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domingo, 20 de diciembre de 2009

Un Belén de modistilla


Hay dos cosas, al menos, que envidio de los católicos: una es la confesión, esa amnistía general que se inventaron para liberar la conciencia y el alma del lastre de la culpa y que, como la magia, sólo funciona si uno cree; la otra cosa es la Navidad.
Sin fe y con propensión natural al mal, he tenido que buscar un método para que mis culpas cotidianas no me hundan como pies de cemento, así que no me ha quedado otra que intentar portarme bien desde la mañana para que cuando llegue la noche no tenga demasiado de lo que arrepentirme.

Lo de la Navidad, sin embargo, no lo perdono y, aunque sea sólo un cuento católico, es un cuento ciertamente hermoso al que me gusta volver. Por eso este año he buscado entre mis bolsas de retales y con un pedazo de tela de aquí, otro de allá, unos ovillos de lana, botones y alfileres me he montado un Belén de modistilla que he rematado con una estrella de cinta métrica y un palo de brocheta a modo de bastón. Me ha quedado una María muy flamenca, un José que más que carpintero parece un genio loco y un niño risueño y cabezón. Un nacimiento tan improvisado, al menos, como cuenta el cuento que fue aquel parto de Belén. Quien no recuerde la historia, que la relea. Si no, que la escuche.
Aquí la canta Berrogüetto. Se llama Nadal de Luintra.

martes, 9 de junio de 2009

Hermanos

Escribir sólo sirve para curarse del dolor. Para intentarlo. Lo digo ahora que me duele, pero podría suscribirlo mañana, que me seguirá doliendo, o dentro de un mes.
Hace dos horas que se ha muerto y en ese tiempo he hablado con ella, su hermana -mi madre-, he llorado por ella, por él, por mí; he llorado por todos nosotros, los que mañana nos reencontraremos un poco más altos, más gordos o más viejos que la última vez; he hablado, he llorado y he recordado mucho. Y, al final, mi cabeza ha empezado, sin querer, a escribir.
Ha empezado a teclear recuerdos de él, pero antes de eso ha comenzado a digitar datos: 57 años, cuarto de seis hermanos que llegaron a adultos, casado, dos hijas, trabajador del naval retirado, sindicalista, mili por la Marina, peleón en el bando de los que siempre pierden, tiernamente fanfarrón...
Me he acordado, con ese teclear imaginario, de la cara que le estaba robando año tras año a su padre, aunque ya nunca llegará a viejo como él llegó, y de lo que ayer, cuando fue capaz de llamar para avisarme de que su hermano se moría, me dijo mi madre: "Es que es una parte de mí". Como si tuviese que darme una razón para estar rota.
Esta noche ya no hacían falta explicaciones: "Ya lo achuché y estaba tranquilo. Ya está en la Gloria", creo que me dijo, ahogada.
Ella está ahora con los brazos llenos de vacío.
Yo, con mis teclas piadosas como cuentas, rezo esta noche para no tener que abrazar nunca un abismo igual.


miércoles, 1 de abril de 2009

Niña y tierra

Lo que eres de niña sigue siendo tú toda la vida. Da igual que crezcas, que cambies, que madures, que vayas añadiendo capas a tu apariencia adulta. Lo que fuiste con ocho, con trece, con quince años sigue siendo tú, igual que el sustrato que afianza la raíz del árbol es puro árbol. Y da igual que las ramas se estiren verdes y luminosas para tocar el cielo y no reconozcan la tierra donde hunden sus pies; da igual que la que eres diga que no tiene miedo, que no sufre si la insultan en el cole y que no necesita que la quieran ya. Todo eso da igual: tierra y niña son para toda la vida.
Un día se lo oí contar a un actor cómico en una entrevista en televisión. Decía que de pequeño era gordito, con gafas, torpón... y que ahora, aunque se había convertido en un hombre delgado y bien parecido, su cerebro mantenía viva esa imagen de sí mismo y cuando oía hablar de gordos sentía que el comentario iba también con él.
Supe entonces que sus capas y las mías eran del mismo tipo y que lo único que nos iba a quedar a él y a mí sería proteger bien a esos pequeños nuestros; recibir los golpes y las pullas con nuestros escudos adultos sin dejar nunca que los dardos llegasen a alcanzar órganos vitales, y mucho menos el corazón.
Ahora sé también que esas capas -¡que nadie nos las quite, por favor!- son del todo imprescindibles porque ya no tenemos madres que nos salven siempre ni padres que con magia cotidiana borren cualquier problema; ya no tenemos cuartos donde encerrarnos y llorar, ni ángeles que vigilen en cada esquina de nuestra cama.
Sé todo eso -lo sé de veras-, pero a veces me pasa lo mismo que a mi amiga Amalia: que al mirarme al espejo algunas noches me encuentro, sin aviso previo, con los ojos oscuros y tristes de aquella niña y me miran tan fijo que nunca sé si los que se acaban humedeciendo son los suyos o los míos.
Al final, como mi amiga Amalia me dice que haga, siempre le sonrío.
O quizá es ella la que, al final, me sonríe a mí.

