos y cientos de kilómetros. La pantalla me devolvió entonces a un pollo grande y despabilado mirando a un lado y a otro desde el nido. Sentí la emoción de estar presenciando algo grande, pero antes de poder asimilarla apareció un águila adulta que se puso a alimentar ajetreada a su polluelo. Me los quedé mirando un rato maravillada. Me pareció un milagro.

Cuando he empezado a escribir esto Virgili estaba ensayando la mirada de águila que le hará tanta falta cuando sea adulta y atusándose las plumas. Ahora ha vuelto a amodorrarse en el nido, como la primera vez que la vi.

Si todo va bien, abandonará el nido a mediados del mes de junio. Tendrá todavía que aprender a volar. Espero que me descubra el secreto para alzar el vuelo.

domingo, 11 de mayo de 2008

¿Cuánto hace que no ves un caracol?

Si la respuesta es meses, años o no lo recuerdo, "deberías ver menos la televisión", como aconsejaba aquel breve espacio de La Bola de Cristal. "Tienes 15 segundos para imaginar...", decía una voz mientras aparecía en pantalla una imagen pixelada. "...si no se te ha ocurrido nada -añadía transcurrido el tiempo-, deberías ver menos la televisión". Y yo, que siempre me atrofiaba mientras iban goteando los segundos, me quedaba toda frustrada por mi falta de ingenio.

Lo del caracol puede llegar a ser igual de grave. Cuando me encontré éste la semana pasada salí corriendo a buscar la cámara como si hubiese descubierto un animal en peligro de extinción. Hacía mucho que no me cruzaba con uno y pasarme esos minutos -los que el bicho tardó en recorrer los veinte centímetros que lo separaban del seto donde se cobijó- observándolo me reconcilió un poco con el mundo y, sobre todo, con el tiempo. Ya está bien de ese corre corre, entendí que me decía. Y le di la razón. A veces para vivir de verdad hay que pararse a ver el cielo, a escuchar el mar o a oler el campo mojado.

sábado, 10 de mayo de 2008

Poesía en el súper

Acabará siendo poesía basura -cuando utilice la bolsa para el cubo de los residuos- pero por el momento es un soporte curioso y popular para los versos. El próximo sábado es el Día das Letras Galegas y está dedicado al tudense Xosé María Álvarez Blázquez. Por eso las bolsas del Gadis recitan:

Botar unha cometa
era guindar os soños
todos pola fiestra.
Era poñer a ialma
por enriba das ponlas
máis ergueitas da fraga.
Era andar cos miñatos
nun outo vóo suspenso
sobor da paz dos campos.
Era ter -cousa meiga!-
o corazón atado
cun longo fío á terra.

(A Cometa)

domingo, 4 de mayo de 2008

Bilingüismo

Martín (3 años) ha empezado a hablar como lo hacen en sus libros y ahora dice "he comido" o "he ido" en lugar del "comí" o "fui" propios de su realidad sociolingüística.

Escena:
La tía María, sentada a la mesa frente a Martín, se pelea con la pata de un buey de mar. Al partir la pata, sale despedida hacia no se sabe dónde una pequeña esquirla del caparazón.
MARTÍN: ¡Tía! ¡Te ha chimpado!
MARÍA: ¿¿!!??

miércoles, 30 de abril de 2008

Agua en los zapatos

He tenido que ir a Peruleiro, a la calle Gil Vicente, con la tapa de mi olla a presión, que he estado a punto de sustituir por una cacerola nueva y cara. En el servicio técnico me han cambiado la pieza rota y me han cobrado tres euros. Cuando pagaba y explicaba a la mujer que casi me compro otra olla, ha empezado a llover. "¡Qué va, mujer! Hay que preguntar siempre", me ha dicho ella sonriendo. Nada más salir de la tienda me he parado en la puerta, al amparo de la fachada, con la tranquilidad de quien no tiene prisa, mientras aquella lluvia de primavera empezaba a convertirse en algo serio. Tanto, que en menos de un minuto han comenzado a rebotar perlas de granizo sobre los coches. Mientras esperaba que amainase, he podido ver a un cliente que había salido poco antes del servicio técnico. Había llegado unos segundos después que yo y, mientras reparaban mi tapa, él ha pedido una aspiradora que había dejado a arreglar. "Está en garantía, pero no la encontré. Así que... a pagar", ha sugerido con poco éxito. Bajito, cincuentón, bien vestido, quizá divorciado. "¿Y cómo se nota que los sacos esos están llenos?" La mujer le ha explicado que el aparato dejaba de aspirar bien. "¿Pierde potencia o qué?". "Claro, claro que pierde potencia", ha añadido la mujer como si su explicación anterior hubiese sido suficiente.
Con la factura pagada y el cambio en el bolsillo, el hombre ha agarrado con determinación el asa de la aspiradora y cuando ha ido a levantarla se le ha desmontado medio aparato. Yo, que lo tenía a mi derecha y más que ver he intuido y oído el estropicio, he seguido con la vista al frente, muerta de risa por dentro ante aquella lucha entre el hombre y la máquina, pero los segundos se me han hecho infinitos hasta que la ha vuelto a componer y ha salido.

