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viernes, 9 de octubre de 2009

El nombre de las cosas

El otro día leí los resultados de una investigación que no me sonaba a nueva. Decía que las vacas que tenían nombre daban más leche que aquellas que sus dueños no habían bautizado y, si bien podía ocurrírseme pensar en ese momento en las Marelas, Cucas y Fermosas que habitan los productivos establos gallegos o en que los que tratan al ganado por su nombre deberían tener mayor cuota láctea, de quien me acordé entonces no fue de una vaca ni de un ganadero, sino del director del primer periódico en el que trabajé.
Era yo entonces muy joven, muy inexperta y rebosaba productividad; era él ya mayor, veteranísimo y parecía vivir ajeno a aquel ritmo laboral que a nosotros nos tenía deslomados y, a veces, hasta insomnes.
En contra de lo que alguien pudiera estarse ya imaginando, él era de los que llamaba a las personas por su nombre. Él, que veía nuestras firmas un día tras otro en su periódico; él, que parecía saberlo todo, pese a salir muy poco de su despacho; él cruzaba algunas mañanas la pequeña redacción y, en tono seco pero muy correcto, decía para que los tres o cuatro que estábamos allí lo oyésemos muy claro:
-Buenos días, Bea.
Y mi jefa, que era todavía más productiva que nosotros y se marchaba a veces pasada la medianoche, respondía también seca y correcta:
-Buenos días.
Y el resto de las reses de aquel establo nos sentíamos eso: ganado.


miércoles, 6 de agosto de 2008

Bajo una higuera calabresa

Mis pies apuntan hacia Cosenza, la capital de la provincia homónima que está en mitad del empeine de la bota italiana. En San Benedetto, el pueblo donde está la casa que tiene el huerto que tiene la higuera que tiene la hamaca que me sostiene, vive desde hace más o menos tres meses un joven escultor de Cabo de Cruz -Cabo de Crus en su boca-, Concello de Boiro, un joven escultor que se enamoró en Santiago de una italiana y la siguió hasta su pueblo en las montañas, un pueblo donde las cigarras nunca dejan de cantar.
Tucho -"Eu son Tucho, pero no carné pon José Antonio"- vive en una casa prestada con un gatito negro y otro color crema y, además de higueras y una hamaca, tiene en el huerto calabacines, pimientos, tomates... -que riega y recoge con mimo- y todos los bártulos que puede necesitar para hacer sus esculturas. Con cristales y resina que va a buscar al monte prepara la pasta que luego transforma en sirenas, pensadores de Castelao, venus redondeadas, piezas de ajedrez...
Su familia no entiende cómo puede hablar italiano cuando malamente se expresa en español, pero, como él dice, la cuestión es querer comunicarse. Eso lo aprendió con María, su vecina, que desde que tiene a Tucho viviendo en la casa de al lado sale a su terraza cada vez que oye cualquier movimiento en el huerto del escultor gallego.
-Tutto posto?- cuenta Tucho que empezó preguntando María, por saber qué tal, en cuanto cruzaron saludos.
-Bue... -comenzó contestándole Tucho mientras, haciendo oscilar la mano vuelta y vuelta, ora la palma hacia arriba, ora el dorso, intentaba hacerle ver esa perpetua insatisfacción gallega- La vitaaa... -añadía por toda explicación.
Y María, como quien descubre un secreto guardado con celo, le respondía comprensiva:
-Aaahhh, la vitaaa...!
Y los dos volvían a sus tareas satisfechos por haberse entendido.
Yo tuve la suerte de conversar también con María. Era un lunes, poco después de las seis de la mañana, y yo acababa de asomar al huerto donde el día lo inundaba ya todo. En cuanto salió a la terraza y me vio se dirigió a mí creyendo que era la hermana de Tucho llegada de Galicia. No lo era, fue lo poco que le pude hacer entender, y, aunque cruzamos varias frases incomprensibles para ambas que me hicieron querer huir hacia el interior de la casa, María no se desanimó y siguió hablando con un enorme interés por mí. Al final me ofreció un café y yo le respondí agradecida que estábamos a punto de tomarnos el nuestro. Lo que le dije era mentira, pero aun así las dos nos despedimos con ese lenguaje amable y universal de las sonrisas.
A Tucho, que sigue hablando con sonrisas y en gallego a sus vecinos -que en vez de gallegos nos llaman galicianos-, le tuve mucha envidia esos días. Por su huerto, por su casa y por vivir en una montaña tranquila y repleta de tiempo y de paz; tiempo y paz para dejar reventar, como los árboles con sus brotes, todo lo que le bulle por dentro. Lo envidié mucho por eso, pero también por tener una vecina curiosa que todavía mira y habla a la gente a los ojos.

Nota: María es la que asoma a la derecha de la foto, sobre el balcón. Tucho es el que mima su obra y el que, hasta en la camiseta, lleva a 'Galiza no corazón!'.

domingo, 11 de mayo de 2008

¿Cuánto hace que no ves un caracol?

Si la respuesta es meses, años o no lo recuerdo, "deberías ver menos la televisión", como aconsejaba aquel breve espacio de La Bola de Cristal. "Tienes 15 segundos para imaginar...", decía una voz mientras aparecía en pantalla una imagen pixelada. "...si no se te ha ocurrido nada -añadía transcurrido el tiempo-, deberías ver menos la televisión". Y yo, que siempre me atrofiaba mientras iban goteando los segundos, me quedaba toda frustrada por mi falta de ingenio.