domingo, 22 de febrero de 2009

Una bruja de dos años

Hoy Lola ha cumplido dos años. Después de este tiempo, podemos afirmar que no es superdotada -teníamos ciertas dudas, como casi todos los padres, tíos y abuelos con respecto a sus hijos, sobrinos y nietos-, que tiene muy mala leche y que es preciosa.
Y que cumpla muchos más...

domingo, 30 de noviembre de 2008

Casas natales

Yo no llegué a verlo, pero cuentan que mi casa, la que en realidad nunca llegó a ser mi casa, tenía una viña larguísima y tupida, como un corredor de arcos florales, que avanzaba perpendicular a la vivienda hasta recorrer buena parte de los cuatro mil metros cuadrados que medía entonces la finca. Cuentan también que en el terreno abundaban en el pasado los castaños y, por eso, quien tiene todavía memoria de los nombres de las cosas de antes sabe que los de aquella casa somos aún "os do Castiñeiro". En ella nació mi padre y sus hermanos, mi abuela y sus hermanos, mi bisabuela y sus hermanos y, al menos, también mi tatarabuela y sus hermanos. Ni mis hermanos ni yo recordamos ya como era.
Cuando yo nací creo que habían derribado ya el inmueble o a punto estaban de hacerlo. Lo cierto es que mis padres se habían instalados ya en un piso de alquiler, justo enfrente del terreno familiar, a la espera de que en el trozo de finca que el Gobierno no iba a necesitar para construir una autopista se levantase su nueva vivienda. Aunque no había vacas, por la casa nueva pasaron ovejas, corderos, cerdos, conejos, gallinas, gatos y perros. Ahora sólo quedan gallinas, un perro, una perra y una gata llamada Cati.
Quizá para compensar la pérdida de nuestra casa vieja, mi hermano mayor y yo fuimos de los pocos y afortunados niños que pudimos caminar y pedalear libres y sin pagar peaje hasta el puente de Rande, y más allá si hubiésemos querido. La autopista era entonces todo lo contrario a lo que acabaría siendo: un camino silencioso, vacío, seguro, donde los pasos o las pedaladas eran siempre lentos, de paseo.
Eso duró unos años, pocos, y enseguida el zumbido continuo de los coches, convertidos a fuerza de velocidad en meros borrones sobre el asfalto, empezó a competir con nuestras voces en casa y con nuestras canciones en el patio del colegio, un pequeño colegio de parroquia al que la autopista también comió, según creo, unos buenos bocados de terreno.
El ruido acabó mitigado con dobles ventanas y resignación y lo que al principio pudo parecer una casa triste y castigada, con una pequeña viña de fruto escaso y un terreno que palidecía recordando lo que fue, se transformó poco a poco en un lugar privilegiado, al menos, para nosotros, que teníamos un enorme patio de juegos con hierbas, árboles, tierra, frutas, agua... donde las hojas del sauce llorón se convertían en pescados y unos hierbajos redondeados que crecían a ras de suelo eran bistecs y las habichuelas que acabábamos de sacar de su vaina nos servían de imaginarias monedas en un bloque de cemento agujereado que usábamos como tragaperras. En aquella finca cabía el mundo y unos cuantos planetas más.
La casa nueva es lo más parecido que mis hermanos y yo tenemos a la casa donde uno nace. Pero si quisiésemos que los hijos que a partir de ahora podamos llegar a tener naciesen en la misma casa en la que nosotros espiritualmente nacimos lo tendríamos muy difícil.
Tres décadas después de haber caído la vieja casa, esa autopista por la que de niña yo paseé en bicicleta necesita crecer de nuevo y, según dicen algunos políticos, debe hacerlo por encima de la casa nueva, mi casa, y hasta del colegio en el que estudié. Los coches quieren comerse también buena parte del instituto, la iglesia nueva, el centro de salud y el pabellón de deportes, además de otras casas como la mía. Ayer salieron los vecinos a la calle para protestar, según cuenta el periódico.
Hoy me ha tocado manifestarme a mí.

viernes, 15 de agosto de 2008

Lección de pedagogía

Hoy he visto dos osos pardos, dos tigres (tristes), tres leones, una pantera negra (dos patas y media cabeza de una pantera negra), tres jabalíes, montones de ciervos, de pavos reales, un puñado de monos de apellidos diversos, serpientes de muchos colores, buitres, águilas, un precioso y elegante cuervo, arañas peludas, cucarachas, un búho pensativo, una cigüeña con un ala terminada en muñón, una mariposa, un escorpión, un camaleón de ojos alocados, dos gatos zalameros, dos linces europeos, tres o cuatro cabras de imponente cornamenta, peces de colores, lagartos grandes y pequeños, insectos palo, galiñas de Mos... Hoy he ido al zoo.
Hoy también he descubierto que con un año y medio de vida y una melodía pegadiza puedes aprender cualquier cosa. La musiquilla de Lola es: "Fulano, Fulano, Fulano es cojonudo, como fulano no hay ninguno". Y te deja con la cara hecha un garabato interrogativo cuando te toca el brazo y te dice: "A-é-a". No entiendes nada y repite: "A-é-a". A la tercera alguien experto, sentado en el asiento delantero del coche en el que tú viajas con dos sillas infantiles en los flancos, canta lo que tú ni imaginabas: "Andrea, Andrea, Andrea es cojonuda, como Andrea no hay ninguna". La operación se repite con Sergio, con Teo... Con Lola, no; no le gusta el autobombo, por lo que parece. Pero cuando su elenco de gente estupenda se acaba y la tarde transcurre ya entre fosos, estanques y jaulas, la melodía vuelve a entonarse tímida y comienza la lección. "¿El búho?", sugieres con cautela, por probar. Y responde una mirada atenta. Todo lo demás es cantar y cantar: "El búho, el búho, el búho es cojonudo, como el búho...". Y así todos los que pudieron salvarse del diluvio universal. El pato, el buitre, el cuervo, la cigüeña... Y ella repite; repite con lengua de trapo, pero repite al fin.

