
Yo, que tengo muy desarrollado el sentido de la indiferencia cuando un desconocido se dirige a mí sin motivo en la calle, seguí con la mirada al frente y ni siquiera se me escapó una mueca, pero me quedé pensando en qué aplicados muchachos que eran capaces de aprovechar la lección que quizá habían aprendido esa mañana para intentar vacilar a una desconocida.
La semana pasada, cuando iba a coger el coche a la misma hora en la plaza de María Auxiliadora, me topé de frente con los dos chavales.
-¡Cuidado! ¡Se te cayó una costilla!- me dijo el morenito feucho en cuanto me vio.
Y entonces no pude resistirme. Le miré a los ojos y le sonreí. Se lo merecía.
La próxima vez me asustaré un poco.
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