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lunes, 26 de octubre de 2009

La salvación del lunes




Día menguado
trae el otoño. También

naranjas nuevas.

lunes, 9 de marzo de 2009

Piel de cazón

Yo, que durante años he sido dura como la piel del cazón, me he abandonado hoy a una llorada vergonzante. Para quien no lo sepa, la piel de cazón por antonomasia era la de mi hermano mayor, al que el practicante de mi pueblo le hizo un zurcido cuando era niño justo debajo de la rodilla, donde no hay carne que amortigue, sin anestesia ni nada. Ni un triste trago de güisqui.
Yo antes era así -mucho antes de
hacerme buena-, como piel de cazón, que dicen que cuando seca sirve de lija. Lo era tanto que no solo no lloraba con una película y mucho menos con un libro, sino que secretamente -y en ocasiones sin ningún reparo- abominaba de esa sensiblería. Solo lloraba por mí y por las cosas que pasaban de verdad.
Desde hace unos años, desde que sé que las cosas que pasan de verdad no tiene por qué ser reales, lloro sin discriminar soportes: a veces con libros, otras con películas y, en señaladas ocasiones -puedo señalar certeramente la voz y la pieza- con música (eso no lo voy contando por ahí, que conste).
Ayer me tocó con una película, da igual cuál haya sido -y por eso digo que fue la del viejo feo que escupe y que se ganó a Nico- y me faltaron minutos de créditos para domar el llanto. Confieso aquí -espero que nadie me escuche- que hubiese necesitado no ya llorar, sino liberar un sollozo y hasta dos, que por dignidad irrenunciable me he traído a casa para utilizar en mejor ocasión.
Lloré, sí, y no sé muy bien para qué lo cuento. Nadie cuenta que llora en el cine por ver a un viejo arrugado que escupe. Nadie cuenta que llora. Y ahora ni sé por qué lo hago. Ni por qué he recordado la piel curtida y cosida de mi hermano. Ni tampoco por qué he recordado mi propia piel curtida, que a veces aún me hace tanta falta.

Quizá sólo es por el viejo. Porque el viejo que escupe tiene piel de cazón como yo.

lunes, 13 de octubre de 2008

Con los pies en la arena

Yo hoy, como Paula, estoy muy poco elocuente y las pocas palabras que me salen son malas palabras. Pero necesito dejar constancia de que hoy estoy así. Es lunes; largo, aburrido, un lunes sin sol. Y hoy, justo hoy, el día que, por ejemplo, me he acabado de leer un librito simpático y comprometido que se llama Made in Galiza, me ha llamado al trabajo, también por ejemplo, una conocida para invitarme a entrevistar a algún representante de la Mesa por la Libertad Lingüística. Malas palabras se me han juntado en la garganta, aunque no las he dejado salir. Pero ahí estaban, pidiendo guerra, poniendo la guinda al lunes aburrido. Es sólo un botón de muestra, como digo.
Y ahora, a estas horas, tres cosas -sólos tres cosas- pueden salvarme el día: nadar y recordar que los peces no son asalariados ni están nunca aburridos; tumbarme y sentir unos dedos amorosos que van deshaciendo la rigidez que me acartona el cuello; o descalzarme y hundir los dedos de los pies en la arena, a medio metro sólo del mar. A esta hora y por circunstancias diversas que no voy a detallar -unas por obvias y otras por íntimas-, las tres cosas me resultan imposibles y he tenido que buscar una solución de emergencia en dos pasos:
1). Crear un momento Chopin, que no es otra cosa que dejar que las teclas amorosas de los nocturnos de Chopin me martilleen delicadas -como los peces de río que se acercan a mordisquear los pies- desde la nuca hasta los hombros (a quien se atreva a hacer un comentario le regalo una copia de los Nocturnos de Chopin interpretados por Claudio Arrau. Palabra)
y 2). Rescatar la foto del caminante y conquistador de esa orilla. Me lo encontré una mañana de hace poco y doy fe de que todas las huellas de la playa -tan bien alineadas, tan limpias en la arena- eran suyas. Yo en la playa -no en la suya, que es la de San Amaro, sino en la mía- no corro, sólo camino, pero, mientras escucho el piano que ya -¡ya!, sí, Chopin es mágico- ha convertido en una articulación flexible mi cuello mártir y veo esa foto, siento ese masaje infinito que sólo la arena sabe hacer en los pies. ¿Exagero? ¿Sigo con la cursilería otoñal? Sólo quien no lo ha probado se atrevería a ofender así. Si Chopin es mágico, la arena es abracadabra, lo juro. Podría intentar describir lo que hace, pero ya he dicho que hoy no tengo palabras buenas.
Que descanséis. Que descansemos todos. Con magia potagia si es preciso.