Hoy yo he aprendido una cosa; o dos. Ella -qué envidia- ha aprendido cien o doscientas cosas más.

martes, 10 de junio de 2008

La madre de Sergio

Ayer conocí a Alicia Fuentes, una mujer de 43 años que lleva más de seis sin ver a su hijo pequeño, Sergio. El niño cumplirá en agosto 12 años y Alicia se pregunta si habrá hecho la Primera Comunión. "Qué triste es para una madre no poder ver a su hijo haciendo la Comunión". Y mientras me lo dice oigo como empieza a llorar mientras yo sigo tomando notas con los ojos clavados en la libreta. Cuando levanto la vista sigue con la cara enrojecida, porque ella es de piel muy clara, de ojos muy azules y de pelo rubio, aunque ahora se lo haya puesto medio pelirrojo. "Me echo el color en casa; es por cambiar", me explica. Dice que desde lo de Sergio no tiene bien la cabeza, que se olvida de algunas cosas. Piensa que Sergio, al que pudo llamar Sergio hasta que a los cinco años lo vio por última vez en la casa cuna donde vivía, quizá ya no se llame así. "Igual le pusieron otro nombre", me dice, sin explicarse por qué le ha pasado a ella esto. "A lo mejor me lo quitaron porque era un niño muy guapo". Y saca de la cartera una foto de carné en la que malamente se ve a un niño rubito y muy bien peinado. Sabe que si Sergio la tuviera de nuevo delante quizá no querría volver con ella. "Pero poco a poco... Los dos vamos a necesitar ayuda", explica, y ya da por supuesto que va a ser verdad la esperanza que ha vuelto a encender un tribunal hace unas semanas.

El niño de Alicia fue dado en adopción por la Xunta a una familia que lo tenía acogido desde 2002 y ahora el Tribunal Constitucional ha dicho que la adopción es nula porque no se escuchó a la madre biológica, que siempre se opuso a entregar a su hijo. Su proceso judicial está aquí y otras cosas que me ha dicho son éstas.


No se me ocurrió llorar delante de ella por muy duro que sea ver a una madre a la que le han robado a su hijo porque intento ser profesional y no implicarme, pero cuando una hora después estaba sola en casa haciendo la comida, sin dejar de pensar en ella ni en su hijo, tuve que desahogarme. Me estaba ahogando imaginar a un niño de cinco años al que le han robado a su madre.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Gran Hermano de altos vuelos

Esta mañana he conocido a Virgili -ése debe de ser su nombre-, un polluelo de águila imperial ibérica que ha nacido en el Parque Nacional de Cabañeros, que comparten las provincias de Ciudad Real y Toledo. Los padres de Virgili son la primera pareja de su especie que ha formado su nido, ha copulado y ha incubado su huevo ante el ojo impasible de una webcam.

He entrado esta mañana por primera vez y me he topado con una mancha blanca rodeada de follaje que apenas cabeceaba. He regresado a la página principal y he visto los vídeos de la labor entregada hecha por sus padres hasta entonces convencida de que la cámara era un buen reclamo, pero que poco se podía sacar de ella en directo. He visto los vídeos de cómo las águilas adultas formaron su nido y he escuchado los arrebatos de su amor -ese momento que nos iguala tanto a los animales- y, antes de cerrar la página, he vuelto a echar un vistazo a la webcam para escuchar, sobre todo, el sonido del viento entre las ramas y el parloteo de los pájaros a cientos y cientos de kilómetros. La pantalla me devolvió entonces a un pollo grande y despabilado mirando a un lado y a otro desde el nido. Sentí la emoción de estar presenciando algo grande, pero antes de poder asimilarla apareció un águila adulta que se puso a alimentar ajetreada a su polluelo. Me los quedé mirando un rato maravillada. Me pareció un milagro.

Cuando he empezado a escribir esto Virgili estaba ensayando la mirada de águila que le hará tanta falta cuando sea adulta y atusándose las plumas. Ahora ha vuelto a amodorrarse en el nido, como la primera vez que la vi.

Si todo va bien, abandonará el nido a mediados del mes de junio. Tendrá todavía que aprender a volar. Espero que me descubra el secreto para alzar el vuelo.