Día menguado
trae el otoño. También
naranjas nuevas.
Yo, que durante años he sido dura como la piel del cazón, me he abandonado hoy a una llorada vergonzante. Para quien no lo sepa, la piel de cazón por antonomasia era la de mi hermano mayor, al que el practicante de mi pueblo le hizo un zurcido cuando era niño justo debajo de la rodilla, donde no hay carne que amortigue, sin anestesia ni nada. Ni un triste trago de güisqui.
Los pingüinos están de suerte. Amancio Ortega se ha fijado en ellos. Con los cuadros escoceses, las blusas de estilo romántico y los pantalones masculinos de cintura alta, los pingüinos son tendencia esta temporada. Lo son, al menos, en una de las marcas del imperio; lo son por unas semanas; con un poco de suerte por unos meses. Pero aunque sea efímero -¿qué sería de Inditex si vendiese cosas duraderas?-, durante ese tiempo no nos hará falta pensar que este planeta se agota, que los niños del futuro no usarán lápices de colores para pintarlo, sino sólo para soñar lo que fue.
He resistido días y días con las sandalias en los pies, ansiosa de que llegase el otoño, pero negándome a vestir otra vez los dedos para aplazar el placer de sentir ese bienestar de nuevo. Hoy, que se ha pasado media madrugada lloviendo sonoramente para ahuyentar los gritos de borrachos y juerguistas bajo mi ventana, hoy que la mañana se ha abierto azul, tibia gracias al sol inesperado, me he puesto botas, por fin, y he sacado a pasear mi paraguas violeta. El paraguas no lo he abierto, claro, pero he dado por inaugurada, también por fin, la estación, mi estación. En el cuadernillo del bolso, que no es verde, anoté hace unos días las cosas que debía escribir aquí para bendecir el otoño y aunque es una lista incompleta y ramplona la anoto: