domingo, 23 de noviembre de 2008

El precio de ser

Un día de hace unos años, en la presentación de un programa de educación para países en desarrollo, escuché a Donato hablar de la pobreza. Yo estaba tomando notas y esperaba una frase sencilla y redonda del futbolista, una petición de dinero, de medios para los que no tienen, un llamamiento a la educación como herramienta para salir de la miseria, pero Donato, que se crió en una familia humilde de Rio de Janeiro, no pidió eso. Para los pobres, Donato pidió respeto. Lo dijo así, de forma sencilla, sin levantar la voz, sin aspavientos, y en apariencia nada se movió en aquel salón de plenos.

Aquella era una frase tan pequeña, tan díficil de encajar, que al final creo que ni siquiera la usé en mi breve reportaje, pero de todas las que he oído durante estos años en entrevistas, ruedas de prensa, presentaciones... ninguna me ha llegado tan dentro ni me ha hecho pensar tanto como aquella pequeña frase: pensar en todas las miradas desdeñosas que he lanzado, que he visto lanzar hacia los que no tienen; pensar en todos los ojos que ni siquiera han llegado a posarse en ellos mientras un gesto con la cabeza bastaba para decir que no, como si desviar la atención hacia el que pide, hacia el desharrapado pusiese en peligro el trazo recto e impecable de mi vida, de nuestras vidas; pensar en esa terca voluntad que tenemos de hacerlos invisibles, como si no tener fuese no ser; pensar en que lo que de verdad me diferencia de ellos no es mi talento ni mi inteligencia, tampoco mi bondad, mi tenacidad o mi simpatía, sino solamente mi dinero; pensar en que sólo por eso alguien puede respetarme a mí y a ellos no.

A veces, cuando he escuchado maldecir o despotricar al que pide cuando paso a su lado y no suelto una moneda (no suelo soltarla), no he podido menos que sonreír para mis adentros y darle la razón. Y he pensado que, si yo fuese pobre y tuviese que pedir, haría muchas veces lo mismo.

Lo haría con el que no da, pero, sobre todo, con el que no mira.

2 comentarios:

pau dijo...

Es precisamente la mirada la que da esa oportunidad al otro. Es el umbral de nuestras almas. Me gusta como te ha quedado, me gusta mucho. Con esa coda final. Cada vez mejor. Te envidio.

María B. dijo...

Te mereces un pincho de tortilla. Lo noto.