martes, 28 de julio de 2009

Una línea telefónica argentina permite escuchar cuentos

Es la noticia más interesante que he encontrado hoy en la prensa, y una de las más breves:

Efe
BUENOS AIRES
Una línea telefónica de acceso gratuito permite acceder a narraciones de 30 cuentos infantiles mientras gran parte de Argentina mantiene suspendida la actividad educativa ante el avance de la gripe A. La iniciativa del Ministerio de Educación y el Plan de Lectura fue lanzada cuando las clases llevan suspendidas casi un mes. Hasta el próximo lunes, cuando reabrirán las escuelas, estará disponible una línea telefónica gratuita Cuentos: lecturas para escuchar.

A mí me gustaría llamar y poder escuchar algo así:

lunes, 20 de julio de 2009

Escribir de cabeza

Escribir de cabeza es, a veces, un ejercicio práctico y sumamente eficaz. El cerebro empieza a teclear, como conté el otro día que se puso a hacer el mío, y cuando te quieres dar cuenta tienes escritos un par de párrafos o tres que luego, al sentarte ante el ordenador, salen a borbotones. Es, digámoslo también, texto en bruto, que hay que pulir y abrillantar, pero en él está la esencia de lo que queremos contar, la sensación, sentimiento o emoción detonantes de ese hormigueo narrador que a veces se siente en la yema de los dedos.

Otras veces, sin embargo, escribir de cabeza se vuelve un ejercicio tozudo e impertinente; terco como un remordimiento. Empieza igual que el otro: tecleas con un par de neuronas, como otros hacen con dos dedos, y esperas a tener un rato para ponerlo en pantalla o en papel, pero si ese rato no llega o la emoción se diluye con el paso de los días y pierde su oportunidad, lo escrito se queda amarrado ahí, no sé bien dónde; se agazapa y espera que otra sensación, sentimiento o emoción lo avive, como las pulgas esperan, pasando de un humano a otro, encontrar un cuerpo de animal peludo y cálido donde crecer y hacerse fuertes de nuevo. Sé que escribir de cabeza es así a veces y, aunque me he tomado el trabajo de explicarlo y estar denunciándolo ahora, no me rebelo. Sé que no puedo.

Lo que yo dejé sin escribir pasó hace más o menos dos meses y, si no lo transcribí en este cuadernillo después de digitarlo de cabeza, fue un poco por dejadez y falta de tiempo y otro poco –bastante- por no tener que confesar un miedo nuevo, por no exponer con temeridad otro punto flaco de esta alma que se está volviendo tan sensiblera.

Hace un par de meses encontré una casa nueva: un piso muy grande, de techos altos y paredes recién pintadas, con cocina, baños y ventanas preparados para que alguien los estrenase, y donde Elsinha, Xosé y yo tendríamos todo el confort, la seguridad y el silencio que mi vieja casa nos venía escatimando en los últimos tiempos. Estaba tan contenta que ya me tardaba recibir las llaves nuevas; estaba tan ilusionada que, sin pereza y con toda eficacia, gestioné los cambios de suministro de luz, agua y teléfono, abrí una nueva cuenta bancaria y llamé aquí y allá para modificar mis datos postales, y todo en dos o tres días; estaba tan atareada, tan entusiasmada y tan feliz que cuando una tarde, días antes de hacer la mudanza, me senté en mi viejo salón de paredes desconchadas sólo tuve ganas de llorar y de no moverme más de allí.

Como si hubiese estado corriendo por un acantilado hacia un horizonte deslumbrante y hubiese clavado los pies justo al borde del terreno, justo antes de caer, frené aquella tarde mi alegría de avanzar y me aferré a esa tierra acogedora y sencilla que durante ocho años fue mi casa. Igual que una niña que estrecha a su pepona rechoncha y vieja mientras la tientan con una barbi, me acurruqué yo en el sofá y no quise dar un paso más, muerta de miedo. No quise cambiar nada sabiendo que, en ese momento, ya no había marcha atrás. Y vi tan claro mi miedo y me pareció tan infantil y, al mismo tiempo, tan dolorosamente vivo que tuve el impulso de contarlo y lo tecleé de cabeza, pero luego no me atreví y con los días se me fue olvidando…

Pero como decía, lo que se escribe de pensamiento se agarra a veces por dentro como una garrapata y, al final, no queda otra que soltarlo. Y lo suelto: a lo que tenía miedo entonces, como si fuese una niña chica, era a no volver a ser tan feliz como lo fui en esa casa, en mi casa vieja, ruidosa y llena de corrientes de aire llegadas del mar.