Lo del caracol puede llegar a ser igual de grave. Cuando me encontré éste la semana pasada salí corriendo a buscar la cámara como si hubiese descubierto un animal en peligro de extinción. Hacía mucho que no me cruzaba con uno y pasarme esos minutos -los que el bicho tardó en recorrer los veinte centímetros que lo separaban del seto donde se cobijó- observándolo me reconcilió un poco con el mundo y, sobre todo, con el tiempo. Ya está bien de ese corre corre, entendí que me decía. Y le di la razón. A veces para vivir de verdad hay que pararse a ver el cielo, a escuchar el mar o a oler el campo mojado.

domingo, 27 de abril de 2008

Una tacita de Twinings

No es una tacita; es más bien un tazón; un tazón humeante de té con limón. Té con limón, sí; me gusta. Me gusta desde el lunes; me gusta a pesar de que el domingo pasado me tomé uno con aprensión y disgusto. Mientras lo saboreo complacida, como podría hacer casi con un cafecito con leche bien caliente, pienso en todo lo que durante años me disgustó -a veces hasta el asco, otras hasta la desesperación- y un día, por una extraña magia, comenzó a gustarme hasta el deleite. Ninguno de esos cambios de gusto tiene explicación -yo, al menos, la desconozco-, pero algunos recibieron un empujoncito feliz que hizo salir de la lista negra objetos, sabores y sujetos que, en ocasiones, han llegado a convertirse en imprescindibles y hasta definitorios. He hecho una lista con algunos de ellos:

La cerveza. No era ya su sabor, sino sólo su olor; me resultaba destestable. Por suerte, lo superé pronto; a los dieciséis o diecisiete años. No hay bebida mejor.

Los tomates. ¡Qué envidia me dio siempre ver a la gente comer tomates! Me parecieron desde pequeña tan apetitosos con ese rojo intenso y jugoso que lo intenté veces y veces, pero acabé siempre con un frustrante mal sabor de boca. ¿Y qué pasó? Pues que un día no me quedó más remedio que comerlos; fue por hambre. Las monjas de la residencia de mi primer año de universidad nos ponían a menudo de cena dos o tres empanadillas pequeñitas con tomate y, a pesar de mi tozuda negativa a tragar aquellos cuartos encarnados, acabé comiendo una noche, y otra y otra. Es que tenía hambre; mucha hambre a veces. Se lo agradezco tanto a aquellas monjas tacañas y retorcidas...

El Chanel nº 5. Me lo regalaron hace diez años casi y me pareció terrible. "Huele a pedo", dije desagradecida y muerta de risa. En realidad no olía a pedo, sino más bien a polvos de talco. No he dejado de usarlo desde entonces. No he usado ningún otro.

La fantasía y la ciencia ficción. Quizá fui una niña demasiado seria y no llegué a apreciar a Alicia ni al Principito ni los cuentos de magos y dragones hasta hacerme mayor, hasta sentirme segura no sé bien de qué. Lo de la ciencia ficción se lo debo a H. G. Wells, tan capaz de escarbar por dentro para descubrir lo que se siente ante lo desconocido.

Las aceitunas negras. Me encantan las aceitunas negras. Un día de no hace muchos años comí una y me pareció deliciosa. Hasta entonces las detestaba. No hay más explicación.

Las manzanas golden. Esto creo que tiene que ver con hacerme vieja. A medida que cumplo años más voy apreciando la fruta madura en lugar de la que me estremece con su acidez, que me volvía loca desde niña. Ayer pagué una pequeña fortuna por dos manzanas golden cuando tenía al lado unas granny smith mucho más baratas. Son los años, seguro.

La tónica. No hace mucho que la tomo y, si empecé a hacerlo, fue porque estaba mezclada con ginebra. ¿Para qué nos vamos a engañar? Lo cual no quiere decir que, una vez que le he cogido el gusto, no la tome sola. Lo que más me gusta es la tónica y el limón; no la ginebra. Palabra.

Los gatos. Cuando era adolescente me dijeron que los gatos -que ya entonces me asustaban terriblemente- saltaban en la oscuridad a lo que se moviese y que por las noches, cuando alguien estaba durmiendo, se lanzaban a la yugular atraídos por el ritmo pausado de la respiración y el latir de la sangre. Les tenía pavor y me moría de miedo las pocas veces que tenía que ir a echar las raspas de pescado a la puerta del cortello, donde aparecían con el rabo tieso y el ánimo voraz cuatro o cinco gatos de los que vivían sueltos por la finca. El día que Alejandra me dijo que tenía una cosita para mí era 15 de agosto, día de mi santa. Me lo anunció de noche, cuando estábamos ya contentas por los bares, y le dije que sí, claro. Al día siguiente, con ese sentido de la responsabilidad que me lleva a no comprometerme con casi nada, tuve que asumir ese sí que había dado como una inconsciente. La palabra es la palabra. Le pedí que fuera un macho, por favor, y ella se puso a rebuscar entre la camada para elegirme al más espabiliado. Tan espabilado era, que al mes de tenerlo en casa tuve que cambiarle el nombre porque en lugar de un macho listo me había salido una hembra -¡qué si no!-. De eso va a hacer casi ocho años. Benditas cervezas las de aquella noche.

El té. Lo último ha sido esto: el té. Llevo una semana teteando y ya me lo pide el cuerpo a media mañana. Calienta por dentro y activa el cerebro.

Lo que ahora me da miedo es pensar qué empezará a gustarme mañana.

lunes, 31 de marzo de 2008

Tres o cuatro notas en tinta verde

Estreno este cuaderno de tapas verdes y me he comprado por eso unos cartuchos de tinta del mismo color; todo para inaugurar estas notas con mi pluma que escribe sólo con la mano zurda. No sé muy bien qué saldrá de ellas, pero, en todo caso, es la primera ciberlibreta sólo mía y en la que la ficción puede alcanzar a todo menos a mí misma. Aquí soy sólo yo, sin seudónimos, heterónimos ni alter egos.

A ver qué sale.