sábado, 11 de octubre de 2008

Pingüinos de temporada

Los pingüinos están de suerte. Amancio Ortega se ha fijado en ellos. Con los cuadros escoceses, las blusas de estilo romántico y los pantalones masculinos de cintura alta, los pingüinos son tendencia esta temporada. Lo son, al menos, en una de las marcas del imperio; lo son por unas semanas; con un poco de suerte por unos meses. Pero aunque sea efímero -¿qué sería de Inditex si vendiese cosas duraderas?-, durante ese tiempo no nos hará falta pensar que este planeta se agota, que los niños del futuro no usarán lápices de colores para pintarlo, sino sólo para soñar lo que fue.
Gracias a Amancio Ortega esta temporada podremos comprar conciencia ecológica y habremos cumplido ya con este mundo. Nos bastará con poner el corazón en la cartera y con vestirnos luego nuestra camiseta salvapingüinos, con sus copitos de nieve, el día que el cuerpo nos pida ese estilo ecologista, como otras mañanas nos reclama un look sofisticado o roquero o vintage u hortera ochentero.
Gracias a Inditex los pingüinos tendrán valedoras en todas las esquinas del mundo civilizado, al menos esta temporada.
La próxima sería bonito que se llevase salvar a un niño de África. Ya empiezo a imaginarme la camiseta.

(Actualización: Parece que los pingüinos están en peligro. Lo pone aquí)

martes, 7 de octubre de 2008

El otoño, por fin

He resistido días y días con las sandalias en los pies, ansiosa de que llegase el otoño, pero negándome a vestir otra vez los dedos para aplazar el placer de sentir ese bienestar de nuevo. Hoy, que se ha pasado media madrugada lloviendo sonoramente para ahuyentar los gritos de borrachos y juerguistas bajo mi ventana, hoy que la mañana se ha abierto azul, tibia gracias al sol inesperado, me he puesto botas, por fin, y he sacado a pasear mi paraguas violeta. El paraguas no lo he abierto, claro, pero he dado por inaugurada, también por fin, la estación, mi estación. En el cuadernillo del bolso, que no es verde, anoté hace unos días las cosas que debía escribir aquí para bendecir el otoño y aunque es una lista incompleta y ramplona la anoto:
-El otoño me desborda los ojos con la lluvia, las hojas doradas, el mar plomizo y bravo.
-Me humedece el paladar porque trae consigo castañas, manzanas verdes, naranjas ácidas, caldos, sopas, ganas de estar acurrucadita en casa.
-Me repica en los oídos por la lluvia, de nuevo; tañe el Día de Difuntos, tan apacible, tan raro; resuena como el viento entre las hojas de los árboles, como hojas de libros suspendidos en las ramas, como campanas.
-Me cosquillea en la nariz con su olor a tierra, a hierba mojada, con su olor a puchero, a chocolate espeso y a calor de casa.
-Me estrecha entre lanas, me oculta bajo el edredón de plumas, me dice de dónde vine, una mañana de sol, en noviembre; me dice a dónde voy, como ese hombre tranquilo de la foto, con su perro en la playa.
-El otoño me...
...perdón, me acabo de dar una palmada en la frente y ya he reaccionado.
-El otoño, perdón de nuevo, me llena las teclas de cursiladas.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Elogio del atasco

Destacaba Paco ayer entre sus lecturas de prensa atrasada una columna "maravillosa" —suscribo el adjetivo– de Mariluz Ferreiro titulada El tiempo en la que habla de cómo se escapa la vida en ese lento avanzar de los atascos, del atraco que los que viajan en coche oficial están perpetrando contra los que entran y salen por calles gallegas que parecen las de Nueva York y de la facilidad con la que "el gran hombre occidental" se deja robar lo que no se puede restituir: el tiempo.
Pero yo, que me siento positiva ahora que llega por fin el otoño, pienso en ese frenazo de la rutina como un regalo de tiempo, un respiro, unos minutos para pensar en aquello de lo que en otro momento de apuro dije: "Ya lo pensaré"; para escuchar entera esa canción favorita que, de estar las calles expeditas, tendría que dejar a medias; para escribir de cabeza una entrada para este cuadernillo y dejarme llevar por los meandros de una mente liberada por un ratito de la presión de avanzar. No le aconsejo a nadie que se atasque, pero si el engranaje que nos lleva en volandas de día en día se para... habrá que disfrutarlo.
Gómez de la Serna tampoco se lo aconsejó a nadie, a nadie más que a sí mismo. Y se escribió así:

"Querido Ramón:
Sólo tenemos treguas y tenemos que aprovecharlas bien.
(...) Yo recuento los segundos de estos intervalos y hasta cuando veo que el camarero tarda en traer lo encargado me digo: 'Esta espera es una propina de la vida'.
Tú hazme caso y haz como yo, refuerza toda pausa, aumenta la conciencia de vivir en la espera del tren en la estación de paso, dilata tu sentir y tu mirar, recibe la confidencia de los campos aquietados y anclados alrededor del andén y fuera del tiro de las vías, abrillantadas por fatales itinerarios cumplidores -ejecutores- del destino.
(...) Según una teoría lanzada por primera vez en esta carta y del tipo de las de Einstein, es que el tiempo de la tregua tiene larguras de siglos, mientras esa misma cantidad de tiempo en la refriega tiene dimensión de días".