Y ahora que por fin lo he escrito, sólo me queda ajustar cuentas con el culpable, con el que ha venido a trastear y reavivar mis temores infantiles escribiendo, a su vez, esto:

“Si ellos forman parte de la casa o la casa forma parte de ellos es algo que a los niños les cuesta mucho distinguir. Después de quitarle a la perra, quitémosle la cocina, con su olor a comida rica para cenar. Y también el olor a ropa lavada, a lana secándose en el tendedero de madera. El olor a ceniza. A sopa calentándose al fuego. Quitémosle el viejo y cachazudo caballo que espera junto a la verja del prado. Las tareas que lo mantenían ocupado desde que volvía a casa del colegio hasta que se sentaban a cenar. La bruma del amanecer, el sonido de los cuervos chillando en las copas de los árboles.
Su ropa de faena sigue colgada de un clavo junto a la puerta de su habitación, pero nadie se la pone ni se la quita. Nadie duerme en su cama. Ni lee el ejemplar sin tapas de ‘Tom Swift y su máquina voladora’. Ya que estamos, quitémosle eso también.
Quitémosle la jarra y la palangana, ahora secas y polvorientas. El establo donde los gatos, sentados en fila, esperan con la boca muy abierta a que alguien les dé un chorro de leche recién ordeñada. Quitémosle la cuadra también, el olor a heno, polvo, pis de caballo y cuero viejo manchado de sudor, y ver la lluvia cayendo en los campos arados tras la puerta abierta. Si le quitamos todo eso, ¿qué le queda? Ante tamaña privación, ¿de qué sirve pedirle que siga siendo el niño de antes? Sería casi mejor que empezara una vida nueva convertido en un niño distinto”.

Adiós, hasta mañana,
William MAXWELL

martes, 9 de junio de 2009

Hermanos

Escribir sólo sirve para curarse del dolor. Para intentarlo. Lo digo ahora que me duele, pero podría suscribirlo mañana, que me seguirá doliendo, o dentro de un mes.
Hace dos horas que se ha muerto y en ese tiempo he hablado con ella, su hermana -mi madre-, he llorado por ella, por él, por mí; he llorado por todos nosotros, los que mañana nos reencontraremos un poco más altos, más gordos o más viejos que la última vez; he hablado, he llorado y he recordado mucho. Y, al final, mi cabeza ha empezado, sin querer, a escribir.
Ha empezado a teclear recuerdos de él, pero antes de eso ha comenzado a digitar datos: 57 años, cuarto de seis hermanos que llegaron a adultos, casado, dos hijas, trabajador del naval retirado, sindicalista, mili por la Marina, peleón en el bando de los que siempre pierden, tiernamente fanfarrón...
Me he acordado, con ese teclear imaginario, de la cara que le estaba robando año tras año a su padre, aunque ya nunca llegará a viejo como él llegó, y de lo que ayer, cuando fue capaz de llamar para avisarme de que su hermano se moría, me dijo mi madre: "Es que es una parte de mí". Como si tuviese que darme una razón para estar rota.
Esta noche ya no hacían falta explicaciones: "Ya lo achuché y estaba tranquilo. Ya está en la Gloria", creo que me dijo, ahogada.
Ella está ahora con los brazos llenos de vacío.
Yo, con mis teclas piadosas como cuentas, rezo esta noche para no tener que abrazar nunca un abismo igual.


lunes, 18 de mayo de 2009

Hablemos de Mario


Un lunes sin Benedetti es demasiado lunes. Tanto que no puedo escribir ahora, aunque necesitaría hacerlo. Ahora sólo puedo dejar copiado aquí un ejercicio que hice hace un par de años en un taller. Es mi homenaje.