Poco después, mientras veía llover al abrigo de la fachada, he podido sonreír a gusto al verlo correr por la otra acera con su aspiradora en la mano y la cabeza gacha, pero ya no era lo mismo.
Yo, por mi parte, he tenido que esperar un buen rato a que el granizo diese paso a la lluvia y ésta a la llovizna, pero no he podido evitar que al bajar aquella calle empinada de Gil Vicente, por donde el agua estaba corriendo entonces entre los coches como un regato, se me hayan empapado los calcetines y los zapatos. Al ritmo de ese chof chof han bajado mis bailarinas el paseo de Ronda y, como premio a su alegría, se han topado con un tímido arco iris en el cielo gris plomo. Al llegar al paseo marítimo, el sol ha empezado a calentar de nuevo y he podido caminar hasta casa despreocupada y con los pies mojados, como una niña pequeña y feliz.

domingo, 27 de abril de 2008

Una tacita de Twinings

No es una tacita; es más bien un tazón; un tazón humeante de té con limón. Té con limón, sí; me gusta. Me gusta desde el lunes; me gusta a pesar de que el domingo pasado me tomé uno con aprensión y disgusto. Mientras lo saboreo complacida, como podría hacer casi con un cafecito con leche bien caliente, pienso en todo lo que durante años me disgustó -a veces hasta el asco, otras hasta la desesperación- y un día, por una extraña magia, comenzó a gustarme hasta el deleite. Ninguno de esos cambios de gusto tiene explicación -yo, al menos, la desconozco-, pero algunos recibieron un empujoncito feliz que hizo salir de la lista negra objetos, sabores y sujetos que, en ocasiones, han llegado a convertirse en imprescindibles y hasta definitorios. He hecho una lista con algunos de ellos:

La cerveza. No era ya su sabor, sino sólo su olor; me resultaba destestable. Por suerte, lo superé pronto; a los dieciséis o diecisiete años. No hay bebida mejor.

Los tomates. ¡Qué envidia me dio siempre ver a la gente comer tomates! Me parecieron desde pequeña tan apetitosos con ese rojo intenso y jugoso que lo intenté veces y veces, pero acabé siempre con un frustrante mal sabor de boca. ¿Y qué pasó? Pues que un día no me quedó más remedio que comerlos; fue por hambre. Las monjas de la residencia de mi primer año de universidad nos ponían a menudo de cena dos o tres empanadillas pequeñitas con tomate y, a pesar de mi tozuda negativa a tragar aquellos cuartos encarnados, acabé comiendo una noche, y otra y otra. Es que tenía hambre; mucha hambre a veces. Se lo agradezco tanto a aquellas monjas tacañas y retorcidas...

El Chanel nº 5. Me lo regalaron hace diez años casi y me pareció terrible. "Huele a pedo", dije desagradecida y muerta de risa. En realidad no olía a pedo, sino más bien a polvos de talco. No he dejado de usarlo desde entonces. No he usado ningún otro.

La fantasía y la ciencia ficción. Quizá fui una niña demasiado seria y no llegué a apreciar a Alicia ni al Principito ni los cuentos de magos y dragones hasta hacerme mayor, hasta sentirme segura no sé bien de qué. Lo de la ciencia ficción se lo debo a H. G. Wells, tan capaz de escarbar por dentro para descubrir lo que se siente ante lo desconocido.

Las aceitunas negras. Me encantan las aceitunas negras. Un día de no hace muchos años comí una y me pareció deliciosa. Hasta entonces las detestaba. No hay más explicación.

Las manzanas golden. Esto creo que tiene que ver con hacerme vieja. A medida que cumplo años más voy apreciando la fruta madura en lugar de la que me estremece con su acidez, que me volvía loca desde niña. Ayer pagué una pequeña fortuna por dos manzanas golden cuando tenía al lado unas granny smith mucho más baratas. Son los años, seguro.

La tónica. No hace mucho que la tomo y, si empecé a hacerlo, fue porque estaba mezclada con ginebra. ¿Para qué nos vamos a engañar? Lo cual no quiere decir que, una vez que le he cogido el gusto, no la tome sola. Lo que más me gusta es la tónica y el limón; no la ginebra. Palabra.

Los gatos. Cuando era adolescente me dijeron que los gatos -que ya entonces me asustaban terriblemente- saltaban en la oscuridad a lo que se moviese y que por las noches, cuando alguien estaba durmiendo, se lanzaban a la yugular atraídos por el ritmo pausado de la respiración y el latir de la sangre. Les tenía pavor y me moría de miedo las pocas veces que tenía que ir a echar las raspas de pescado a la puerta del cortello, donde aparecían con el rabo tieso y el ánimo voraz cuatro o cinco gatos de los que vivían sueltos por la finca. El día que Alejandra me dijo que tenía una cosita para mí era 15 de agosto, día de mi santa. Me lo anunció de noche, cuando estábamos ya contentas por los bares, y le dije que sí, claro. Al día siguiente, con ese sentido de la responsabilidad que me lleva a no comprometerme con casi nada, tuve que asumir ese que había dado como una inconsciente. La palabra es la palabra. Le pedí que fuera un macho, por favor, y ella se puso a rebuscar entre la camada para elegirme al más espabiliado. Tan espabilado era, que al mes de tenerlo en casa tuve que cambiarle el nombre porque en lugar de un macho listo me había salido una hembra -¡qué si no!-. De eso va a hacer casi ocho años. Benditas cervezas las de aquella noche.

El té. Lo último ha sido esto: el té. Llevo una semana teteando y ya me lo pide el cuerpo a media mañana. Calienta por dentro y activa el cerebro.

Lo que ahora me da miedo es pensar qué empezará a gustarme mañana.