Hablemos de Mario


Y lo llamo así –al señor Benedetti- porque él se toma también esas licencias y cuando escribe te trata de tú, aunque sea voseando. Benedetti apuesta por lo sencillo –que no simple- y para ello renuncia a florituras, a diccionarios y a vanidades. Su estilo es el de la frase clara, el del adjetivo sólo si es necesario y el de la descripción exigida por un narrar con el que quiere que todos lo entiendan. Y por eso muchos de sus textos responden a la plática espontánea de algún personaje o al fluir de un monólogo interior de lenguaje coloquial. La renuncia es grande –insufrible, seguro, para muchos escritores-, pero Benedetti parece que tiene clarísimo que para contar lo que quiere contar –esa tremenda carga de humanidad (buena y mala) que desborda sus escritos- lo mejor es hacerlo con eficacia, seleccionando con maestría la información y ordenándolo todo de la forma en apariencia más fácil. Y lo hace en prosa y en verso, en teatro y en novela...

Ésa es su letra, su buena y clara letra, pero también los personajes tienen similar perfil y además están todos ellos bien amarrados a la realidad, son pequeños héroes de lo más cotidiano. Muchos son clase media uruguaya, funcionarios a veces, que viven y sufren por las cosas más esenciales y menos sofisticadas: el amor, los rencores ocultos, el deber moral, la envidia, la muerte... Casi nunca se preocupa Benedetti de decirnos cómo son físicamente, pero poniéndolos a actuar y muchas veces a dudar traza de ellos un perfil psicológico y, sobre todo, ético cuyo poso permanece en ocasiones mucho más que una imagen, o que mil palabras de cualquier otra pluma. Son todos humanos de la cabeza a los pies e incluso los de verdad malos–y aquí merecen mención especial sus dos o tres torturadores, como el capitán de Pedro y el Capitán y el del cuento Escuchar a Mozart- conservan algo de la persona que un día fueron. Y siendo, quizá, uno de los trasfondos más recurrentes en sus cuentos, sorprende a veces que Benedetti se contenga tanto y que no se ensañe con los que se ensañan. Sería un error hacer eso, claro, pero resultaría también bastante humano. Lo que pesa, sin embargo, es ese escritor que ahorra al lector calificativos para lo incalificable y que no lo violenta con escenas que apenas pueden aportar algo a sus historias. La eficacia narrativa está por encima de esas denuncias amargas, que tienen más cabida en su poesía y en sus ensayos.

Y además de esa vida tan cotidiana, de esos personajes que viven sus grandes y pequeños dramas de oficina, de tren de cercanías, de tienducha de barrio; además de esa prosa libre de arabescos y de frases oscuras que pasma a veces por su sencillez; además de todo eso, Benedetti es un grandísimo contador de historias. Sus cuentos son, en la mayoría de los casos, técnicamente impecables. Sus frases iniciales sumergen al lector directamente en la historia y lo van guiando de la forma más natural -como un amigo que te conduce del brazo durante un paseo- a lo largo de una historia donde cada palabra que los personajes intercambian, cada acción o cada duda nunca son accesorias y encajan dentro del engranaje preciso del cuento; una historia en la que el significado definitivo se desvela casi siempre en la última línea. Y Benedetti entonces, con todos sus respetos, no dice nada más. Su eficacia le ahorra muchas palabras. Y lo mismo hace en La tregua, por ejemplo, que, a pesar de los errores que algunos le atribuyen, es una novela eficaz, de una sencillez conmovedora y tan humana que...

En fin, que don Mario me conmueve. Por si no se ha notado.

lunes, 11 de mayo de 2009

Santo trabajo

Me he dado cuenta esta tarde, gracias a un compañero de aquella época que lo vuelve a ser ahora, de que hoy hace justo diez años que empecé a trabajar. Un tercio de vida, dicho de prisa y sin exagerar. Al contarlo, una compañera me ha comentado con sorna que están muy bien esos diez años cotizados de 32 vividos, pero que seguramente ya no habrá pensiones cuando a mí me toque recoger mis frutos. Podría quejarme de eso, pero lo cierto es que hoy me da igual.

Lo único que quiero celebrar hoy es esa ingenua y fugitiva sensación de ser feliz trabajando, esa incertidumbre al pensar qué sería yo si no esto, esa resignación complaciente de quien no sabe hacer más...

...pero mañana no duden de que lo negaré todo y me quejaré otra vez de quien inventó el trabajo para poder comer.

domingo, 10 de mayo de 2009

La balanza que pesa lo que existe

Me acordé de aquella máxima periodística que dice que noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro cuando el otro día, a principios de semana, leí en la contraportada del periódico -la segunda página más importante- que la camarera de un bar de Ourense había devuelto un bolso con casi mil euros que un cliente se había dejado olvidado en el local. Leí esa historia convertida en noticia y me preocupé.
Me he vuelto a acordar del hombre y del perro cuando esta mañana, con el periódico de nuevo en las manos, he descubierto en una página par, en la parte inferior y a dos columnas una historia que vi ayer en televisión: la de un hombre que persiguió en coche a su ex pareja, que chocó contra el vehículo de ella para detenerla, que la sacó arrastrada, la apuñaló en el cuello y dejó herido de gravedad a un motorista que acudió a socorrerla.
Pensando en una y otra noticia, me acordé de pasada del profesor Neira y de los centenares de páginas y minutos de televisión que se le han dedicado en los últimos meses y me ha venido a la cabeza también, sin remedio, una historia que leí a mediados de semana mientras iba a trabajar en autobús. La protagoniza un niño huérfano de mes y medio llamado Jean Joseph Loua y termina así:

"Al amanecer Vèronique ha venido a casa. Me ha dicho que Jean Joseph ha muerto hace dos horas, a las cinco de la madrugada, en sus brazos.
No hay mucho más, ella ha regresado a Gouecké a ocuparse de los otros diecisiete niños, yo me he sentado a escribirte y después saldré para el campo de refugiados. No sé por qué te lo he contado, una escena parecida sucede cada día en algún lugar del mundo, no explica nada, no pretende nada, sólo puede adensar tu tristeza, y eso no es bueno. Pero verás, en ningún sitio quedará registrado que Jean Joseph Loua nació, vivió y murió, no hay papeles que recojan su nombre ni padres que le lloren, nadie, apenas ha alterado la balanza que pesa lo que existe: por eso he querido que compartas conmigo la gloria de haber participado unas horas en su vida, el desconsuelo inmenso de no tenerle en la mañana".

Gonzalo Sánchez-Terán,
El silencio de Dios y otras metáforas
(Nota: también he visto esta semana en el
periódico que estos días ha estado por
aquí)

miércoles, 1 de abril de 2009

Niña y tierra

Lo que eres de niña sigue siendo tú toda la vida. Da igual que crezcas, que cambies, que madures, que vayas añadiendo capas a tu apariencia adulta. Lo que fuiste con ocho, con trece, con quince años sigue siendo tú, igual que el sustrato que afianza la raíz del árbol es puro árbol. Y da igual que las ramas se estiren verdes y luminosas para tocar el cielo y no reconozcan la tierra donde hunden sus pies; da igual que la que eres diga que no tiene miedo, que no sufre si la insultan en el cole y que no necesita que la quieran ya. Todo eso da igual: tierra y niña son para toda la vida.
Un día se lo oí contar a un actor cómico en una entrevista en televisión. Decía que de pequeño era gordito, con gafas, torpón... y que ahora, aunque se había convertido en un hombre delgado y bien parecido, su cerebro mantenía viva esa imagen de sí mismo y cuando oía hablar de gordos sentía que el comentario iba también con él.
Supe entonces que sus capas y las mías eran del mismo tipo y que lo único que nos iba a quedar a él y a mí sería proteger bien a esos pequeños nuestros; recibir los golpes y las pullas con nuestros escudos adultos sin dejar nunca que los dardos llegasen a alcanzar órganos vitales, y mucho menos el corazón.
Ahora sé también que esas capas -¡que nadie nos las quite, por favor!- son del todo imprescindibles porque ya no tenemos madres que nos salven siempre ni padres que con magia cotidiana borren cualquier problema; ya no tenemos cuartos donde encerrarnos y llorar, ni ángeles que vigilen en cada esquina de nuestra cama.
Sé todo eso -lo sé de veras-, pero a veces me pasa lo mismo que a mi amiga Amalia: que al mirarme al espejo algunas noches me encuentro, sin aviso previo, con los ojos oscuros y tristes de aquella niña y me miran tan fijo que nunca sé si los que se acaban humedeciendo son los suyos o los míos.
Al final, como mi amiga Amalia me dice que haga, siempre le sonrío.
O quizá es ella la que, al final, me sonríe a mí.